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BAJO EL HECHIZO DEL PRÍNCIPE ELFO

BAJO EL HECHIZO DEL PRÍNCIPE ELFO

Status: En proceso
Genre:Mundo de fantasía / Amor eterno / Mujer poderosa
Popularitas:5.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Celeste A. Godoy

En el reino de Aethelgard, el príncipe Aelion es un guerrero élfico invicto, de alma pura y de magia indomable. Pero cuando una traición lo expone a un afrodisíaco, su cordura se desmorona en las profundidades del bosque. Allí se cruza con Mia, una mestiza de ardientes ojos ámbar que, para salvarlo del fuego que lo consume, accede a entregarse a él.
En medio del calor de la pasión, Aelion descubre lo impensable: ¡ELLA ES SU ALMA GEMELA!
Sin embargo, cuando Mia acepta su dinero por desesperación para salvar la vida de su tío enfermo, el orgullo del príncipe se rompe al creer que la mujer de su vida no tiene honor. Obligados a reencontrarse bajo la mirada de la realeza y aplastados por malentendidos, celos e impulsos incontrolables, ambos descubrirán que la peor cicatriz no es la que se lleva en la piel... sino la que se queda grabada en el alma.

NovelToon tiene autorización de Celeste A. Godoy para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 6 VERGÜENZA

Mia

El pánico era un animal salvaje que me arañaba el pecho por dentro.

Corrí por las calles de adoquines de la capital élfica sin mirar atrás, esquivando carretas, mercaderes y nobles que me miraban con desdén. Las lágrimas me nublaban la vista y el aire me quemaba la garganta, pero no me detuve hasta que las imponentes torres de piedra marfil de Aethelgard quedaron atrás, sustituidas por el camino de tierra y polvo de las Comarcas del Valle.

El príncipe... Dioses piadosos, era el Príncipe Heredero.

Me dejé caer de rodillas a la orilla del camino, ocultándome tras un matorral espeso para tomar aliento. El cuerpo me temblaba sin control. Las manos, las mismas con las que había tocado el torso firme de ese elfo en el bosque, me temblaban contra la hierba.

¿En qué clase de infierno me había metido? El cazador misterioso al que me entregué, el hombre que robó mi virginidad en un lecho de flores mágicas y que luego me arrojó una bolsa de gemas acusándome de ser una cualquiera... era Aelion. El único hijo de la Reina Elora. El futuro rey de todos los elfos.

Al recordar la mirada que me lanzó en el gabinete del sanatorio, un escalofrío helado me recorrió la espina dorsal. Sus ojos azules me habían devorado con una mezcla de conmoción, burla fría y una posesividad tan peligrosa que me hizo sentir desnuda otra vez.

Supo de inmediato que la mentira del "novio salvaje" con la que intenté justificar las marcas de mi cuerpo ante su madre no era más que una máscara para ocultar lo que habíamos hecho.

—Tengo que alejarme de él... —susurré en medio de sollozos sofocados, limpiándome las mejillas con las mangas de mi túnica—. Si vuelve a verme, si descubre la verdad sobre la bolsa de gemas o si mi tío se entera de lo que pasó... me odiara.

Caminé el resto del trayecto con el corazón latiendo a un ritmo agónico. Al llegar a nuestra pequeña casa de madera en las afueras del Valle, encontré a mi tío Dorian sentado al borde de su cama. Aunque la primera dosis del remedio concentrado de la reina le había devuelto el color a las mejillas y la firmeza a su voz, aún se le notaba débil. Se mantenía en pie a base de pura terquedad.

—Mia, niña, ¿dónde estabas? —preguntó Dorian, preocupado por mi respiración agitada.

—Cuando te trajeron a casa yo me quede con la reina, tío —mentí, tragándome el nudo en la garganta y acercándome a abrazarlo—. Elora dice que vas a ir mejorando.

—Lo siento en mi cuerpo, mi niña. Es un milagro —dijo él, pasándome una mano tosca por la cabeza—. Pero la reina fue clara: este remedio requiere una segunda dosis dentro de tres días para erradicar la infección por completo. Si no la recibo... el veneno de la enfermedad volverá con el doble de fuerza.

Apreté los puños tras mi espalda para que no me viera temblar.

La segunda dosis. Sabía perfectamente cuánto costaba. Cada piedra preciosa de esa bolsa que me dio Aelion, llevaba impresa la humillación, la acusación de que me había vendido por oro. Mi orgullo y lo que me quedaba de dignidad se negaban rotundamente a depender de la caridad o de alguien más.

—No te preocupes por eso, tío —dije con una sonrisa forzada que me dolía en el rostro—. Yo me encargaré. Buscaré un trabajo temporal en el pueblo comercial. Hay muchos puestos por la temporada de cosecha. Conseguiré el dinero con el sudor de mi frente.

Dorian me miró con orgullo y culpa a la vez.

—Eres igual a tu madre, Mia. Demasiado honesta.

El sol comenzó a ocultarse tras las montañas, tiñendo el cielo de un rojo sangriento. Pasé la tarde entera recorriendo los puestos del mercado de la frontera, tocando puertas en panaderías, posadas y talleres de costura.

En todos lados la respuesta era la misma: no necesitaban más manos, o la paga que ofrecían por semanas de trabajo no llegaba ni a la décima parte de lo que costaba la medicina concentrada de los elfos.

La desesperación me aplastaba a medida que las sombras de la noche se alargaban. Dorian necesitaba esa medicina en tres días o moriría. No tenía opción.

Al borde del distrito comercial de la frontera, donde las Comarcas se cruzaban con las rutas de los comerciantes interespecies, se alzaba una estructura de madera oscura y faroles de cristal rojo. Se escuchaba música estruendosa, risas brutales y el choque de jarras de metal. El letrero de hierro forjado a la entrada rezaba: La Taberna de la Mantícora.

Era una taberna de mala muerte, un bar frecuentado por viajeros, mercenarios y criaturas de todas las razas que cruzaban el reino. Tragué saliva, me ajusté el manto y crucé el umbral.

El olor a cerveza derramada, humo de pipa y sudor me golpeó de inmediato. El dueño del lugar, un enano de barba gris y mirada calculadora llamado Orik, me evaluó de arriba abajo cuando le rogué por un trabajo nocturno de limpieza o servidora.

—¿Quieres dinero rápido, muchacha? —dijo Orik, escupiendo al suelo y sacando un saco de monedas de cobre y plata—. Necesito meseras para el turno de la noche. Pero aquí no servimos en túnicas de campesina. Si quieres las monedas para la medicina de tu viejo, te pones lo que yo te diga y atiendes a los clientes sin poner mala cara.

—Lo que sea... haré lo que sea con tal de que me pague por adelantado la mitad —supliqué, apretando las manos.

Orik soltó una carcajada seca y me lanzó un bulto de tela desde debajo del mostrador.

—Cámbiate en el almacén. Sales en cinco minutos.

Cuando desplegué la prenda dentro del pequeño cuarto de madera, se me cayó el alma al suelo.

No era un uniforme. Era una atrocidad. El vestir consistía en un corsé diminuto de cuero negro que apenas me cubría los pechos, empujándolos hacia arriba de forma grotesca, y una falda tan corta que escasamente tapaba el inicio de mis muslos. Unas tiras de tela transparente se amarraban a mis caderas, dejando mis piernas completamente expuestas a la vista de cualquiera.

—No... yo no puedo ponerme esto —murmuré, sintiendo que las lágrimas me quemaban los ojos.

Pero la imagen de mi tío tosiendo sangre en la cama de nuestra casa volvió a mi mente. Apreté los dientes con rabia, sintiendo que el destino se burlaba de mí. Si quería salvar a mi único familiar, tenía que someterme a esta humillación.

Me vestí con torpeza. Sentir el aire frío de la noche directamente sobre mi piel descubierta me hacía sentir desnuda. Intenté bajar la falda, pero era imposible; no cubría nada. Recogí mi cabello castaño sobre un costado y salí al salón principal de la taberna, sosteniendo una pesada bandeja de madera entre las manos como si fuera un escudo.

En cuanto crucé la barra, las miradas del lugar se clavaron en mí como agujas.

El ambiente en La Taberna era salvaje. Había de todo un poco: elfos de la baja nobleza expulsados de la ciudad, magos de las torres del sur, humanos borrachos y, sobre todo, cambiaformas. La energía en la taberna era pesada, cargada de testosterona, magia instintiva y deseos oscuros.

—¡Vaya, vaya! ¡Miren lo que trajo el enano hoy! —gritó un mago borracho en una mesa cercana, lanzando un silbido estruendoso.

—¡Oye, niña! ¡Trae otra jarra de hidromiel y quédate a sentarte en mis piernas! —bramó un elfo de cara cicatrizada, estirando la mano para intentar atrapar la orilla de mi falda diminuta.

Esquivé el contacto como pude, sintiendo que el orgullo se me destruía a pedazos con cada paso. Me trataban como a un trofeo a ganar, como a un pedazo de carne exhibido para su entretenimiento. Las palabras sucias, las risas vulgares y los comentarios obscenos sobre mi cuerpo, sobre mis piernas al descubierto y sobre la palidez de mi piel rebotaban en mis oídos. Sentía una humillación tan profunda que el estómago me daba vueltas.

—Una jarra de vino rojo para la mesa cinco... —musité, intentando concentrarme solo en el trabajo, manteniendo la vista fija en la bandeja.

Pero mi indiferencia pareció molestar a un grupo que ocupaba la mesa central.

Allí estaban tres hombres de complexión robusta, hombros anchos y miradas fieras. Llevaban chalecos de cuero sin mangas y, bordada en el pecho, la insignia de los cambiaformas felinos: la cabeza de un tigre rugiendo. El líder del grupo era un sujeto alto, de cabello cobrizo rasurado a los lados, ojos amarillos con pupilas rasgadas y una sonrisa cruel que dejaba ver unos colmillos ligeramente más largos de lo normal.

—Oye, mestiza —llamó el cambiaforma tigre con una voz rasposa y potente que acalló la mesa—. Te he estado llamando tres veces. Trae una jarra de licor de fuego aquí.

Giré sobre mis talones, evitando mirarlo a los ojos, y dejé la jarra sobre su mesa a toda prisa.

—Aquí tiene. Son cuatro monedas de plata —dije en un hilo de voz, preparándome para dar media vuelta y alejarme.

Antes de que pudiera dar un solo paso, una mano enorme, caliente y llena de fuerza se cerró con brusquedad alrededor de mi muñeca desnuda.

—¡Ah! —ahogué un grito de dolor por la presión.

El cambiaforma tigre me jaló hacia él con violencia, obligándome a tropezar y quedar a escasos centímetros de su rostro, que olía a alcohol barato y carne cruda. Sus amigos soltaron risotadas burlonas.

—No tan rápido, linda —murmuró el hombre, recorriendo mi cuerpo con una mirada hambrienta que me hizo sentir asco puro. Su mano libre bajó bruscamente y me apretó el muslo desnudo con un descaro absoluto—. Tienes demasiado cuerpo para ser una simple mesera. Dime... ¿cuánto cuesta tu servicio por una hora en las habitaciones de arriba?

La rabia y la repugnancia se mezclaron con el pánico. Recordé la cara de Aelion acusándome de lo mismo, y el dolor de mi orgullo herido me dio la fuerza para reaccionar.

Traté de zafarme de su agarre con un tirón seco, manteniendo la cabeza erguida y mirándolo con absoluto desprecio.

—Suéltame —dije con voz fría y firme, ignorando por completo su pregunta sobre el dinero—. No soy una prostituta y no estoy a la venta. Paga el licor y déjame trabajar.

La indiferencia de mi respuesta cayó como un insulto sobre el orgullo del cambiaforma.

El rostro del tigre se transformó. Las pupilas amarillas se le contrajeron hasta convertirse en dos líneas negras y un gruñido bestial brotó de su garganta. Sus dos compañeros se pusieron de pie de golpe, bloqueando el pasillo detrás de mí para impedir cualquier intento de huida.

—¿Te crees muy virtuosa, mestiza de mierda? —rugió el hombre, poniéndose de pie e imponiendo sus más de dos metros de estatura sobre mi frágil figura. Me apretó la muñeca con tal fuerza que sentí crujir los huesos—. ¡Estás trabajando en un prostíbulo vestida con una mierda que no te cubre ni las nalgas y te atreves a mirarme por encima del hombro!

—¡Suéltala, Bran! —gritó Orik desde la barra, aunque sin atreverse a intervenir ante tres cambiaformas armados.

—¡Cállate, enano! —bramó uno de los amigos del tigre, mostrando sus colmillos.

Bran, el líder, me arrastró hacia el rincón más oscuro de la taberna, pegándome contra una columna de madera. El pánico me devoró por completo. La gente a nuestro alrededor miraba la escena como un espectáculo más; nadie movió un solo dedo para ayudarme.

—Vas a aprender a respetar a tus superiores, perra —siseó el cambiaforma a milímetros de mi cara, su aliento caliente quemándome la piel—. Si no quieres venderte, te tomaremos entre los tres gratis en la parte trasera.

—¡Déjame! ¡Ayuda! ¡Por favor, ayúdenme! —grité con todas mis fuerzas, intentando golpearle el pecho con mi mano libre, pero él ni siquiera se inmutó.

—Nadie te va a salvar aquí —se burló el segundo cambiaforma, sujetándome del otro brazo para inmovilizarme.

Bran dejó escapar un rugido bajo. Las uñas de su mano derecha comenzaron a alargarse, transformándose en garras afiladas de felino que brillaron bajo la luz de los faroles rojos. Con un movimiento lento y sádico, acercó las garras al escote del diminuto corsé de cuero que llevaba puesto.

—Vamos a quitarte esta mierda de ropa para que todos vean lo que realmente eres... —amenazó el hombre, posicionando la punta de su garra justo sobre la tela de mi pecho, listo para rasgarla de un solo tajo.

Cerré los ojos con fuerza. Las lágrimas de rabia y desesperación resbalaron por mis mejillas. Me sentí completamente perdida, humillada, destruida por la crueldad de un mundo que no tenía piedad de los débiles.

Un silbido agudo, veloz y mortífero cortó el aire de la taberna.

—¡AAAAAAAAAHHHHHHHHH! —un alarido de agonía salvaje y desgarrador retumbó por todo el local, haciendo temblar los vasos de cristal.

Abrí los ojos de golpe.

Una flecha de madera negra con plumas de águila y punta de acero estelar había atravesado por completo la mano derecha de Bran. La saeta estaba clavada de lado a lado, atravesando la carne, los tendones y los huesos de sus garras, fijándole la mano contra la columna de madera a escasos milímetros de mi rostro. La sangre brotó a borbotones, salpicando la pared.

El cambiaforma cayó de rodillas por el impacto, chillando de dolor mientras intentaba desengancharse en vano. Sus dos amigos soltaron mis brazos como si se hubieran quemado, dando saltos hacia atrás en estado de shock.

Toda la taberna se quedó en un silencio sepulcral, helado, mortal.

El sonido de unas botas de cuero pesado resonó desde la entrada principal de La Taberna.

La puerta de madera estaba destrozada, colgando de una sola bisagra. Y bajo el marco, recortado contra la luz de la luna llena y envuelto en una capa de viaje negra que dejaba ver la empuñadura de su espada estelar, se encontraba él.

Aelion.

Sostenía un enorme arco de caza en su mano izquierda. Su rostro no parecía el de un ser vivo; era la viva imagen de la muerte. Sus ojos azules no brillaban: ardían con un fuego infernal, sangriento y descontrolado. La mandíbula la tenía apretada con tal violencia que las venas de su cuello estaban marcadas sobre su piel blanca. Su presencia era tan colosal, tan terrorífica, que el aire dentro del bar se volvió denso, sofocante, difícil de respirar.

—¡¿Estás loco, maldito elfo?! —gritó uno de los cambiaformas, llevando la mano a su daga sin haber reconocido al recién llegado—. ¡¿Sabes a quién le acabas de disparar?!

Aelion dio tres pasos hacia el interior de la taberna. No dijo una sola palabra. Simplemente se quitó la caperuza de la capa con un movimiento lento y elegante, dejando al descubierto su larga cabellera negra, sus orejas puntiagudas y la túnica de seda verde bordada en plata que llevaba debajo.

El reconocimiento cayó sobre el bar como una bomba.

—El... el Príncipe Heredero... —susurró el enano Orik, dejando caer la jarra que sostenía al suelo, donde se hizo pedazos.

—¡Es el Príncipe Aelion! —gritó un elfo al fondo, poniéndose de pie a toda prisa y cayendo de rodillas.

En cuestión de segundos, la arrogancia de los clientes se transformó en un terror cerval. Magos, mercenarios, campesinos y elfos se lanzaron al suelo de madera, inclinando las cabezas en reverencias desesperadas, temblando ante la presencia del soberano de Aethelgard.

Los dos cambiaformas que me habían acorralado palidecieron hasta quedar del color de la ceniza. Sus rodillas impactaron contra el suelo con un golpe seco, tocando la madera con las frentes.

—¡S-su alteza! ¡Perdón! ¡Perdónenos, por favor! —suplicó el segundo cambiaforma, la voz temblándole como la de un niño aterrorizado—. ¡No sabíamos... no sabíamos quién era la muchacha! ¡Pensamos que era una mesera cualquiera!

Bran, con la mano atravesada por la flecha y sollozando de dolor, logró arrodillarse como pudo, retorciéndose en el suelo ensangrentado.

—¡Misericordia, Príncipe Aelion! ¡Misericordia! —chilló el líder.

Aelion avanzó lentamente. Cada una de sus pisadas sonaba como la sentencia de un verdugo. No miró a nadie más en la taberna. Su mirada azul, cargada de una furia asesina y un dolor devastador, se posó primero en mí... en mi cuerpo tembloroso, en la falda diminuta, en el corsé de cuero que exponía mi piel y en las lágrimas que aún rodaban por mi rostro.

Vi cómo sus ojos se dilatan y cómo una vena palpitó en su frente. La sola visión de mi ropa diminuta y del maltrato que había sufrido casi hace que pierda el control de su magia de naturaleza.

Aelion se detuvo a un metro de los tres cambiaformas. Sacó una segunda flecha de su carcaj y la sopesó entre sus dedos delicados, mirando a los hombres arrodillados como si fueran gusanos a los que deseaba aplastar.

—Tienen cinco segundos para desaparecer de este reino —la voz de Aelion no fue un grito; fue un susurro tan frío, tan letal y cargado de un poder divino que hizo que las antorchas de la taberna parpadearan a punto de apagarse—. Si vuelvo a ver sus rostros dentro de las fronteras de Aethelgard, o si vuelven a poner un solo pensamiento en esta mujer... los desollaré vivos y colgaré sus pieles en las puertas del palacio para que las aves se banqueteen con sus entrañas.

Los tres cambiaformas no esperaron una segunda advertencia.

Bran, profiriendo un alarido de agonía, tiró con desesperación de su propia mano, desgarrándose la carne para liberarse de la flecha clavada en la columna. Sin importarles la sangre ni el dolor, los tres hombres se pusieron de pie a tropezones, empujaron a la gente aterrorizada y salieron corriendo desorientados por la puerta destrozada, huyendo hacia la noche como perros apaleados.

La taberna quedó sumida en un silencio absoluto. Nadie se atrevía a levantar la cabeza del suelo. Nadie respiraba.

Aelion guardó su arco sobre la espalda con una lentitud calculada. Luego, se quitó su pesada capa negra de viaje.

Avanzó el último paso hacia mí. Yo estaba apoyada contra la columna de madera, temblando, cubriéndome el pecho con los brazos, sintiendo una mezcla de alivio, vergüenza y pavor al tenerlo de nuevo tan cerca.

Sin decir una sola palabra, Aelion extendió la capa y me envolvió con ella de arriba abajo, cubriendo cada centímetro del uniforme diminuto, tapando mis hombros, mis piernas y mi piel expuesta con el calor de su prenda que olía a él, a pino y a tierra húmeda.

Sus manos rozaron mis hombros al ajustar la tela. Sentí el temblor contenido en sus dedos, la rabia salvaje que aún latía en su cuerpo.

Aelion se inclinó ligeramente, quedando a milímetros de mi oído, y su voz rasposa, llena de un dolor y una posesividad sofocantes, resonó solo para mí:

—Te dije que no podías escapar de mí, Mia... ¿Qué demonios haces vestida así en un lugar como este?

1
Nery Guerrero
así me gusta q te superes y le calles la boca a la gente
Nery Guerrero
así es Mia para adelante y más nada
Nery Guerrero
q bien Mia les diste en la mera torre nadie se burla de ti
Nery Guerrero
así es demuestra lo que eres y lo q sabes q todos te respeten
Nery Guerrero
te admiro Mia supérate para q estés a la altura del Príncipe no dejes q nadie te pisotee
Nery Guerrero
Bueno Mia ese es un riesgo que tú tienes que correr
Nery Guerrero
q Rico y a la vez frustrante la interrupción pero lo disfrutaron un rato
Nery Guerrero
bien por Dorian y Mia pero los humillaran por ser pobres los defenderá la reina estará embarazada Mia
Nery Guerrero
q lindo conquista a tú chica ella es una buena niña no la hagas sufrir
Nery Guerrero
esa Mia si es boba dígale la verdad y punto deja q el Príncipe crea lo peor de ella en el fondo ellos dos se gustan
Nery Guerrero
q Mia ella sabe que el Príncipe la consigue dónde sea pero es una necia y el Príncipe la humilló muy feo
Nery Guerrero
q chimbo Mia de dijo lo del novio para no delatar al Príncipe pero el Príncipe no se lo q está pensando
Nery Guerrero
será q la reina se dará cuenta de lo q pasó entre ellos
Nery Guerrero
hay q ver q los hombres son idiotas la embarran y después se hacen los inocentes después de q la disfruta la caga
Nery Guerrero
q rico seguro q ella queda embarazada más a favor de el
Nery Guerrero
wow ese afrodisiaco si q es fuerte ojala y la chica le haga el favor y después q castigue a la princesa por mala gente
Nery Guerrero
por el pedazo que leí se ve q va ser buena
Zaida Sanchez
primera vez que la protagonista quiere el aborto 😭🤔
Zaida Sanchez
excelente historia me encanta 😍😍😍😍
Zaida Sanchez
puro fuego 😵‍💫🫨🥵
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