Divierte
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El incendio
Todo transcurría en paz tras la hermosa misa del domingo. Pero aquella tarde, cuando el sol comenzaba a esconderse, de pronto se escucharon gritos aterrorizados por todo el pueblo: ¡FUEGO! ¡HAY FUEGO EN EL BOSQUE CERCA DEL PUEBLO!
Una columna de humo oscuro se elevaba hacia el cielo, y las llamas lamían los árboles acercándose peligrosamente a las casas. Nadie perdió tiempo: todos salieron corriendo a ayudar, sin importar quién era quién, ni viejas rencillas, ni distinciones de ninguna clase.
• Don Pancracio, sin dudarlo un instante, corrió con baldes en la mano hacia el río para traer agua. Iba y venía sin descanso, con la cara sucia de hollín y la camisa empapada.
• Don Basilio, que siempre andaba tan elegante, se quitó su saco costoso y ayudaba a cargar ramas y apagar el fuego con ramos verdes. Al cruzarse con Don Pancracio, ninguno se apartó. Se pasaron el balde el uno al otro y trabajaron hombro con hombro, como viejos amigos.
• Doña Candelaria, Doña Loli y Doña Filomena, junto a Doña Chonita y la tía Pancha, preparaban paños mojados, llevaban agua a todos y cuidaban que nadie se desmayara por el calor.
• Don Filemón y los primos Toribio y Eustaquio cortaban ramas para hacer una barrera y evitar que el fuego avanzara más hacia las casas.
• Lucas, el sobrino del Padre Silverio, demostró ser muy valiente: subió a los techos de las casas más cercanas para mojarlos y protegerlas de las chispas.
• El Padre Juan y el Padre Silverio, con sus hábitos arremangados, no dejaban de rezar y de consolar a todos, ayudando en lo que podían.
• Los gemelos Tadeo y Toribita, bajo cuidado de los recién casados Doña Carmen y Don Marcelo, llevaban vasos de agua fresca a todos los que trabajaban, muy serios y responsables aquella vez.
El fuego rugía fuerte y parecía no tener piedad. Todos estaban agotados, con las manos lastimadas y la cara llena de ceniza, pero nadie se rindió. Cuando ya casi no tenían fuerzas, Don Pancracio gritó con voz potente:
—¡No nos rindamos, hermanos! ¡Nuestras casas, nuestras familias y nuestro pueblo están aquí! ¡Juntos podemos con todo!
Alentados por sus palabras, todos redoblaron sus esfuerzos. Y poco a poco, gracias al trabajo de todos, el viento cambió de dirección y las llamas comenzaron a apagarse, vencidas por el valor y la unión de la gente del pueblo.
Cuando por fin quedó todo en calma, estaba anocheciendo. Todos se sentaron en el suelo, exhaustos pero felices, viendo que las casas estaban a salvo. Don Pancracio, respirando con dificultad, se acercó a Don Basilio y le tendió la mano, mirándolo a los ojos con sinceridad:
—Gracias, Basilio. Sin ti no lo habríamos logrado. Olvidemos las diferencias. A partir de hoy, somos amigos.
Don Basilio lo miró sorprendido, luego le estrechó la mano con firmeza y una sonrisa sincera le iluminó el rostro, mientras su gran bigote se movía con emoción:
—Gracias a ti, Pancracio. Hoy aprendí que los verdaderos amigos se conocen en las dificultades. ¡Y me siento orgulloso de ser tu amigo!
Doña Candelaria y Doña Loli, al ver esto, se abrazaron llorando de alegría. El Padre Silverio, mirando a todos con ternura, dijo:
—¿Ven? El fuego quema lo que toca... pero también puede derretir el orgullo y unir corazones. Hoy han demostrado que cuando hay unidad, ¡nadie puede vencerlos!
Esa noche, entre todos compartieron lo poco que tenían: pan, queso y café caliente. Ya no había enemigos ni distancias. Don Pancracio miraba a todos a su alrededor y sonreía. Y allá, en el rincón seguro del patio, Doña Cleotilde y el burrito Pelusa, que habían estado a salvo durante todo el peligro, parecían comprender que algo maravilloso había nacido aquella tarde: la paz entre todos, más fuerte que cualquier fuego. 🔥🤝💛