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LA GORDITA Y SUS AMANTES

LA GORDITA Y SUS AMANTES

Status: En proceso
Genre:Malentendidos / Dejar escapar al amor / Romance de oficina / La mimada del jefe
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Sanfueca

Sandra Bautista tiene un plan perfecto para su vida: sobrevivir a su primer año como abogada junior en el prestigioso Bufete Galvis, beber su propio café (porque el de la oficina sabe a tiza) y evitar el romance a toda costa. ¿Por qué? Porque Sandra está convencida de que los hombres guapos solo la ven como "la amiga", "la colega" o "la roomie".
Su radar romántico está tan roto que es incapaz de notar que su supervisor, Julián García (un español encantador, impecable y peligrosamente sexy), está intentando conquistarla a toda costa. Y mucho menos se da cuenta de que Diego Sosa, su mejor amigo de la infancia y compañero de departamento (un diseñador gráfico con brazos de infarto y un corazón de oro), está celoso hasta la médula.
Entre sabotajes de oficina, mudanzas, cenas de tacos y casi-besos. Sandra tendrá que descubrir que el amor no siempre llega en el paquete que uno espera...

NovelToon tiene autorización de Sanfueca para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Tiramisú, bolsillos y gatos domésticos

El jueves por la tarde, el departamento de la colonia Roma olía a lavanda y a la leve desesperación de Sandra Bautista frente a su armario.

Había dicho que era "solo una cena de celebración", pero eso no significaba que pudiera ir en jeans, por muy buenos que le quedaran esos que realzaban sus caderas. Se puso un vestido color vino, de manga larga y corte cruzado que le marcaba la cintura sin apretar. Era elegante, cómodo y, lo más importante, tenía bolsillos laterales profundos.

Salió de su habitación ajustándose un arete y encontró a Diego tirado en el sofá de la sala. Llevaba unos pantalones de chándal grises y una camiseta negra, con la tablet apoyada en el pecho y un lápiz óptico en la mano. No levantó la vista de la pantalla, pero su voz resonó en la habitación.

—¿Vas a una cena de celebración o a la gala de los Óscar? Porque si es lo segundo, avísame para ir preparando el discurso de aceptación.

Sandra rodó los ojos, tomando su bolso.

—Es una cena de italianos\, Diego. No me voy a casar con Julián; vamos a comer pasta porque sobrevivimos a la primera semana revisando los contratos de *Inversiones del Norte*.

Diego por fin levantó la vista. Sus ojos oscuros barrieron el vestido de Sandra de arriba abajo. Se detuvo un segundo en el escote en V, luego en la cintura y, finalmente, en sus zapatos. Frunció el ceño, una arruga vertical apareciendo entre sus cejas.

—Está bien —dijo él, con un tono que sonaba sospechosamente neutro—. Solo digo que, si vas a comer pasta con un tipo que usa la palabra "sinergia" en su vocabulario diario, al menos que la pasta valga la pena el trauma.

—Eres un amargui —rió Sandra, acercándose para darle un golpe suave en el hombro—. Diego, es solo Julián. Es mi supervisor. Me invitó porque somos el equipo del caso. Los colegas hacen esto.

—Los colegas van a la cantina de la esquina y comen tacos, Sandra. No van a un restaurante donde los meseros te miran como si les debieras dinero —replicó él, cerrando la tablet con un chasquido y poniéndose de pie. Se pasó una mano por el cabello, despeinándolo aún más—. ¿A qué hora llegas? Mañana tenemos que ir al mercado a comprar las verduras para la semana, y si te duermes, te voy a usar de almohada en el pasillo.

—Llegaré temprano, no te preocupes. Disfruta tu noche de solitario con tu librero a medio armar —dijo ella, abriendo la puerta.

—No es el librero, es mi dignidad la que está a medio armar porque me dejaste solo un jueves por la noche —murmuró él, aunque lo dijo mirando fijamente la pantalla de su teléfono.

Sandra negó con la cabeza\, sonriendo. *Qué dramático se ha vuelto desde que nos mudamos*\, pensó. Diego simplemente odiaba salir de su zona de confort\, y como ahora vivían juntos\, sentía que era su deber quejarse cuando ella rompía la rutina. No había nada romántico en su queja; era puramente egoísmo de roomie.

El restaurante *Trattoria da Luigi* era exactamente el tipo de lugar que Julián García frecuentaba: iluminación tenue\, manteles de lino blanco y un silencio tan respetuoso que se escuchaba el tintineo de los cubiertos de plata.

Julián la estaba esperando en una mesa junto a la ventana. Cuando Sandra se acercó, él se puso de pie. Sus ojos color miel se iluminaron al verla, y una sonrisa genuina se dibujó en su rostro.

—Sandra. Te ves espectacular —dijo él, su voz bajando un tono, con ese acento madrileño que hacía que los cumplidos sonaran a poesía.

Sandra sintió un leve cosquilleo de halago\, pero su cerebro activó inmediatamente el escudo anti-romance. *Los españoles son muy efusivos*\, se dijo a sí misma. *Y Julián es solo un chico educado que quiere hacerme sentir bienvenida. Los hombres como él\, que parecen salidos de un catálogo de trajes\, no miran a chicas de mi talla con ojos de lobo famélico. Me miran con ojos de "qué buena colega".*

—Gracias, Julián. Me lo puse porque tiene bolsillos y puedo esconder mis servilletas si lloro por los expedientes —bromeó ella, sentándose.

Julián soltó una carcajada, volviendo a sentarse.

—Siempre tan práctica. Me encanta eso de ti. En Madrid, las abogadas de mi bufete anterior habrían muerto antes que admitir que un vestido tiene bolsillos.

La cena transcurrió en una ola de conversación fluida. Julián era un anfitrión impecable. Le sirvió vino, le preguntó sobre sus gustos y, en un momento dado, se inclinó sobre la mesa para limpiar una migaja imaginaria del mantel cerca del plato de ella, acortando la distancia física.

—Oye, cambiando de tema —dijo Julián, apoyando la barbilla en su mano y mirándola fijamente—. Tu roomie... Diego, ¿verdad? ¿No se queda muy solo un jueves por la noche? Quiero decir, con lo cerca que están ustedes, pensé que harían planes juntos.

Sandra masticó un bocado de risotto, sin captar la intención de la pregunta ni por un segundo.

—¿Diego? Oh, no. Él está en su elemento. Diego odia salir de casa. Es básicamente un gato doméstico. Si lo saco a un restaurante con manteles de lino, entra en pánico y empieza a maullar. Está feliz en su cueva, rodeado de sus monitores y sus plantas.

Julián parpadeó, y por un segundo, Sandra vio una sombra de frustración cruzar su rostro perfecto. Él estaba tanteando el terreno, intentando averiguar si el tal Diego era un novio celoso o solo un amigo. Pero Sandra, en su infinita y blindada ingenuidad, acababa de categorizar a Diego como un felino doméstico.

—Ya veo —dijo Julián, recuperando la sonrisa, aunque sus ojos seguían analizando a Sandra—. Entonces... ¿No hay nadie más esperándote en casa? ¿Ningún novio, o...?

—No, para nada —respondió Sandra, tomando un sorro de vino—. Diego y yo somos solo amigos. Amigos del alma, de hecho. Nos conocemos desde los siete años. Si tuviera novio, Diego sería el primero en saberlo, porque probablemente lo usaría de pañuelo para llorar si la relación terminara.

Julián se quedó en silencio un momento. Luego, una sonrisa lenta y divertida curvó sus labios. Se dio cuenta de que Sandra Bautista era completamente impermeable a sus encantos, no por falta de interés, sino por una densidad emocional encantadora.

—Bueno —dijo Julián, levantando su copa de vino—, entonces brindo por los gatos domésticos. Y por la mejor colega que me ha pasado en este bufete.

—Brindo por eso —rio Sandra, chocando su copa contra la de él.

Cuando llegó el tiramisú, Julián intentó pagar la cuenta, pero Sandra, firme en su independencia, sacó su tarjeta.

—Ni lo intentes, García. Los colegas se dividen la cuenta. Si dejo que pagues tú, mañana en la oficina voy a sentir que te debo favores y no voy a ayudarte con la cláusula 45 del contrato.

Julián la miró con una mezcla de admiración y rendición.

—Eres implacable, Sandra Bautista. Está bien. Dividimos. Pero la próxima vez, invito yo.

—Trato hecho —dijo ella, sin notar que él acababa de asegurar una "próxima vez".

Cuando Sandra llegó al departamento, eran casi las once de la noche. Al abrir la puerta, encontró la sala a oscuras, iluminada solo por la luz azulada de la pantalla de la computadora en el rincón de Diego.

Él estaba sentado en su escritorio, con los auriculares puestos, tecleando con fuerza. Sandra dejó sus llaves en el bowl de la entrada y se acercó, quitándose los zapatos.

—Sobreviviste a la gala de los Óscar —dijo Diego, sin quitarse los auriculares, aunque su tono indicaba que la estaba esperando.

Sandra sonrió, caminando hacia la cocina para servirse un vaso de agua.

—Fue solo pasta, Diego. Y Julián es muy buena onda. De hecho, es buena gente. Me contó de su infancia en Madrid, de cómo su abuela le enseñó a hacer tortilla de patatas... Es un tipo muy normal.

Diego se quitó los auriculares y giró la silla para mirarla. La luz de la pantalla iluminaba la mitad de su rostro, dejando la otra en sombras.

—¿Un tipo muy normal? —repitió él, con un tono que sonaba un poco más agudo de lo habitual—. Qué bien. Me alegra que hayas confirmado que el socio junior de Madrid es un ser humano funcional. ¿Te gustó el tiramisú?

—Estaba delicioso —dijo Sandra, apoyándose en la isla de la cocina, sintiendo por fin el cansancio en los pies—. Pero la verdad, extrañé un poco la comida casera. La de los restaurantes es muy pesada.

Diego la miró en silencio un segundo. La tensión en sus hombros, que Sandra no notó, se relajó casi imperceptiblemente. Se puso de pie, caminó hacia el refrigerador y sacó un tupper.

—Te guardé un poco de la sopa de verduras que hice esta tarde —dijo él, calentándola en el microondas—. Sé que odias la comida grasosa de los restaurantes cuando llevas tacones todo el día.

Sandra sintió un calorcito familiar y reconfortante en el pecho. Esto era Diego. Esto era lo que ella conocía y amaba. Julián le había ofrecido una noche de encanto, vino caro y cumplidos que rebotaban en su escudo. Pero Diego le había hecho sopa de verduras porque sabía que a ella le dolían los pies después de usar tacones.

—Eres el mejor roomie del mundo, Sosa —dijo ella, tomando el plato caliente que él le extendía.

—Lo sé. Y no lo olvides, porque mañana a las nueve en punto vamos al mercado y si te atrasas, te dejo atrás —respondió él, cruzándose de brazos, aunque la esquina de su boca se curvó en una sonrisa suave.

Sandra comió su sopa sentada en la barra de la cocina, mientras Diego volvía a su computadora. El sonido de sus teclas y el olor a sopa casera la envolvieron.

*Julián es un tipo genial*\, pensó Sandra\, terminando el último bocado. *Y Diego es un gruñón insoportable\, pero es mi mejor amigo.*

No tenía ni la más remota idea de que el "tipo genial" había pasado toda la cena intentando romper su escudo, ni de que el "gruñón insoportable" había pasado las últimas tres horas mirando el reloj y criticando mentalmente a cualquier hombre que se atreviera a mirar a su roomie. Para Sandra, el mundo era un lugar sencillo, lógico y platónico.

Y esa ceguera, pensó el destino mientras la observaba desde algún lugar, iba a ser el comienzo de un desastre maravilloso.

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