—Ve y acúsame con mi papá —se burló Daniela Solana después de humillarla una vez más.
Maite Guzmán hizo exactamente eso.
Con veintidós años, una beca que no podía perder y un celular lleno de pruebas, entró en la oficina del hombre más poderoso de Monterrey. Esperaba que Rodrigo Solana comprara su silencio. En cambio, él castigó a su propia hija, le dio de comer cuando Maite se desmayó de hambre y decidió que nadie volvería a tocarla.
Rodrigo tiene cuarenta y seis años, una fortuna de esas que abren cualquier puerta, una exesposa que todavía lo reclama y la costumbre de controlarlo todo. Maite es la compañera de universidad de su hija, viene de un rancho y no piensa deberle nada a ningún hombre.
Pero la gratitud se convierte en deseo. Las miradas clandestinas terminan detrás de una puerta cerrada, y el hombre más frío de Monterrey descubre que con Maite no sabe ser prudente: quiere protegerla en público, hacerla temblar en privado y convertirla en su esposa.
Daniela todavía no sabe que la becada a la que humilló duerme en la cama de su padre.
Cuando lo descubra, ya será demasiado tarde: Maite no será su víctima. Será su madrastra.
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Capítulo 4
Capítulo 4: Usted le ayuda al dinero, no a la razón
Dani se le colgó del cuello en el último escalón.
—¡Papi! Viniste.
Rodrigo no la apartó. Tampoco la abrazó. Dejó los brazos a los lados y respiró el perfume de siempre de su hija, dulce, caro. Debajo había otro olor, a frijol, que no era de ella.
Veinte minutos antes, en la camioneta, Tomás le había puesto el celular en la mano.
—Iván Salas lo subió a sus historias a la una y cuarenta y lo borró a los diez minutos. Le escribí. Me mandó el archivo original y dice que, si hace falta, lo repite frente a quien sea.
En el asiento de adelante, el licenciado Villarreal abrió el portafolios sobre las rodillas.
—Esta mañana hablé con Yesenia Cantú, ingeniero. Un compañero del equipo de basquetbol de Brandon Lozano tenía el video del motel sin editar. La cara es la de ella. Aceptó explicarlo en persona. —Cerró el portafolios—. Le dejé claro que yo no puedo prometerle nada. Si hay denuncia o no, lo decide la señorita Guzmán.
—Bien.
Brandon Lozano. El novio de su hija. Desde las once de la mañana tenía nombre.
Los audios del lunes se quedaron en el celular de Tomás. No hacían falta. Todavía no.
Frente al edificio de la Facultad había estudiantes por todas partes, sentados en las jardineras, parados en la escalinata, con el celular en la mano. Chuy se quedó con la Suburban. Rodrigo bajó con Tomás y Villarreal, y los comentarios le llegaron a pedazos.
—Ya llegó el papá de la Solana. Ya se la cargó la becada.
—Dicen que la Facultad no la dejó ir a la policía.
—Pobre. Con ese señor, ni cómo.
Nadie bajó la voz cuando pasó. Nadie pensaba que le importara.
Ahora tenía a Dani colgada del cuello y, por encima del hombro de su hija, al fondo del pasillo, la vio.
Estaba sentada en una silla de plástico azul, junto a la puerta de la Dirección. La chamarra abierta. Una mancha café de cuello a bolsillo en la blusa. La mano derecha metida en la bolsa de la chamarra, quieta, demasiado quieta. Rodrigo supo qué estaba haciendo esa mano.
Le hizo una inclinación de cabeza. Una sola. Tranquila.
Ella no se movió, como si alguien la hubiera llamado por un nombre que no era el suyo.
La puerta de la Dirección se abrió y salió el director Zertuche con la mano ya extendida.
—¡Ingeniero! Qué honor. Pase, pase. Oiga, se ve usted más joven que yo, y somos de la misma edad. —Le estrechó la mano con las dos suyas—. Y aprovecho para agradecerle el generoso donativo del Grupo a la Facultad. No se preocupe por lo de su hija. Aquí no toleramos agresiones. Ya lo estamos atendiendo.
—Hablemos de eso también.
* * *
En la oficina, Zertuche le ofreció su propia silla. Rodrigo se quedó de pie. Dani se sentó frente al escritorio, cruzó la pierna y se acomodó el pelo. Tomás y Villarreal se quedaron junto a la puerta.
—Señorita Guzmán —llamó Zertuche—. Pásale.
Ella entró. Se paró junto a la pared, lejos de Dani.
Zertuche se aclaró la garganta y, antes de que nadie le preguntara, empezó.
—Ingeniero, como le decía. La alumna aquí presente agredió hoy a una compañera en el comedor, frente a toda la comunidad. Hay video. Una agresión física de esa naturaleza, para una alumna becada, amerita la baja.
—Creo que está regañando a la persona equivocada, director.
Zertuche se quedó con la boca a medio abrir.
—Tomás.
Tomás conectó el celular a la pantalla de la pared. El video de Iván empezaba antes que el de Confesiones: empezaba con Maite sentada, sola, con la charola enfrente, y con Dani entrando a cuadro.
Mi papá viene hoy a la facu. ¿Sabes a qué? A hundirte.
La ranchera. La robanovios. Sus abogados te van a comer viva.
El dorso de la mano. El plástico contra el piso. El arroz abriéndose en abanico. Ay, perdón. Las risas.
Y hasta después, ella agachándose.
Nadie habló. Dani descruzó la pierna. En la pantalla, su propia voz seguía riéndose y ella, en la silla, ya no. Zertuche se aflojó el nudo de la corbata que se acababa de apretar.
Rodrigo esperó a que el video terminara.
—Uno —dijo—. El diecinueve de octubre, a las dos y catorce de la mañana, salieron mensajes del celular de la señorita Guzmán. No los mandó ella. Los mandó su compañera de cuarto de entonces, que sabía su código.
Villarreal dejó una hoja sobre el escritorio.
—Dos. El video del motel. La cara es de la señorita Guzmán; el cuerpo, no. Aquí está el original sin editar. —Villarreal dejó una memoria junto a la hoja—. Esa noche ella estuvo en la caja de la cafetería hasta las once con siete. Hay cámara.
Dani ya no se tocaba el pelo.
—Tres. Quién lo pidió. —Rodrigo miró a su hija—. Brandon Lozano. La buscó a ella, ella le dijo que no, y se vengó. Al mismo tiempo andaba contigo, con la compañera de cuarto, y no solo con ellas.
—Eso es mentira —dijo Dani, pero sin voz.
Tocaron la puerta. La maestra Rangel entró con una muchacha delgada, de ojos hinchados, que se detuvo en el umbral y no se atrevió a mirar a nadie. Rodrigo sintió que Maite, junto a la pared, dejaba de respirar un segundo.
—Yesi —dijo Dani.
Yesenia se abrazó a sí misma.
—Brandon me pidió que usara su celular. —Le temblaba la barbilla—. Y lo del video también fue idea de él.
Villarreal le acercó una hoja y una pluma. Yesenia leyó, lloró un poco, firmó. La maestra Rangel se quedó junto a ella, con la mano en su espalda, y por primera vez miró a Maite de frente.
Dani estaba blanca.
—¿Brandon… con Yesi?
Rodrigo no le contestó. Se volvió hacia el escritorio.
—Director, usted tenía en este escritorio una queja de noviembre, con fechas y pruebas, y la archivó. Hoy la amenazó con quitarle la beca.
—Ingeniero, yo jamás…
Rodrigo miró a Maite.
—¿Grabó algo?
Ella sacó la mano de la bolsa. El celular seguía grabando; lo detuvo, buscó con el pulgar y lo puso sobre el escritorio, junto a la memoria.
La voz de Zertuche llenó la oficina, más gorda que en persona.
—Y ni se te ocurra ir a la Fiscalía. Eso daña la imagen de la Universidad. Piensa en tu beca.
Zertuche se puso del color del papel.
—Usted le ayuda al dinero, no a la razón —dijo Rodrigo.
No levantó la voz. No hacía falta.
—A partir de este año, la donación del Grupo a esta Facultad va a un fondo de becas que administra Rectoría, con auditoría externa. Por esta oficina ya no pasa un peso. El licenciado Villarreal va a entregar hoy mismo en Rectoría esta grabación y la declaración de la señorita Cantú. —Hizo una pausa—. Y ahora quiero una constancia firmada por usted: la señorita Guzmán no tiene ninguna sanción disciplinaria y su beca sigue vigente.
—Ingeniero, eso lleva un proceso…
—Ahora.
Zertuche llamó a la secretaria. La dictó él mismo, con la voz quebrada en dos palabras. Firmó. Le puso sello. Le sudaba el labio de arriba. Rodrigo tomó la hoja y no se la guardó: se la dio a Maite. Ella la agarró con las dos manos.
Luego miró a su hija.
—Decirle ranchera a alguien como insulto es discriminación, Daniela. En esta ciudad eso también se denuncia.
—Papi, yo no…
—Si la Facultad tiene que sancionarte, que te sancione.
Zertuche entendió al vuelo. Balbuceó que, conforme al Protocolo contra el acoso, correspondía una amonestación por escrito para la alumna Solana y para la alumna Cantú, que la alumna Cantú ofrecería además una disculpa pública, y que el procedimiento para el alumno Lozano se abría ese mismo día. La secretaria ya estaba escribiendo.
—Y si vuelves a ver a Brandon Lozano —siguió Rodrigo—, se acaba todo. La mensualidad, la tarjeta, el carro.
A Dani se le llenaron los ojos. No lloró. Todavía no.
—Pídele perdón. Mírala a los ojos.
Dani giró la cabeza hacia la pared, hacia la muchacha de la blusa manchada. Le tomó mucho tiempo.
—Perdón —murmuró.
—Otra vez. Que se oiga.
—¡Perdón!
Ahí sí se le rompió la voz.
Rodrigo se volvió hacia Maite. Bajó un poco la cabeza.
—Señorita Guzmán, le pido una disculpa como padre. No supe ver lo que hacía mi hija.
Ella no dijo nada. Tenía la constancia apretada contra el estómago y el papel empezó a arrugarse entre sus dedos. Parpadeó dos veces, rápido. Se le movió la garganta. Nada más.
Rodrigo le sostuvo la mirada un segundo más de lo que era correcto y luego salió primero.
* * *
En el pasillo había unos cuarenta estudiantes. Ya no estaban en las jardineras: se habían subido todos. Vieron salir al ingeniero Solana con cara de piedra. Vieron salir detrás a Daniela Solana con los ojos rojos, sin lentes de sol en la cabeza, mirando el piso. Vieron a la maestra Rangel con Yesenia del brazo. Y al final, sola, a la becada, con una hoja sellada en una mano y el celular en la otra.
Los celulares se levantaron otra vez. Esta vez nadie se rio.
Abajo, junto a la Suburban, Rodrigo se detuvo a darle instrucciones a Chuy.
—Llévate a Dani a su casa en su carro. Que no maneje así. Tomás me lleva.
Chuy asintió. Dani se subió al Audi por el lado del copiloto sin despedirse.
Rodrigo alcanzó a oír, a unos metros, a Iván Salas acercándose a Maite en la escalinata con el celular en la mano.
—Oye, Mai… ¿Lo puedo subir completo?
Ella miró a los estudiantes, que la miraban.
—Que se vea todo. Ya me vieron lo peor.
Y se fue caminando hacia la parada del camión, derecha, sin voltear.
Rodrigo se subió a la camioneta. No la siguió. Tomás encendió el motor y, antes de arrancar, le pasó el celular por encima del hombro. Iván ya lo había subido. Confesiones UCN lo había compartido con título nuevo:
Plot twist: el papá de la Solana le dio la razón a la becada.
—Para la noche lo va a tener toda la universidad, ingeniero.
—Bien.
—Espérame tantito —le dijo a Tomás.
Se quedó un rato con el celular en la mano, el pulgar sobre el chat. Luego escribió.
¿Ya comió?
La respuesta tardó un minuto.
No. Me tiraron la comida, ¿se acuerda?
Rodrigo miró la pantalla mucho tiempo. Escribió una línea. La borró. Escribió otra.
El sábado. Déjeme invitarle la comida que le tiraron.
Envió.
Abajo del nombre de ella apareció una palabra:
escribiendo…