Amir era el tercer hijo de Elena y Zayn, hermano de Karim, Layla y Sara. Y aunque todos lo respetaban, lo admiraban y lo querían como al hombre más noble y leal que existía, él cargaba con una soledad que nadie más podía comprender. Había nacido para proteger. Desde niño, mientras Karim aprendía a sentarse en un trono y dictar leyes, mientras Layla aprendía a blandir la espada y desafiar al mundo, Amir aprendía a vigilar, a esperar, a estar alerta. Se había convertido en el Capitán General de la Guardia Real y el Guardián de los Límites, el hombre que conocía cada sendero, cada bosque, cada escondite y cada peligro en los tres reinos de Al-Jazair, Velarion y Zoraya.
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TE NECESITO AHORA MISMO.
—No... —susurró él—. Sé que vales mucho más. Sé que eres eterna, que eres magia. Y esperaré lo que haga falta. Pero te juro, Nalia... que cada segundo que pasa, más hambre tengo de ti. Cada vez que te veo, quiero desnudarte, quiero recorrer cada centímetro de tu piel con mi lengua, quiero saber tu sabor, quiero escucharte gritar mi nombre hasta que no tengas voz.
Nalia soltó un gemido bajito, porque sus palabras eran exactamente lo que ella quería oír, porque ella también estaba ardiendo por él, porque su autocontrol se estaba rompiendo por momentos. Se inclinó y, por fin, sus labios rozaron los de él, un roce suave, ligero, casi inocente, que hizo que Amir temblara entero.
—Eso quiero... —admitió ella, perdiendo por un segundo su juego—. Quiero que me devores, Amir. Quiero que me hagas tuya con toda esa fuerza que guardas. Pero... —y se separó bruscamente, dándole la espalda y saliendo del agua, dejándolo allí, empapado, ardiendo y confundido— ...hoy no. Hoy solo te doy esto.
Se detuvo en la orilla, se sacudió el cabello mojado, enviando gotas de agua que brillaban como diamantes por el aire, y se giró para mirarlo con esa sonrisa que lo estaba matando.
—Esta noche, sal al muro norte, cuando la luna esté alta —le dijo ella, con voz seductora y prometedora—. Iré allí. Y te dejaré verme. Te dejaré tocarme... pero solo con las manos. Te dejaré sentir todo lo que quieres, pero no te dejaré entrar. Quiero ver hasta dónde aguantas, mi amor. Quiero ver si eres capaz de tenerme desnuda entre tus brazos, de tocarme hasta volverme loca, y no tomar lo que es tuyo. Y cuando seas capaz de eso... entonces, y solo entonces, te daré todo lo demás.
Y antes de que él pudiera responder, antes de que pudiera salir del agua y correr hacia ella, Nalia se envolvió en luz y polvo brillante, y desapareció entre los árboles, dejando tras de sí solo su aroma, el recuerdo de su cuerpo mojado y transparente, y una promesa que le quemaba el alma y el cuerpo.
Amir se quedó allí, parado en el agua hasta la cintura, con la respiración agitada, con las manos vacías y temblando, con la dureza dolorosa y pesada que le golpeaba en el bajo vientre. Sabía lo que le esperaba esa noche. Sabía que sería la tortura más dulce de su vida. Sabía que estaría cerca de ella, que la tocaría, que la sentiría, que la haría gemir... y que tendría que contenerse, tendría que aguantar, tendría que esperar aún más.
Mientras salía del agua y se secaba con movimientos bruscos, escuchó risas y voces cerca de allí. Se escondió detrás de un árbol grande, y vio pasar a Layla y Caelan, que caminaban abrazados, hablando en voz baja, con esa complicidad que solo tienen quienes han compartido la vida y la muerte. Y entonces vio cómo su hermana, la guerrera indomable, se detuvo de golpe, empujó a Caelan contra el tronco de un árbol y se le colgó del cuello, besándolo con una pasión feroz y desesperada.
—Te necesito... —le susurró Layla, con esa voz ronca y urgente que Amir ya conocía—. Te necesito ahora mismo, Caelan. No me importa dónde, no me importa quién vea. Solo tómame.
Caelan rió, esa risa profunda y llena de amor, y la agarró por las caderas, levantándola sin esfuerzo para que ella envolviera sus piernas alrededor de su cintura, apretándola contra él, dejando claro lo que sentía.
—Siempre me pides lo mismo, mi guerrera —le dijo él, besando su cuello, mordiendo su piel suave—. Y siempre te doy más de lo que pides. ¿Recuerdas cuando nos conocimos? Cuando me hiciste creer que me odiabas, cuando me hiciste luchar por cada beso, por cada roce... ¿Recuerdas cuánto tardé en tenerte?
Layla se rió, y se inclinó para morderle el labio inferior con fuerza, haciéndolo gemir.
—Y mira lo que conseguiste al final —le respondió ella, frotando su cadera contra la de él, buscando el roce que ambos necesitaban—. Me conseguiste a mí, y todo este fuego que solo es tuyo. Y ahora... ahora te lo doy todo, cada día, cada hora, cada vez que me pides. Porque te ganaste el derecho.
Amir vio cómo se besaban, cómo se apretaban, cómo Caelan levantaba la falda de su hermana y metía la mano bajo la tela, explorando, tocando, haciéndola arquear la espalda y soltar gemidos ahogados. Vio cómo Layla se movía contra su mano, buscando más fricción, más contacto, más placer, y cómo Caelan le susurraba cosas al oído que la hacían sonreír y desear más.
«Eso es lo que ella quiere», pensó Amir, entendiendo por fin la lección de Nalia. «Quiere que me gane el derecho. Quiere que la desee tanto que cada paso sea una victoria. Y cuando por fin sea mía... será para siempre, y será más grande y más dulce que cualquier cosa que hayan tenido mis hermanos».
Regresó a sus aposentos con la mente llena de todo, con el cuerpo ardiendo y con la cuenta regresiva empezada. Faltaban horas para que la luna estuviera alta. Horas que se le harían eternas, horas que pasaría imaginando, soñando, preparándose para la prueba más difícil de su vida: tener a Nalia desnuda entre sus brazos, tocarla, sentirla, hacerla suya con las manos y la boca... y no entrar en ella.
Pero sabía una cosa con absoluta certeza: esa noche, bajo la luna, en el muro norte, el juego llegaría a un nivel nuevo, y la tensión crecería tanto que, cuando por fin rompieran todas las barreras, el fuego que se desataría sería capaz de iluminar todo el universo.