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Donde Florece El Barro

Donde Florece El Barro

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor-odio / Amor Campestre
Popularitas:563
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Noah tenía todo: 24 años, Milán, su regreso a la pasarela. Hasta que su hermana Lila murió mientras él se probaba un abrigo. Dejó todo botado, recayó y lo echaron de Europa.

Sin nada, vuelve al sur, a la casa chueca de su abuela cerca de Traiguén. Al lado vive Tomás, 32, agricultor, callado, conservador. Lo odia a primera vista.

Tres meses es el trato. Tomás le enseña a trabajar la tierra. Noah le enseña a no tenerle miedo a sentir.

Entre gallinas metidas, un tractor chocado, un invernadero saboteado y un desfile en un granero, se enamoran lento. Con barro en las manos y miedo de volver a caer.

NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 4: El trato

A las cinco de la mañana sonó algo. No era una alarma. Era un gallo.

No un gallo de adorno, de esos que salen en fotos de Pinterest. Un gallo de verdad, ronco, desesperado, que gritaba como si lo estuvieran matando. Me desperté sobresaltado en el sillón, con el cuello doblado y la manta de mi abuela encima. La estufa se había apagado en la noche y hacía frío otra vez.

Me paré. Me dolía todo. No estaba acostumbrado a dormir así. Afuera todavía estaba oscuro, pero ya se veía la luz de la parcela de Tomás prendida. A las cinco de la mañana. ¿Quién se levanta a las cinco de la mañana por gusto?

Me puse las zapatillas, que ahora ya no eran blancas, eran permanentemente cafés, y salí al corredor. El barro estaba congelado. Duro. Se me metió el frío por las plantas de los pies.

Tomás ya estaba afuera, con una carretilla, echando comida a las gallinas. Llevaba un gorro de lana y una chaqueta gruesa.

— Buenos días — dije. Mi voz sonó a dormido.

Él me miró.

— ¿Dormiste bien?

— No.

— Se nota — dijo, y siguió con lo suyo.

Me quedé ahí, mirando. No sabía qué hacer. En Milán, a esta hora, yo estaría recién llegando de alguna fiesta o cosiendo. Acá, a esta hora, la gente ya estaba trabajando.

— Oye — me dijo sin mirarme —. Si vas a estar tres meses, no puedes estar mirando todo el día. Tienes que hacer algo.

— ¿Como qué?

— Ayer te vi tratando de barrer con una escoba sin palo. Tu abuela tenía una bodega atrás con herramientas. Si las ordenas y me ayudas a sacar la maleza del invernadero, te pago con huevos. Y te enseño a no morirte de hambre.

¿Huevos como pago? En Milán me pagaban en euros. Acá me pagaban en huevos. Me reí. No pude evitarlo.

— ¿Te estás riendo de mí? — dijo, serio.

— No, me estoy riendo de mí. Hace una semana me pagaban por cerrar un desfile y ahora me van a pagar en huevos por sacar pasto.

— Son buenos huevos — dijo, ofendido.

— Ya, perdón. Acepto.

— A las siete. Desayuna antes. No quiero que te desmayes.

Y se fue.

No tenía nada para desayunar. Me quedaban dos panes de la señora Marta, duros. Los calenté en la estufa que había aprendido a prender. Me los comí con té de una bolsa que encontré que decía "manzanilla 2019". Sabía a pasto, pero estaba caliente.

A las siete en punto, con guantes de mi abuelo que me quedaban gigantes, me presenté en el invernadero de Tomás.

El invernadero era grande, de plástico y madera, lleno de tomates, lechugas, hierbas que yo no conocía. Olía a tierra mojada y a algo verde, vivo. Hacía calor adentro, aunque afuera hacía frío.

— Estas son las malezas — dijo Tomás, señalando unas hierbas que para mí eran iguales a todas las demás. — Las sacas de raíz. Así. — Se agachó, agarró una y tiró. Salió entera, con tierra. — Si la cortas arriba, vuelve a salir. Tiene que salir con raíz.

Me agaché. Intenté. La primera se me cortó. La segunda también.

— Más abajo. Agarra desde abajo — me corrigió, agachándose al lado mío. Me mostró con sus manos. Sus manos eran grandes, con tierra en las uñas. Las mías eran flacas, con cutículas comidas por ansiedad.

Intenté otra vez. Esta vez salió. Con toda la raíz.

— Bien — dijo.

Seguimos en silencio. Solo se escuchaba el plástico moviéndose con el viento y los pájaros. Cada tanto me corregía. "Esa no, esa es orégano". "Más a la izquierda". "No pises eso".

A la hora ya me dolía la espalda. Me dolían las rodillas. Me dolían las manos. No estaba acostumbrado a estar agachado tanto rato.

— ¿Cómo aguantas todo el día así? — le pregunté.

— Te acostumbras. Y piensas en otra cosa — dijo.

— ¿En qué piensas tú?

Se quedó callado un rato. Pensé que no me iba a contestar. Tomás no era de hablar mucho.

— En que si no lo hago yo, nadie lo hace — dijo al final. — Y en que si no lo hago bien, no como.

Me quedé callado. Yo nunca había pensado así. Yo pensaba en si mi colección iba a gustar, si me iban a invitar, si mi foto iba a salir bien. Nunca en si iba a comer.

A las diez paramos. Me pasó una botella de agua y un tomate que sacó ahí mismo, lo limpió con su polera y me lo dio. Lo mordí. Estaba tibio por el sol, jugoso, dulce. Nunca había comido un tomate así.

— ¿Es orgánico? — pregunté, por decir algo inteligente.

— No, es tomate — dijo, y por primera vez lo vi casi sonreír. Casi.

Seguimos hasta las doce. Cuando terminamos, la mitad del invernadero estaba limpio. Yo estaba transpirado, sucio, con la espalda hecha mierda y con una sensación rara en el pecho. No era ansiedad. Era otra cosa. Como orgullo.

— Mañana seguimos con la otra mitad — dijo Tomás. — Toma. — Me pasó una docena de huevos en una bandeja de cartón. Eran de colores distintos, algunos cafés, algunos blancos, algunos medio celestes. — Son de mis gallinas. Las que se meten a tu casa.

— Gracias — dije, y lo dije en serio.

Volví a mi casa con los huevos en la mano, caminando por el barro, con las manos sucias. Me sentía ridículo y bien al mismo tiempo.

Esa tarde, mientras intentaba hacer huevos revueltos — se me quemaron un poco — escuché un ruido afuera. Era Tomás, dejando algo en mi corredor. Salí. Era un saco de leña seca.

— Para que no te mueras de frío — dijo, ya yéndose.

— Tomás — lo llamé.

Se dio vuelta.

— Gracias. De verdad.

Me miró. Por primera vez me miró fijo, no como al flaco de ciudad, sino como a una persona.

— De nada, Noah — dijo. Era la primera vez que decía mi nombre.

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Michel Yandi
me encanta esta historia 🦆✨
Maria Consuelo Rodriguez Berriz
Muy buena narrativa y, buen contenido.
Maria Consuelo Rodriguez Berriz
Me gusta esta Novela, es diferente tiene un buen contenido urbano.☺️
Brisa Romero
/Sweat/
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