SINOPSIS ~
Amaris ha aprendido que sobrevivir significa no llamar la atención, no confiar demasiado y sobre todo ocultar aquello que te hace diferente
Pero al acercarse a sus 18 años su vida comienza a cambiar secretos que nunca pidió conocer salen a la luz
Personas desconocidas entran en su camino y alguien que parece saber más de ella de lo que debería
Entré magia peligros y sentimientos que jamás esperaba encontrar Amaris tendría que descubrir en quien confiar
Por qué hay verdades capaces de cambiar una vida y hay destinos que fueron escritos mucho antes de que pudiéramos elegirlos
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BAJO LA LLUVIA
La lluvia comenzó poco después del amanecer.
Al principio fueron apenas unas gotas que golpeaban suavemente las hojas de los árboles.
Después se convirtió en un aguacero.
—Esto no estaba en mis planes —murmuró Kael mientras se cubría la cabeza con una mano.
Arnold caminaba a su lado, completamente empapado.
—¿Tenías planes?
—Sí.
—¿Cuáles?
Kael lo miró.
—No mojarme.
Arnold soltó una carcajada.
—Excelente plan.
Amaris caminaba unos pasos delante de ellos. Su venda negra seguía cubriendo sus ojos y el agua resbalaba por su cabello oscuro.
Nox avanzaba cerca del grupo, sacudiéndose de vez en cuando el agua del pelaje.
—¿Cuánto falta para encontrar algún lugar donde refugiarnos? —preguntó Arnold.
Kael miró hacia adelante.
—No lo sé.
—Magnífico.
—Pero creo que hay un pueblo cerca.
Amaris se detuvo.
—¿Crees?
Kael asintió.
—Vi humo antes de que comenzara a llover.
Arnold suspiró.
—Entonces sigamos.
Caminaron durante casi una hora bajo la lluvia hasta que finalmente aparecieron las primeras casas.
Era una pequeña aldea rodeada de campos.
La mayoría de los habitantes corrían de un lado a otro intentando proteger sus cultivos y animales del exceso de agua.
—Parece que la lluvia también les está causando problemas —dijo Amaris.
—No solo a ellos —respondió Kael, mirando su propia ropa empapada.
Amaris sonrió.
—Te ves gracioso.
Kael la miró.
—Tú también estás empapada.
—Pero yo no me quejo.
—Porque tienes demasiado orgullo.
—Puede ser.
Arnold se interpuso entre ambos.
—Antes de que empiecen a discutir, busquemos un lugar donde secarnos.
Encontraron una pequeña posada en el centro de la aldea.
Era humilde, pero tenía un techo firme y una chimenea encendida.
Cuando entraron, varias personas los observaron con curiosidad.
La dueña de la posada se acercó.
—¿Buscan habitaciones?
—Sí —respondió Kael—. Solo por unos días.
La mujer miró a los tres.
—Tengo dos habitaciones disponibles.
Arnold miró a Kael.
—Ya empezamos.
—Esta vez no pienso dormir en el suelo —respondió Kael.
Amaris soltó una pequeña risa.
—Nadie dijo que tendrías que hacerlo.
La mujer les entregó las llaves.
—También tenemos algo de comida, aunque con la lluvia algunos suministros están comenzando a escasear.
Kael asintió.
—Necesitamos provisiones para continuar nuestro viaje.
La mujer suspiró.
—Entonces llegaron en mal momento.
—¿Por qué?
—Los caminos del sur están bloqueados y los comerciantes no han podido llegar desde hace varios días.
Arnold miró hacia la ventana.
—¿Y los campos?
—Algunos están completamente inundados.
La mujer se quedó pensativa.
—Si necesitan comida, quizá puedan ayudar al granjero de la entrada. Perdió parte de su cosecha esta mañana.
Kael asintió.
—Podemos hacerlo.
Amaris lo miró.
—¿Desde cuándo aceptas trabajos sin preguntar cuánto pagan?
Kael sonrió.
—Desde que descubrí que necesitamos comer.
Arnold levantó una mano.
—Punto para Kael.
Unas horas después, los tres estaban ayudando a mover sacos de grano hacia una zona seca.
La lluvia no había disminuido.
Amaris llevaba uno de los sacos sobre el hombro cuando escuchó una voz detrás de ella.
—No deberías cargar eso.
Se giró.
Una joven de aproximadamente la edad de Kael se acercaba hacia ellos.
—Puedo hacerlo —respondió Amaris.
La muchacha sonrió.
—No lo dudo. Pero está demasiado pesado.
Antes de que Amaris pudiera responder, la joven tomó el saco.
—Yo lo llevo.
Amaris se quedó mirándola.
—Está bien.
La joven pasó junto a ella.
—Gracias.
Amaris volvió hacia el granero.
Entonces escuchó la voz de la muchacha.
—¡Kael!
Amaris se detuvo.
Kael, que estaba ayudando a otro de los trabajadores, levantó la cabeza.
—¿Sí?
—¿Podrías ayudarme con esto?
Kael se acercó.
—Claro.
La joven sonrió.
—Sabía que podía contar contigo.
Amaris observó la escena desde unos metros de distancia.
No sabía por qué.
Pero algo dentro de ella se sintió extraño.
No era enojo.
Tampoco tristeza.
Era simplemente...
Molestia.
Una molestia absurda.
—¿Qué haces? —preguntó Arnold a su lado.
Amaris se sobresaltó.
—Nada.
Arnold miró hacia Kael.
Después la miró a ella.
Volvió a mirar a Kael.
Y finalmente volvió a mirarla.
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
—Ah.
—¿Qué?
—Nada.
—Arnold.
—No dije nada.
Amaris frunció el ceño.
—Entonces deja de mirarme así.
Arnold sonrió.
—Como quieras, hermanita.
Amaris cruzó los brazos.
—Eres extraño.
—Eso ya lo sabía.
Más tarde, cuando terminaron de ayudar, regresaron a la posada.
Kael entró unos minutos después.
—Gracias por esperarme.
Arnold levantó la mirada.
—¿Dónde estabas?
—La hija del granjero necesitaba ayuda con unas cosas.
Amaris permaneció en silencio.
Kael la observó.
—¿Estás bien?
—Sí.
—¿Segura?
—Sí.
Kael se acercó un poco.
—Estás rara.
—No estoy rara.
—Sí estás rara.
—No.
—Sí.
Arnold miró la escena desde el otro lado de la habitación.
—Voy a dejar que ustedes dos resuelvan esto.
Amaris giró hacia él.
—¿Resolver qué?
Arnold ya estaba subiendo las escaleras.
—¡Nada!
Kael miró a Amaris.
—¿Qué le pasa?
—No tengo idea.
—¿Y tú qué tienes?
—Nada.
Kael sonrió.
—Sigues estando rara.
Amaris suspiró.
—Solo estoy cansada.
Kael la observó durante unos segundos.
Después se quitó la capa que llevaba sobre los hombros y se la entregó.
—Toma.
Amaris la recibió.
—¿Para qué?
—Estás mojada.
—Tú también.
—Yo sobreviviré.
Ella lo miró.
—¿Y yo no?
Kael sonrió.
—No he dicho eso.
Amaris se colocó la capa sobre los hombros.
—Gracias.
—De nada.
Kael comenzó a caminar hacia las escaleras.
Amaris lo llamó.
—Kael.
Él se giró.
—¿Sí?
Ella dudó.
—La chica de antes...
Kael levantó una ceja.
—¿Qué pasa con ella?
Amaris sintió nuevamente aquella extraña molestia.
—Nada.
—Entonces, ¿por qué preguntas?
—No estaba preguntando.
Kael sonrió.
—Claro.
—No sonrías así.
—¿Así cómo?
—Como si supieras algo.
—No sé nada.
Amaris cruzó los brazos.
—Bien.
Kael continuó mirándola.
—Aunque...
—¿Aunque qué?
—Parecías molesta cuando estaba hablando con ella.
Amaris se quedó inmóvil.
—No estaba molesta.
—Entonces me alegro.
—¿Por qué?
Kael sonrió.
—Porque significa que no hice nada malo.
Amaris lo miró sin saber qué responder.
Kael subió las escaleras.
—Buenas noches, Amaris.
—Buenas noches.
Ella se quedó allí unos segundos.
Arnold apareció detrás de ella.
—¿Sabes?
Amaris cerró los ojos.
—No.
—Ni siquiera he dicho nada.
—Ya sé lo que vas a decir.
Arnold sonrió.
—Entonces no hace falta que lo diga.
Amaris giró hacia él.
—Arnold.
—¿Sí?
—Cállate.
—Como quieras.
Él comenzó a subir las escaleras.
Después de unos pasos se detuvo.
—Aunque...
Amaris tomó aire.
—¿Qué?
Arnold sonrió.
—Nada.
Y continuó caminando.
Amaris negó con la cabeza.
—Idiota.
Afuera, la lluvia seguía cayendo.
Nox permanecía cerca de la entrada, observando el cielo.
Sus ojos verdes se dirigieron por un instante hacia Amaris.
Había algo diferente.
No sabía exactamente qué era.
Pero podía sentir que, poco a poco, algo estaba cambiando dentro de ella.
Y no solo físicamente.
También en su corazón.
Amaris subió las escaleras con la capa de Kael todavía sobre los hombros.
No entendía por qué le había molestado verlo con aquella chica.
Tampoco entendía por qué una sonrisa suya podía hacerla sentir tan extrañamente bien.
Por ahora, decidió no pensar demasiado en ello.
Después de todo, solo estaban viajando juntos.
Solo eran compañeros.
Nada más.
Eso era lo que Amaris se repetía.
Aunque, por alguna razón...
Cada vez le costaba más creerlo.