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BAJO EL RASTRO DE TU HUELLA

BAJO EL RASTRO DE TU HUELLA

Status: Terminada
Genre:Embarazo no planeado / Reencuentro / Hijo/a genio / Completas
Popularitas:4.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Una promesa frente al mar selló su destino adolescente... hasta que una vil traición lo redujo a cenizas. Tras años de distancia y llamadas frías, Malena descubre a su novio de toda la vida en la cama con su mejor amiga, burlándose de su inocencia. Pero Malena no era una víctima fácil: graduada en secreto con honores de una doble titulación, decide marcharse sin derramar una sola lágrima.

NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 15: El eco del éxito

El chasquido del engranaje encajando en la madera aún resonaba como una campana en la sala de juntas.

Leo miraba la caja con satisfacción infantil, pasando las yemas de los dedos sobre la pieza dorada. Luego, levantó esos zafiros intensos y los clavó en el rostro de Nicolás.

—¿Cómo te llamas? —preguntó el niño con naturalidad.

Nicolás tragó saliva. Durante seis años había respondido a títulos nobiliarios en banquetes de gala y a honores corporativos en los clubes financieros más cerrados de Londres y Zúrich, pero en ese segundo, frente a la mirada inquisitiva de su propio hijo, la voz se le quebró en una aspereza cargada de reverencia.

—Nicolás —respondió despacio, manteniendo la distancia para no invadirlo—. Me llamo Nicolás.

—Nicolás —repitió Leo, saboreando las sílabas como si las estuviera archivando en su memoria matemática—. Pensé que eras el capitán del barco.

Nicolás frunció apenas el ceño, desconcertado por la referencia. Una sombra de confusión cruzó sus ojos azules antes de desviar la mirada hacia Malena, que permanecía inmóvil junto a los ventanales, pálida y con la respiración contenida.

—A veces viajo mucho por el mar —dijo Nicolás con una ternura infinita, comprendiendo en el acto la fábula que ella había tejido para proteger la inocencia del niño—. Pero ahora tengo mucho trabajo en esta ciudad.

—Mamá dice que la gente que trabaja con software no necesita barcos, solo servidores —observó Leo con un tono serio que arrancó una media sonrisa involuntaria de los labios del magnate.

—Leo —intervino Malena, avanzando hacia ellos con paso decidido. La máscara de ejecutiva implacable estaba de vuelta en su lugar, aunque el brillo tembloroso en sus ojos delataba la fragilidad de sus murallas—. Es hora de que vuelvas a tu escritorio con Greta. Se está haciendo tarde para tus clases de piano.

El pequeño no protestó. Guardó el rompecabezas en su caja metálica, cerró la tapa con cuidado y miró a Nicolás una última vez antes de dar media vuelta.

—Gracias por lo del ángulo tridimensional, Nicolás.

—Cuando quieras, Leo —susurró el hombre, con el pecho apretado por una marea de calor que le subía por el cuello.

La puerta lateral se cerró tras el niño. El silencio volvió a caer sobre la estancia, pero ya no era un silencio gélido de odio o desconfianza; era un vacío cargado de una tensión tan íntima que cortaba el aire.

Nicolás se puso de pie lentamente, estirando su imponente figura sobre el mármol. Sus ojos volvieron a buscar a Malena, devorando la rigidez defensiva con la que ella intentaba parapetarse detrás de la mesa de conferencias.

—No te atrevas a usar a Leo para ablandarme —advirtió ella con un susurro filoso, cruzándose de brazos—. Si crees que resolver un rompecabezas de madera borra seis años de ausencia y la humillación de aquella noche, estás perdiendo el tiempo.

Nicolás acortó el espacio entre ambos con dos pasos tranquilos, deteniéndose a la distancia exacta que marcaba el respeto sin resignar su presencia.

—No lo estoy usando, Malena —dijo en voz baja, con una gravedad tan auténtica que a ella le dolió en el estómago—. Lo miro y veo el milagro más grande de mi vida. Veo tu inteligencia, tus labios, y veo mis ojos mirándome sin miedo. Jamás usaría a un niño como un peón. Y respecto a ti... —hizo una pausa, inclinándose apenas hacia adelante para que su aliento cálido le rozara la mejilla— sé muy bien que no se borran seis años en una mañana. Pero tengo paciencia. Toda la paciencia que no tuve a mis veintinueve años, la tengo ahora.

—Pues vas a necesitar siglos —replicó ella, sosteniéndole la mirada con desafío, aunque el pulso le latía desbocado en la base del cuello ante su cercanía—. La sesión de supervisión de hoy terminó. Tengo una reunión con el consejo editorial de la revista Fintech Vanguard en media hora.

Nicolás arqueó una ceja con discreción.

—La portada de la edición europea —comentó él, recordando el informe que Vaughn le había entregado la noche anterior—. «La reina silenciosa de la ciberseguridad». Te lo ganaste a pulso, Malena. Siempre supe que no había techo que pudiera contenerte.

Malena sintió una punzada en el pecho. Recordó las palabras de Damián resonando en aquella habitación universitaria: «Tan chiquitina... tan ridículamente anticuada... no tiene mundo». La comparación entre la mediocridad cobarde de su ex y la devoción incuestionable del hombre que tenía enfrente era un abismo imposible de ignorar.

—Buenas tardes, señor Thorne —dijo ella, esquivando el cumplido con un gesto frío y abriendo la puerta principal de la sala.

Nicolás la miró por un segundo más, con una chispa de adoración peligrosa en el fondo de sus ojos azules.

—Hasta mañana, señora Sterling —murmuró él, ajustándose la chaqueta antes de salir al pasillo con paso seguro.

Tres días después, a más de seis mil kilómetros de distancia, la realidad no vestía de seda ni respiraba sobre alfombras persas.

En una sala de espera gris de una modesta consultora financiera en Newark, Nueva Jersey, Damián Frost aguardaba el turno para una entrevista de trabajo que representaba su última tabla de salvación. Vestía su mejor traje, pero las costuras de las mangas comenzaban a gastarse y la corbata pasada de moda denotaba la decadencia económica en la que se hundía día a día.

Su teléfono vibró en el bolsillo del pantalón con una notificación bancaria.

«AVISO DE SOBREGIRO: Cuenta corriente bloqueada temporalmente por fondos insuficientes».

Damián cerró los ojos y se frotó las sienes con desesperación. La noche anterior había sido otro infierno doméstico: Miranda gritándole histérica en la cocina porque no podían pagar la cuota de la guardería de su hija, mientras exigía que él pidiera otro préstamo familiar para comprarle un abrigo de diseñador para la fiesta de aniversario de sus amigas. Las deudas de tarjetas de crédito superaban ya los cuarenta mil dólares, y la hipoteca de la casa de dos plantas estaba a una notificación de entrar en ejecución judicial.

—Señor Frost, el director lo atenderá en diez minutos —anunció la recepcionista con indiferencia sin apartar los ojos de su monitor.

Para calmar la taquicardia que le oprimía el pecho, Damián estiró el brazo y tomó una de las revistas de negocios de alta gama apiladas sobre la mesa de centro de caoba. Era el ejemplar recién salido de imprenta de Fintech Vanguard Global.

Al girar la portada hacia la luz, el aire se le escapó de los pulmones como si le hubieran propinado un puñetazo en el diafragma.

El corazón le dio un vuelco salvaje.

La mujer que dominaba la portada no se parecía en nada a la muchacha de cárdigans anchos y faldas por debajo de la rodilla que él había dejado atrás.

Fotografiada de medio cuerpo frente a un ventanal panorámico con los Alpes nevados al fondo, Malena Sterling proyectaba un poder casi intimidante. Vestía un traje sastre impecable en tono azul medianoche de solapas afiladas; su cabello castaño caía en ondas brillantes sobre un hombro, y sus ojos —aquellos ojos que antes lo miraban con una devoción pura y sumisa— destellaban ahora con una frialdad y una inteligencia implacables. En su muñeca brillaba un reloj de platino, y la comisura de sus labios dibujaba una serenidad inaccesible.

El titular en letras doradas cruzaba la página:

> MALENA STERLING: LA MENTE MAESTRA TRAS EL IMPERIO DE LA CIBERSEGURIDAD EUROPEA

> A sus veintiocho años, la fundadora de Sterling Core Solutions blindó la infraestructura de los conglomerados más poderosos del continente y se posiciona como una de las empresarias más influyentes de la década.

>

Damián sintió que la sala de espera comenzaba a girar a su alrededor. Las manos le temblaban con tal violencia que el papel satinado crujió entre sus dedos.

Abrió la revista a toda prisa, con la garganta seca como el esparto.

Las páginas interiores detallaban una trayectoria meteórica: dos títulos universitarios con honores absolutos obtenidos al mismo tiempo, el rechazo a ofertas multinacionales para forjar su propia firma boutique en Alemania, patentes millonarias y una fortuna personal estimada en decenas de millones de euros.

«Tan chiquitina... tan anticuada... una niña que le tiene miedo a su propia sombra».

Las palabras que él mismo le había susurrado a Miranda entre aquellas sábanas sucias volvieron a golpearlo con la fuerza de un rayo.

Se le nubló la vista. Había tenido a una reina a su lado. Había tenido la lealtad eterna, la pureza y el amor de una mujer brillante, hermosa y poderosa que soñaba con casarse con él frente al mar. Y la había arrojado a la basura por revolcarse con una víbora vacía que lo estaba arrastrando a la quiebra y a la miseria más absoluta.

—¿Señor Frost? —la secretaria se asomó por la puerta—. El director está listo para recibirlo.

Damián no escuchó. Se puso de pie de golpe, apretando la revista contra su pecho como si fuera un pedazo de carbón al rojo vivo.

—Tengo que irme —balbuceó con la voz rota y los ojos enrojecidos por una mezcla de shock y llanto contenido.

—¿Cómo que tiene que irse? Esta era su última oportunidad para la vacante...

Damián no contestó. Salió de la oficina a trompicones, empujó la puerta de cristal hacia la acera húmeda y se apoyó contra la pared de ladrillos del callejón, jadeando bajo la llovizna gris de Nueva Jersey.

Miró de nuevo el rostro deslumbrante de Malena en la portada. La distancia que ahora los separaba no era de continentes ni de océanos; era un abismo de dignidad y gloria que él jamás en diez vidas lograría cruzar.

Y entonces, consumido por la desesperación y la culpa insoportable de lo que había destruido, Damián sacó su teléfono celular con los dedos temblorosos y buscó en su agenda un número que llevaba años sin atreverse a marcar: el de Lucas Sterling.

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Cliente anónimo
Yo comparto tu opinión
Adriana Montoya Velez
ella estuvo sólito porque así lo quiso lo decidió y se lo escondió a el y toda la familia porque esa actitud tan infantil?
Adriana Montoya Velez
me cae nal por poco racional
Adriana Montoya Velez
para ser ran inteligente no le sirve oara quitarle lo inmadura y cobarde de salir corriendo a esconderse sin nisiquiera darle la cara a su familia
maylen urquiza
excelente gracias por compartir con tus lectores tus obras maravillosas
Maria Laura Perez: Gracias 😍
total 1 replies
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