Leo despierta en un hospital sin recordar los últimos cinco años. Le dicen que tuvo un accidente, que su esposa murió, que su hija no le habla. Pero algo no encaja: las enfermeras lo tratan con miedo, los médicos mienten, y en su mesilla de noche encuentra una nota escrita por él mismo que dice: "No confíes en nadie. Tú no chocaste. Tú saltaste." Ahora Leo debe reconstruir quién fue realmente en esos cinco años perdidos, y descubrir si el hombre que era antes merece ser perdonado… o merece ser encontrado.
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Capítulo 12: El nombre olvidado
El coche se desliza por carreteras secundarias durante horas, alejándose de la base de entrenamiento y de cualquier rastro que Vergara pudiera seguir. Leo conduce en silencio, con la mirada fija en el asfalto, pero su mente está en otro lugar. En un lugar oscuro y borroso, donde una mujer de cabello oscuro y sonrisa cálida lo espera.
Sofía.
Ese nombre está grabado en la placa de bronce, pero no es la palabra que busca. No es la llave que abrirá los códigos. La contraseña es otra cosa. Algo más íntimo. Algo que solo ellos dos compartían.
—¿Dónde podemos encontrar un ordenador sin que nos rastreen? —pregunta Leo, rompiendo el silencio.
Elena piensa un momento.
—Hay un cibercafé en un pueblo a unos treinta kilómetros de aquí. Es pequeño, de esos que apenas tienen clientes. Podemos usar uno de los ordenadores sin llamar la atención.
—¿No es peligroso? ¿Y si Vergara tiene gente allí?
—No lo creo. El pueblo no está en ningún mapa de interés para ellos. Es demasiado insignificante. Pero aún así, no nos quedaremos más de diez minutos.
Llegan al pueblo al mediodía. Es un lugar polvoriento, con una plaza central y unas cuantas calles adoquinadas. El cibercafé está en una calle lateral, con un cartel descolorido que dice "Red & Café". Entran. El dueño, un hombre mayor con gafas de pasta, apenas los mira cuando piden dos horas de tiempo en un ordenador.
Leo se sienta frente a la pantalla. Saca la llave USB de la mochila y la conecta al puerto del ordenador. Aparece una carpeta única, con el nombre "Fragmento_02". Hace clic para abrirla.
—Pide una contraseña —dice, leyendo la ventana que aparece en la pantalla.
—Escríbela —dice Elena—. Cualquier cosa que se te ocurra.
Leo cierra los ojos. Se concentra. La imagen de Sofía vuelve a aparecer. Su sonrisa. Su cabello oscuro. Pero también otras cosas: una canción que silbaba, una broma que siempre repetía, un lugar favorito donde solían ir.
—Sofía —susurra—. No es tu nombre. Es otro. El que yo te llamaba cuando nadie nos oía.
El recuerdo empieza a formarse como una imagen borrosa. Él y ella sentados en un tejado, viendo las estrellas. Ella le dice algo que le hace reír. Él la mira y le dice un nombre. Un nombre que no es el suyo. Un nombre cariñoso.
—"Paloma" —dice Leo en voz alta.
—¿Cómo? —pregunta Elena.
—La llamaba Paloma —dice Leo, y una sonrisa amarga se dibuja en su rostro—. Porque siempre estaba en las alturas. Siempre buscando un lugar desde donde ver el horizonte.
Teclea la palabra. Paloma. La pantalla parpadea y la carpeta se abre.
Dentro, varios archivos. Documentos, mapas, fotografías y un archivo de audio. Leo abre primero las fotografías. En la primera, él y Sofía, abrazados, en la playa. No es una foto de la misión. Es una foto de ellos siendo ellos. Sin uniformes. Sin mentiras. Solo dos personas que se querían.
—Ella era importante para ti —dice Elena, con suavidad.
—Sí —responde Leo, y siente que la palabra se le atasca en la garganta.
Abre el archivo de audio. Es un mensaje de voz. Su propia voz, grabada hace años.
"Hola, Leo. O Daniel. O quienquiera que seas cuando escuches esto. Si has llegado hasta aquí, significa que has recordado a Paloma. Significa que has empezado a desbloquear los fragmentos. El primer fragmento te dio los nombres. El segundo te dio a ella. El tercero te dará el lugar. Está en el punto donde todo empezó. Donde tú y yo nos conocimos. El viejo puente del río. Allí encontrarás el tercer fragmento. Y entonces, tal vez, puedas perdonarte por lo que pasó. La contraseña para el tercer fragmento es: el lugar de nuestro primer beso. Cuídate. Y recuerda: no estás solo."
El mensaje termina. Leo se queda mirando la pantalla en blanco, con las manos temblorosas.
—¿El viejo puente del río? —pregunta Elena—. ¿Sabes de qué habla?
—No —dice Leo—. Pero él dice que es donde nos conocimos. Donde todo empezó.
Saca la carpeta marrón de la mochila y busca entre los documentos. Encuentra un mapa antiguo de la región, con varios puntos marcados. Uno de ellos tiene un círculo rojo. "Puente de los Suspiros".
—Aquí —dice, señalando—. El Puente de los Suspiros. Está al este, a unos cincuenta kilómetros. Pero está en una zona aislada, cerca de un bosque.
—Es un lugar perfecto para una trampa —dice Elena.
—O para un escondite —responde Leo—. Mi yo del pasado no me llevaría a una trampa. Me llevaría a un lugar donde pudiera recordar.
Elena no parece convencida, pero asiente.
—Entonces vamos —dice—. Pero con cuidado.
Leo desconecta la USB y la guarda en la mochila. Borra el historial del ordenador y salen del cibercafé. El dueño apenas los mira cuando pagan.
Ya en el coche, Leo no arranca de inmediato. Se queda sentado, con las manos sobre el volante, mirando a través del parabrisas.
—¿Qué pasa? —pregunta Elena.
—La contraseña —dice Leo—. "El lugar de nuestro primer beso". No sé dónde es. No lo recuerdo.
—Tal vez lo recuerdes cuando llegues allí.
—Tal vez —dice Leo, arrancando el motor—. Pero tengo miedo.
—¿Miedo de qué?
—De recordar y no poder soportarlo.
Elena lo mira con compasión. Pone su mano sobre la de él, y Leo siente el calor de sus dedos.
—Yo estaré contigo —dice—. Pase lo que pase.
Leo asiente y pone el coche en marcha.
El Puente de los Suspiros los espera, con sus secretos y sus fantasmas. Y Leo sabe que, una vez que cruce ese puente, no habrá vuelta atrás.