Luna lo perdió todo: su fortuna, su hogar y, sobre todo, a la familia que amaba. Y todo por obsesionarse con el hombre equivocado. Cuando ya no le quedaba nada, cerró los ojos convencida de que era el final...
Pero despertó tres años en el pasado.
Su familia vive. Su casa sigue en pie. Y esta vez Luna conoce cada golpe que le tiene reservado el destino. Con los recuerdos de una vida que no piensa repetir, se propone una sola cosa: cambiarlo todo. Alejarse del heredero frío y cruel que arruinó su existencia, proteger a los suyos y, por fin, vivir para ella misma.
El problema es que el destino no se deja corregir tan fácil. Julián, el hombre que juró olvidar, ya no la mira como antes. Un pretendiente inesperado le ofrece la ternura que nunca tuvo. Y en las sombras, viejos rencores y secretos de familia empiezan a moverse... porque no es la única que sabe lo que aún no ha pasado.
Entre fiestas de alta sociedad, imperios familiares, traiciones que cortan el aliento y un amor que se niega a morir, Luna descubrirá que una segunda oportunidad no se recibe: se pelea.
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La playa
Tiempo atrás, en la universidad...
Arturo comía con avidez el almuerzo que le había dado Julián; en realidad ese almuerzo era de Luna, y su tonto amigo siempre desperdiciaba la comida que preparaba esa mujer.
Como daba lástima tirarla, Arturo había tomado la iniciativa de comérsela. Al fin y al cabo, Julián no pensaba probarla.
—Y eso que está rico —murmuró mientras masticaba. Julián, que jugaba a un videojuego a su lado, no le prestó atención. Arturo bufó, molesto ante la indiferencia de su amigo.
—¿Por qué no aceptas el amor de Luna? —preguntó entre bocado y bocado. Miró a Julián con curiosidad; solo quería saber la razón por la que su amigo siempre ignoraba la atención de Luna. Esa mujer era bonita, buena y encima rica. ¿Qué era lo que hacía que Julián se negara a abrirle el corazón?
—No me gusta —respondió Julián con calma. Arturo solo pudo soltar un suspiro pesado al oír, una vez más, esa misma respuesta de su amigo.
—Si yo fuera tú, aceptaría el amor de Luna sin más; total, es bonita, buena y rica —dijo al aire, y volvió a comer del almuerzo hecho por la mujer. La comida de Luna era deliciosa; qué lástima que Julián desperdiciara algo tan rico.
—No me importa. El punto es que la detesto —respondió el hombre con firmeza. Apretó la mandíbula, y después de eso Arturo no se atrevió a decir nada más.
El ambiente de pronto se quedó en silencio.
Hasta que la comida del almuerzo se acabó por completo, porque toda había ido a parar al estómago de Arturo.
—Espero que no vayas a arrepentirte de haber ignorado el amor de Luna. Sabes, entre el odio y el amor hay una línea muy delgada, Julián. Ojalá no te tragues tus propias palabras y termines persiguiendo a Luna —dijo Arturo, que se puso de pie de inmediato y se marchó, dejando a Julián pensativo en su banca.
Era imposible que a él le gustara Luna. Esa mujer estaba loca y era rara.
Quién sabe.
Sebastián dibujó una sonrisa al ver la figura de la mujer que corría por la arena de la playa.
Luna corría de un lado a otro con una emoción que no lograba poner en palabras. Al principio se había sentido triste porque Julián le había abierto una vieja herida, pero cuando Sebastián la llevó a la playa, que era su lugar favorito, aquella tristeza se esfumó de golpe.
—¡SEBASTIÁN, VEN A JUGAR AL AGUA! —gritó Luna, ya al borde del mar, al ver que Sebastián, en cambio, estaba sentado en una silla bajo una sombrilla, no muy lejos de donde ella se hallaba.
—¡QUIERO DESCANSAR UN RATO! ¡JUEGA TÚ, PERO NO TE ALEJES MUCHO! —le gritó de vuelta Sebastián. Quería descansar, porque llevaba más de tres horas manejando con tal de hacer feliz a esa mujer.
Luna, al oírlo, obedeció al instante.
Sebastián soltó una risita al ver cómo ella corría huyendo de las olas que se acercaban a la orilla. La cara de susto de la mujer le resultaba de lo más graciosa; ni siquiera podía distinguir quién era un niño pequeño y quién era Luna: los dos le parecían igual de tiernos.
El cansancio se le esfumó de repente al ver la enorme sonrisa en el rostro de Luna. Qué lástima que una mujer tan bonita y tan alegre hubiera sido lastimada por un desgraciado como Julián.
La verdad, a él no le interesaban mucho los chismes de su alrededor. Pero lo de Luna persiguiendo a Julián era de sobra conocido en la universidad. Hasta él, que no era de la facultad de negocios, estaba enterado.
Y además, él conocía a Luna desde hacía mucho, aunque parecía que ella lo había olvidado. Mejor así.
Gustavo golpeó con fuerza la mesa del comedor que tenía delante. Yuri intentaba calmar a su esposo.
—Ya, cariño, no te enojes —trataba de bajarle la intensidad al enojo de su esposo.
Julián, en cambio, solo permanecía callado y cabizbajo frente a sus padres.
—Tú mismo aceptaste el pedido de Ramiro de cuidar a su hija, ¿y qué es esto? Dejaste a Karina sola en la universidad, y esa niña casi es violada por unos tipos. ¿Dónde voy a esconder la cara ahora? —Gustavo estaba, sin duda, decepcionado y también consternado cuando su secretario le pidió permiso para cuidar de Karina, porque la muchacha acababa de sufrir la desgracia de estar a punto de ser violada por unos hombres mientras Julián la dejaba sola.
Yuri le acarició la espalda a su esposo con suavidad.
—Ya, cariño, pobre Julián.
El hombre de mediana edad clavó la mirada en el rostro de su esposa.
—¿Todavía lo defiendes? Sigue, sigue defendiendo a tu niño consentido, Yuri. Estoy harto de él. Con razón Luna ya no lo quiere —Gustavo se levantó de inmediato y se marchó, dejando a Julián sumido en la reflexión sobre lo que había hecho.
Su padre tenía razón. A lo mejor Luna estaba harta de su comportamiento de todo este tiempo.
Yuri quiso ir tras su esposo, pero al ver a su hijo tan afligido se le partió el corazón.
—Julián —lo llamó con dulzura. El hombre levantó el rostro y su mirada se ancló de inmediato en la de su madre.
—Lo que dijo tu padre no te lo tomes a pecho; solo está enojado. —Yuri se acercó despacio a su hijo y le acarició el cabello con suavidad.
Julián asintió apenas y cerró los ojos un instante, disfrutando de la caricia de la mano de su madre, capaz de aliviarle la angustia.
A decir verdad, hasta ese momento seguía dándole vueltas a lo ocurrido en la enfermería. El rostro herido de Luna todavía resonaba en su mente.
Al parecer, Luna sí había quedado lastimada por su actitud de todo este tiempo.
Eres un tonto, Julián; ya es demasiado tarde, y no le quedaba más que el arrepentimiento, que empezaba a carcomerle el corazón.
¿Sería verdad que Luna ya no lo quería?
La noche caía cada vez más, y el viento que soplaba se sentía cada vez más frío. Luna estrechó su abrazo alrededor de Sebastián, que manejaba su moto abriéndose paso por una calle todavía llena de autos. Acababan de regresar de la playa, que quedaba bastante lejos de sus casas.
—Sebastián —lo llamó Luna alzando un poco la voz, porque el ruido de los vehículos les dificultaba oírse.
—Dime —respondió él.
—Gracias —dijo Luna. Sebastián sonrió de oreja a oreja y asintió apenas.
Luna se puso todavía más contenta y empezó a recostar la cabeza en la ancha espalda del hombre.
Qué cómodo. Le daban ganas de dormir, pero aún les quedaba una hora de camino.
—¿Dónde anda Luna? —preguntó David, que caminaba de un lado a otro en la terraza de su casa. La muchacha ya había avisado que llegaría tarde porque estaba resolviendo algo con un amigo, pero ya eran las siete de la noche, y como padre de una hija que aún no volvía a casa, estaba muy inquieto.
Ah, sí: su vuelo se había cancelado, porque David todavía no se sentía tranquilo dejando a sus dos hijos solos aquí.
Así que decidió posponer su viaje a la otra ciudad.
Bruno, al ver a su padre así, no tardó en soltar un comentario.
—No hace falta que la esperes, papá. A lo mucho Luna llega a las ocho de la noche —dijo con calma, y se fue rumbo a la cocina; no había cenado y ahora tenía hambre.
David soltó un largo suspiro y entró tras su hijo mayor, y se sentó también en una silla de la cocina.
—¿Sabes dónde anda tu hermana? —preguntó, intrigado. Bruno negó con la cabeza.
—No sé, pero he visto seguido que a los de artes les dejan bastante trabajo, tanto que algunos vuelven tarde o hasta no vuelven en toda la noche —dijo, pues conocía de sobra lo ocupados que andaban los estudiantes de artes, sobre todo cuando tenían programado algún espectáculo. Ni soñar con volver temprano.
David se quedó callado; no sabía nada de eso.
Hasta que se oyó el ruido de una moto afuera. David salió corriendo de inmediato.
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