Laura murió después de descubrir la verdad.
Durante diez años, su esposo Manuel y su supuesta mejor amiga, Ariana, la engañaron, destruyeron sus sueños y estuvieron detrás de la tragedia que acabó con su familia. Protegidos por el poder de los Betancourt, nunca pagaron por sus crímenes.
Pero Laura despertó diez años atrás.
Esta vez conoce sus secretos. Sabe quiénes son. Sabe lo que harán.
Y no piensa volver a ser su víctima.
Para derrotarlos necesitará el mismo poder que una vez los protegió. Por eso pondrá sus ojos en Don Álvaro Betancourt, el padre de Ariana.
Se convertirá en su amante.
No por amor.
Por venganza.
Laura no vino a negociar. Regresó para destruirlo todo, aunque tenga que quemar su propio corazón en el camino.
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Una cena, unas miradas y una pregunta indiscreta
Fuimos a un restaurante discreto, elegante, alejado de miradas conocedoras. En cuanto nos sentamos, no apartó la vista de mí.
—Laura —dijo, inclinándose un poco sobre la mesa—, ¿qué pensarías si te dijera que eres la muchacha más bonita que he visto en toda la ciudad?
Bajé la mirada, fingí modestia y sonreí suavemente:
—Exagera, Don Álvaro… pero gracias. Me halaga mucho.
No se detuvo. Los cumplidos empezaron a caer, uno tras otro, cada vez más directos, más atrevidos.
—Esa blusa te queda perfecta —señaló con la mirada—. Resalta todo lo hermoso que tienes.
—Gracias —respondí suave—. Me la recomendó mi madre.
—Y esa falda… —continuó sin detenerse—. Te sienta divinamente. Tienes unas piernas hermosas, curvilíneas, dignas de ser vistas más a menudo. Deberías usar faldas un poco más cortas. Se te verían espectaculares.
Lo dijo con tono de consejo, como si solo quisiera verme bien, como si fuera una preocupación sincera. Pero sus ojos… sus ojos no mentían. Recorrían cada parte de mi cuerpo con avidez, con hambre, sin ningún disimulo.
Yo mantuve mi máscara de chica educada, agradecida, confiada:
—Usted cree que me quedarían bien? Siempre he pensado que son demasiado atrevidas…
—Para ti no —aseguró él con firmeza—. Tienes la figura para llevarlas con elegancia. Todo en ti es armonioso, Laura.
Asentí, con una sonrisa dulce y sumisa:
—Lo tomaré en cuenta, Don Álvaro. Su opinión vale mucho para mí. Usted es una persona importante, sabia… confío plenamente en lo que me dice.
—¿De verdad confías en mí? —preguntó, acercándose un poco más, bajando la voz—. Eso me hace sentir muy bien. Muy responsable también. Quiero cuidarte, Laura. Que estés bien. Que sepas lo valiosa que eres.
—Lo sé —respondí mirándolo a los ojos—. Por eso me siento tan tranquila a su lado. Sé que usted nunca me haría daño.
Él sonrió, satisfecho. Creyó tener el control. Creyó que era él quien guiaba el juego. No sabía que cada palabra, cada gesto, cada mirada que él me regalaba era un eslabón más de la cadena con la que pensaba atarlo.
La cena transcurrió así: él halagando, yo recibiendo con gratitud fingida. Él acercándose, yo dejándolo, sin dar un paso en falso, sin apresurar nada. Dejando que fuera él quien se acercara, quien se enamorara de su propia imagen reflejada en mí.
Cuando salimos, me acompañó al coche. Antes de subir, me tomó suavemente de la mano:
—Me encantó esta velada, Laura. Ojalá repitamos pronto.
—A mí también, Don Álvaro —respondí apretando levemente su mano—. Muchas gracias Por todo.
Me miró como si quisiera decir algo más, pero se contuvo.
—Descansa, Laurita. Nos vemos mañana.
Me fui a casa. Y mientras el coche se alejaba, sonreí para mí misma. Sí, Don Álvaro. Repetiremos. Y cada vez que lo hagamos, caerá un poco más profundo.
Subí las escaleras de mi casa despacio, saboreando cada instante. Cerré la puerta de mi habitación y me quedé frente al espejo. Me toqué los labios, donde aún sentía la intensidad de sus miradas. No sentí culpa, ni remordimiento, ni el más mínimo rastro de piedad. Él había sido parte del sistema que aplastó a mi familia, que silenció la verdad, que permitió que la codicia y el odio prendieran fuego a mi hogar. Ahora era su turno. Su turno de sentir que todo lo que creía seguro se desmoronaba. Su turno de confiar en alguien que solo quería verlo caer. No me detendría ante nada. No me importaba cuántas máscaras debiera ponerme, cuántas mentiras debiera decir, cuántas veces debiera sonreír cuando por dentro solo ardía la rabia. Lo haría todo. Por mis padres, por mi hermano, por la Laura que murió aquella noche entre llamas y traiciones. Don Álvaro no era solo un hombre; era la llave que abriría todas las puertas, la fuerza que destruiría el muro que protegía a los culpables. Y cuando ya no tuviera nada que dar, cuando estuviera completamente a mi merced, entonces le mostraría la verdad. Entonces sabría quién era en realidad la mujer que había amado. Y ese sería el momento más dulce de mi vida.
es increíble como puede manipular así
espero con ansias los siguientes capítulos
con esa familia , y no termines vos perdiendo tu vida en una trampa de ellos 🤔😕