Esta historia comienza con un humilde pescador y una joven que llega a la ciudad de Cartagena en busca de trabajo y de su madrina, con quien espera vivir después de perder a su madre. Un día, mientras recorre la playa buscando a su tía, una vendedora ambulante, se acerca al mar porque le encanta el agua. Deja su maleta por un momento en la orilla, pero una fuerte ola se la lleva. Sin pensarlo dos veces, entra al mar para recuperarla y sale con una elegancia que parece la de una verdadera sirena. Al verla, el pescador queda fascinado y desde ese día comienza a llamarla "Sirena Encantada
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Capítulo 7: La casa de mi madrina
Después de caminar un buen rato por las calles de Cartagena con mi maleta en la mano, por fin encontré la dirección que mi mamá había escrito en un papel antes de morir. Lo saqué del bolsillo y lo miré varias veces para asegurarme de que no me había equivocado.
—Sí, aquí es —me dije.
Respiré profundo. Sentía nervios porque hacía muchos años que no veía a mi madrina.
Me acerqué a la puerta y golpeé tres veces.
—¡Toc, toc, toc!
Esperé unos segundos.
Nadie respondió.
Miré hacia los lados.
—¿Será que salió?
Volví a tocar un poco más fuerte.
—¡Toc, toc, toc!
Otra vez silencio.
Suspiré.
Pensé que de pronto me había equivocado de casa.
Cuando estaba a punto de darme la vuelta para preguntarle a un vecino, escuché unos pasos acercándose.
La puerta se abrió lentamente.
Al verla, una sonrisa apareció en mi rostro.
—¡Madrina!
Ella abrió los ojos de la sorpresa.
—¡Mileidis!
Sin pensarlo dos veces nos abrazamos muy fuerte.
—Mi niña... cuánto has crecido.
No pude contener las lágrimas.
—La extrañaba mucho, madrina.
Ella también tenía los ojos aguados.
—Entrá, mija. Esta también es tu casa.
Entré con mi maleta mientras ella cerraba la puerta.
La casa era sencilla, muy limpia y tenía un ambiente acogedor.
Había varias fotos familiares sobre un mueble y el olor a comida recién hecha llenaba toda la sala.
Mi madrina tomó mi maleta.
—Debés venir cansada después de ese viaje desde Santa Marta.
—Sí, madrina, pero ya estoy bien.
Ella me llevó hasta la cocina y me sirvió un vaso con jugo bien frío.
—Tomá, mija.
—Gracias.
Nos sentamos un rato a conversar.
Me preguntó cómo había sido el viaje y yo le conté todo lo que había pasado desde que salí de Santa Marta.
También le hablé del susto que me llevé cuando el mar casi se lleva mi maleta.
Ella abrió mucho los ojos.
—¡Ave María! Menos mal la recuperaste.
—Sí, madrina. Ahí llevo toda mi ropa y la foto de mi mamá.
Ella me tomó la mano.
—Tu mamá siempre hablaba de vos con mucho orgullo.
Sentí un nudo en la garganta.
—La extraño demasiado.
Mi madrina me abrazó otra vez.
—Yo sé, mi amor, pero aquí no vas a estar sola.
En ese momento sonó el timbre.
—Debe ser una amiga mía.
Fue hasta la puerta y la abrió.
Entró una señora muy elegante.
—Buenas tardes, comadre.
—¡Gladys! Pasá.
Las dos se saludaron con un abrazo.
Detrás de ella entró un joven.
Era alto, de piel trigueña, cabello negro bien peinado y ojos claros. Vestía una camisa blanca de marca, un reloj muy costoso y unos zapatos que parecían recién comprados.
No podía negar que era muy guapo.
Pero apenas entró miró toda la casa con un aire de superioridad.
Ni siquiera sonrió.
Su mamá lo miró.
—Saludá, Sebastián.
Él respondió con poca emoción.
—Buenas tardes.
—Mucho gusto —le dije por educación.
—Igualmente.
Su tono era bastante serio.
Mientras las señoras conversaban, él empezó a hablar de los carros que manejaba su papá, de la empresa familiar y de los viajes que había hecho.
Cada frase sonaba como si quisiera presumir de todo lo que tenía.
Yo simplemente escuchaba en silencio.
En Santa Marta mi mamá me enseñó que la humildad vale mucho más que cualquier lujo.
Podés tener dinero, ropa fina o un carro último modelo, pero si tratás a los demás con orgullo, de poco sirven esas cosas.
Sebastián seguía acomodándose el cabello frente al reflejo de una ventana.
Pensé para mis adentros:
—Sí, es un muchacho muy guapo... pero también es bastante presumido.
Preferí no decir nada.
Sonreí con educación y seguí conversando con mi madrina, agradecida porque, después de todo lo que había vivido, al fin tenía un lugar donde empezar de nuevo.