A los diecinueve años, Joana solo conoce el hambre, los golpes y el desprecio: en su propia casa la tratan como a una sirvienta, la llaman "gorda" y le hacen creer que no vale nada. Cada noche traba la puerta de su cuarto con una silla y sueña con desaparecer.
Lo que no sabe es que, todas las mañanas, el hombre más peligroso de la ciudad la observa desde la mesa de la cafetería donde trabaja.
Sócrates Grizantemo es el Don de la mafia: frío, implacable, capaz de la peor crueldad con sus enemigos… y tiene los días contados para casarse o perder su imperio. Cuando decide comprar la mano de Joana para saldar la deuda de su padre, cree que solo cierra un trato conveniente. Ninguno de los dos imagina que ese matrimonio arreglado despertará en él una ternura que jamás mostró a nadie, y en ella, una mujer fuerte, deseada y libre que no sabía que llevaba dentro.
Pero el pasado de Joana esconde secretos que exigen sangre, y la nueva familia que empieza a amarla guarda los suyos: traiciones que llegan hasta lo más alto, un amor prohibido entre quienes se criaron como hermanos y una conspiración capaz de destruirlos a todos.
En un mundo donde el amor se paga con lujo y las deudas con la vida, Joana tendrá que decidir hasta dónde está dispuesta a llegar por los suyos.
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Capítulo 24
Renzo me mandó varios mensajes queriendo saber de mí, si estaba bien, si todo estaba normal después de lo que pasó, y si había salido a alguna misión; pero solo le di largas diciendo que sí, que estaba en una misión y que estaba bien, sin dar muchos detalles de qué misión sería esa.
Tenía muchas ganas de contarle a dónde iba y lo que había pasado, pero le prometí a Sócrates que no se lo contaría a nadie y que respetaría el espacio de él y de mi cuñada. Esta historia es demasiado pesada para que la sepan otras personas. Claro que Renzo no juzgaría ni haría nada contra mi hermano o Joana, pero, más allá de eso, tenemos que tener cuidado, porque nadie puede ni soñar que mi hermano va a casarse con una mujer que ya no es virgen.
No tengo palabras para describir cuánto odio toda esta mierda. Tanto esa tradición ridícula de que la mujer tiene que ser virgen como estos malditos matrimonios arreglados. Aunque en el caso de mi hermanito lo estoy adorando, porque, seamos sinceros, está más que claro que anda derretido por ella. Solo no lo ve quien no quiere, y, sinceramente, por la mirada de esa chica, ella también tiene una debilidad por mi hermano. Los dos solo necesitaban un empujoncito.
Solo espero que Sócrates recuerde todo lo que estoy haciendo por él, y cuánto necesita una mujer tener control sobre su propio cuerpo y su propia vida, cuando me juzguen por traición. Y espero que Renzo no haga ninguna estupidez, porque de verdad no pienso contarle a nadie quién se acostó conmigo. Si de mí depende, jamás lo sabrán. Hice lo que quería, y sabía las consecuencias, y ahora voy a enfrentarlas, pero lo haré sola, no voy a arrastrar a nadie conmigo.
Llegué al galpón que mencionó mi hermano y tuve que caminar un buen trecho a pie, entre árboles y maleza. Mi hermano de verdad se esmeró en el lugar donde esconder a estas sabandijas. No había ni senderos, creo que nadie caminó jamás por estos lados, salvo para construir este galpón, cosa que debió de ser hace mucho, porque el lugar estaba en ruinas, salvo por algunas partes conservadas.
Había algunos hombres haciendo guardia en el lugar y, en cuanto me vieron, me dejaron entrar de inmediato.
Mi hermano ya me había mostrado las imágenes de las cámaras de cómo estaban. Se había ocupado de que tuvieran lo necesario para mantenerse vivos el tiempo suficiente y no morir antes de ser torturados.
Antes de salir de la sede le pedí a Sócrates que consiguiera un médico para atenderlos, así podía asegurarme de hasta dónde podía llegar sin correr el riesgo de que murieran antes de tiempo. Y por supuesto que mi hermano lo resolvió. Y en cuanto entré al galpón, ahí estaba el médico que pedí.
—Señorita, qué gusto verla; su hermano me explicó todo y me encargaré de que todo salga como se espera. —Solo asentí y le estreché la mano. Sabía que el "todo" al que se refería, lo que mi hermano le explicó, no era realmente todo, sino apenas lo suficiente.
—Voy a entrar, y le pido que solo entre cuando yo salga. Sin importar los gritos, le pido que solo intervenga si lo llamo.
—Sí, señorita. —asintió.
Había un hombre junto a cada puerta, y no necesité decir una sola palabra; Sócrates se encargó de todo y ellos ya sabían lo que iba a pasar ahí.
Tomé el maletín que uno de los hombres me entregó y entré a la habitación, que estaba a oscuras, pero enseguida encendieron las luces, y ahí estaba Emerson, sujeto a una cadena, sentado sobre una colchoneta fina y una cobija que les cedieron única y exclusivamente para que no sufriera hipotermia.
—¿Beatriz? ¿Entonces fue el desgraciado de Sócrates el que nos hizo esto? Ese maldito desgraciado, no tenía derecho de…
Dejó de hablar en cuanto le acerté una patada certera en la boca, haciendo saltar un diente junto con un poco de sangre.
Como sabía lo que me esperaba, vine con una bota de punta de acero, especialmente lista para andar por el monte y patear idiotas que deberían cerrar la boca.
—Cierra la maldita boca y no te atrevas a decir el nombre de mi hermano. —Caminé por el lugar arrastrando un objeto de metal con rueditas que había ahí, y lo usé para apoyar mi maletín encima—. Todavía no tuvieron lo que merecen, pero lo van a tener.
—¿Qué carajo hice, zorra de mierda? ¿Crees que puedes venir aquí a golpearme, loca? —Su pose sobraba, creyendo que podía hablarme así.
—Estoy aquí porque me encanta mostrarles a ustedes, hombres machistas e imbéciles, el poder que tiene una mujer. Puedes llamarme zorra o lo que sea, pero es esta zorra la que te va a mostrar que a una mujer jamás se la toca sin su consentimiento, maldito.
—¿Qué carajo te inventó Joana? Yo jamás la toqué, eso es mentira.
—Qué curioso, no recuerdo haber mencionado nombres. Interesante que ya sepas que se trataba de Joana, y exactamente a qué tipo de toque me refería. —Tomé un viejo fórceps que, por desgracia, no estaba oxidado como me habría gustado, pero lo entiendo, no puedo dejar que muera de tétanos—. Hablas demasiado, veamos si sigues hablando cuando empiece.
Vi el pánico en sus ojos, y me imagino la mirada de psicópata que tenía; cuando de tortura se trata, tuve un excelente maestro. Sócrates es un maestro en esto, aunque sea una persona demasiado buena para ser Don; cuando le pisan el callo, se convierte en un sádico. Y ver videos de él torturando desde mi adolescencia, y una vez viéndolo en persona, me enseñaron muchas cosas.
Fui hasta la puerta y le pedí al hombre de afuera que entrara y le sujetara las piernas a la basura esta, y que lo dejara completamente inmovilizado, ya que las manos ya estaban encadenadas. No estoy dispuesta a llevarme una patada en este cuerpito lindo.
En cuanto el hombre salió, volví a acercarme y le sujeté el rostro a Emerson. Intentó escupir, pero le di un puñetazo en el estómago que lo hizo doblarse del dolor.
—No me escupas o haré que todo sea aún peor para ti, desgraciado.
Le agarré el pelo con fuerza forzándole la cabeza hacia atrás y haciendo que abriera la boca. Al principio fue difícil, se resistía bastante. Pero quien ve esta carita bonita no se imagina la fuerza que tengo ni cuánto entrené. No por ser mujer voy a intimidarme ante un imbécil como este.
En cuanto tuvo la boca abierta, le arranqué el primer diente, lo lancé lejos y escuché los gritos del idiota.
Insistí en empezar por Emerson, porque mi hermano me dijo lo miedoso que es Elano, así que su tortura comenzará por oír los gritos de dolor de su hijo.
Otro diente arrancado, otro grito. A esta altura ya estaba de pie, no quería volver a casa toda manchada de sangre. Y menos la sangre de una sabandija como esta.
—¿Te está gustando, querido? ¿Es rico violar a la gente y hacer con ella lo que se te antoja? ¿Es rico hacerles sentir dolor? Yo, sinceramente, lo estoy adorando.
No me respondía, y en el único intento de decir algo, le di un puñetazo en la cara, justo en el lado donde le arranqué los dientes.
—No quiero oír lo que tengas que decir. Nada de lo que digas borrará lo que le hiciste a tu propia hermana, maldito.
Seguí arrancando diente a diente, oyéndolo aullar, retorcerse de dolor, y una carcajada siniestra me salió de la garganta, no pude controlarla, estaba adorando hacerlo. Sócrates sabe cuánto me gustaba verlo torturar, y cuánto da miedo mi sed de sangre. Pero jamás tocaría a un inocente. Eso jamás; ¿ahora a una sabandija que violó a una chica inocente? Y más aún a una chica que ahora es parte de mi familia, a ese sí insisto en hacerlo sufrir.
—Creo que por hoy es todo —dije después de arrancarle todos los dientes de abajo al imbécil, además del de arriba que le había saltado con la patada—; por desgracia no puedo hacerlo todo de una vez. Sería muy divertido para mí, pero tú sufrirías todo de golpe y eso no es divertido. Lo divertido es verte sufrir despacio, así como sufrió tu hermana, día tras día viviendo en esa casa con ustedes dos. Dos malditos que no valen ni lo que comen.
—Bueno, ya me voy, hasta mañana. —dije haciéndole un gesto de despedida mientras juntaba mis cosas para pasar a la siguiente sala.
Emerson no dijo nada, solo escupió sangre al suelo. No sé ni cómo aún puede escupir, pero era tanta baba, tanta sangre, que debió de esforzarse para lograrlo.
Quería seguir, pero no puedo, necesito que todo sea despacio; si fuera para hacerlo todo de una vez, Sócrates habría venido y no me necesitaría aquí. Mi hermano no pararía, en cuanto lo tocara iría hasta el final.