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Su Obsesion Prohibida

Su Obsesion Prohibida

Status: Terminada
Genre:Amor prohibido / Mafia / Amor a primera vista / Esclava / Sirvienta / Amor-odio / Triángulo amoroso / Secuestro y encarcelamiento / Yandere / Romance oscuro / Completas
Popularitas:20.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Leslie Michelle Gonz

Valentina fue comprada a los seis anos por el hombre que la crio. A los dieciocho, un magnate mafioso la reclama como suya. Atrapada entre su tutor obsesivo y un multimillonario que le compra islas y le destroza enemigos, descubre que su propio cuerpo esconde un secreto por el que matarian. ?Escapara... o elegira al hombre equivocado?

NovelToon tiene autorización de Leslie Michelle Gonz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 7

Capítulo 7: Lo que Santi no sabe

Valentina se puso la pulsera de cuentas de madera antes de salir.

Era una pulsera vieja, barata, de esas que se compran en puestos de mercado por quince pesos. La llevaba desde los catorce años y nunca le había importado mucho, pero esa mañana la deslizó sobre su muñeca izquierda con un cuidado de cirujano, ajustándola sobre las marcas moradas hasta que las cubrió casi por completo.

Casi.

Si alguien miraba de cerca, vería los bordes. Pero nadie miraba de cerca. Ese era el truco.

Braulio la esperaba en la puerta con las llaves del auto.

—El señor dijo que no tardaras —informó, sin mirarla a los ojos. Nunca la miraba a los ojos.

—Solo voy a la farmacia a comprar vendas —dijo Valentina, señalándose el costado donde la herida seguía sanando—. Y al mandado. Leche, pan. Regreso en una hora.

Braulio asintió y abrió la puerta del auto.

—Yo la llevo.

—Puedo caminar, Braulio. Son seis cuadras.

—El señor dijo...

—Seis cuadras. —Le sostuvo la mirada. A veces funcionaba. A veces, si lo decía con la firmeza justa, los hombres de Nicolás la dejaban respirar.

Braulio dudó. Luego sacó el teléfono, escribió algo rápido y esperó. La pantalla brilló con una respuesta casi inmediata.

—Está bien. Pero una hora, señorita. Ni un minuto más.

Valentina salió por el portón antes de que pudiera cambiar de opinión.

La mañana de Puerto Sombrío era húmeda y pesada. El cielo parecía un techo de plomo. El olor a mar se mezclaba con el de las fritangas de la esquina, y los vendedores ambulantes ya empezaban a montar sus puestos de fruta en la banqueta.

Valentina caminó rápido. Tres cuadras al norte, una a la izquierda, dos más hasta la avenida.

Café La Pomelo estaba entre una papelería cerrada y una estética que olía a permanente. Era pequeño, con mesas de madera rayada y una ventana grande que daba a la calle. El tipo de lugar al que nadie importante iría jamás, que era exactamente la razón por la que Valentina lo conocía.

Empujó la puerta. La campanita sonó.

Santiago Carrasco estaba sentado en la mesa del fondo, con un café a medio tomar y el teléfono en la mano. Levantó la vista cuando ella entró, y la sonrisa que le cruzó la cara fue tan natural, tan inmediata, que por un segundo Valentina sintió que algo muy apretado dentro de su pecho se aflojaba.

—Val. —Se puso de pie—. Pensé que no ibas a venir.

—No quedamos en vernos —dijo ella, sentándose frente a él.

—No. Pero te he estado buscando. —Se encogió de hombros con esa despreocupación que solo alguien que nunca ha tenido miedo de verdad puede permitirse—. Llevo tres días pasando por aquí a esta hora. Sabía que tarde o temprano ibas a necesitar un café que no fuera el de Ferrera.

Valentina no supo si sentir alivio o alarma. Santiago la había buscado. La había estado esperando. Y sin embargo, sentada frente a él en ese café con olor a pan tostado y radio de fondo, lo único que sentía era que podía respirar.

—¿Cómo sabías que venía aquí?

—Te vi una vez, hace como un mes. Comprabas leche en la tienda de al lado. —Señaló con el pulgar hacia la papelería cerrada—. No es que te esté siguiendo, Val. Es que no eres fácil de olvidar.

Otra persona habría dicho eso como piropo barato. Santiago lo dijo como quien dice que el cielo es azul. Un hecho. Sin intención de cobrar nada.

La mesera se acercó. Valentina pidió un americano. Santiago pidió otro café con leche y un pan dulce que Valentina no le había pedido pero que él puso frente a ella de todas formas.

—Come algo. Traes cara de que no desayunaste.

—Sí desayuné.

—Mentirosa. —Lo dijo suave, sin reproche.

Valentina le dio una mordida al pan. Tenía razón. No había desayunado.

Santiago la observó mientras comía. No de la forma en que Nicolás la observaba, catalogando, evaluando, buscando señales de desobediencia. Santiago la miraba como alguien que simplemente quiere asegurarse de que la otra persona está bien.

—¿Cómo estás? —preguntó, y la pregunta sonó distinta a todas las veces que alguien se la había hecho. Sonó como si de verdad quisiera la respuesta.

—Bien.

—Val.

—Estoy bien, Santiago.

Él inclinó la cabeza. Luego bajó la mirada hacia la mesa, hacia las manos de Valentina que sostenían la taza de café. Y se detuvo.

Valentina supo el momento exacto en que él lo vio. Su expresión no cambió de golpe; fue algo más sutil, un endurecimiento alrededor de los ojos, un pliegue entre las cejas que antes no estaba.

La pulsera de cuentas se había movido. Apenas medio centímetro, lo suficiente para dejar al descubierto el borde de una marca morada que asomaba por debajo como una sombra.

Santiago no dijo nada durante cinco segundos. Valentina los contó.

—¿Qué te pasó en la muñeca? —preguntó. Su voz era la misma de siempre: cálida, relajada. Pero había algo debajo, como una corriente de agua bajo hielo.

Valentina bajó la mano a su regazo.

—Nada. Me golpeé con la puerta.

—Con la puerta.

—Sí.

Santiago asintió lentamente. Tomó un sorbo de café. No la presionó. No insistió. Simplemente dejó que el silencio se asentara entre los dos como un tercer comensal.

Luego dijo:

—Mi hermana Catalina se golpeaba mucho con las puertas cuando salía con su primer novio. Puertas, escaleras, mesas. Siempre tenía un moretón nuevo y una explicación perfecta. —Hizo una pausa—. Hasta que dejó de tenerlos porque mi abuelo le hizo una visita al tipo.

Valentina no contestó. Tenía un nudo en la garganta que no la dejaba tragar.

—No te estoy preguntando qué pasó —dijo Santiago, y ahora su voz era más baja, más quieta—. No te voy a obligar a contarme nada. Pero quiero que sepas algo: si tu situación en esa casa no es normal, si las cosas no están bien... no tienes que quedarte callada.

—Santi...

—No tienes que decirme nada ahora. —Levantó las manos—. Pero te voy a dar mi número, y quiero que te lo aprendas. No lo anotes. No lo guardes en ningún lado. Solo apréndelo.

Tomó una servilleta, escribió diez dígitos con un plumón negro que sacó del bolsillo de su chamarra, y se la mostró.

—Repítelo.

Valentina lo miró. Luego miró los números. Los leyó una vez, dos veces, tres veces, hasta que se le grabaron en la cabeza como una dirección de emergencia.

—Ya —dijo.

Santiago dobló la servilleta, la rompió en cuatro pedazos y los metió en su taza de café.

—Para lo que sea —dijo—. A la hora que sea. No me importa si son las tres de la mañana, si no sabes qué decir, si solo necesitas que alguien conteste el teléfono. Marcas ese número y yo voy a estar ahí.

Valentina sintió que los ojos le ardían. No lloró. Se prohibió llorar ahí, en ese café, frente a este hombre que la miraba como si ella mereciera algo mejor que lo que tenía.

—¿Por qué haces esto? —preguntó—. Apenas me conoces.

—Porque me caes bien, Val. Y porque conozco a los Ferrera mejor de lo que te imaginas.

No dijo más. No necesitó decir más.

Valentina le dio otro sorbo al café. Le supo distinto al de la casa de Nicolás. Más amargo, más barato, infinitamente mejor.

—Tu hermana —dijo después de un momento—. Catalina. ¿Está bien ahora?

—Cata está bien. Es insoportable, pero está bien. —Sonrió, y en esa sonrisa había algo genuino que Valentina no había visto en mucho tiempo en la cara de ningún hombre—. Si algún día quieres conocerla, dime. Le caerías bien. Le caes bien cualquiera que no sea yo.

Valentina casi sonrió. Casi.

Miró el reloj de pared del café. Cuarenta minutos. Le quedaban veinte para comprar las vendas y la leche y volver caminando.

—Me tengo que ir —dijo, y se puso de pie.

—Lo sé. —Santiago se quedó sentado, las manos alrededor de la taza—. Val.

—¿Sí?

—Cúbrete mejor esa muñeca.

Valentina se acomodó la pulsera sin decir nada. Salió del café con la campanita sonando a sus espaldas.

Compró las vendas en la farmacia. Compró la leche y el pan en la tienda de la esquina. Caminó de regreso con la bolsa en una mano y el número de Santiago repitiéndose en su cabeza como un mantra.

Cinco. Cinco. Dos. Ocho. Nueve. Uno. Cuatro. Siete. Cero. Tres.

Lo repitió doce veces. Hasta que dejó de ser un número y se convirtió en algo más: una salida. Una puerta que tal vez, si algún día necesitaba abrirla, iba a estar ahí.

Dio vuelta en la última esquina. La casa de Nicolás apareció al fondo de la calle, con su fachada de piedra gris y el portón negro que ella conocía de memoria.

Y frente al portón, estacionado en la entrada como una advertencia silenciosa, estaba el auto de Nicolás.

Valentina se detuvo.

Nicolás no debería estar ahí. Los martes salía a las ocho de la mañana y no volvía hasta las siete de la noche. Eran las once y cuarto.

El auto estaba apagado. Las ventanas cerradas. No se veía a nadie adentro.

Pero estaba ahí.

Valentina apretó la bolsa del mandado contra su pecho y caminó hacia la puerta con el corazón latiendo en un lugar que no era su pecho, que era su muñeca, justo donde las marcas de los dedos de Nicolás seguían pulsando debajo de la pulsera de cuentas.

"Cinco. Cinco. Dos. Ocho. Nueve. Uno. Cuatro. Siete. Cero. Tres."

1
Jujerny Del Valle Farfan cuica
que miedo
Jujerny Del Valle Farfan cuica
es una mujer sin voluntad propia
Jujerny Del Valle Farfan cuica
que rabia con Valentina
Jujerny Del Valle Farfan cuica
Huy q miedo
Jujerny Del Valle Farfan cuica
ya era hora 🥺
Jujerny Del Valle Farfan cuica
fuera de lo común me encanta 👏
Jujerny Del Valle Farfan cuica
siempre fue esto lo q quiso el pelambres este 😱
Jujerny Del Valle Farfan cuica
que le pasa a esta mujer tanto miedo le tiene a Nicolás y no se va
Jujerny Del Valle Farfan cuica
ojalá consiga aliados q la ayuden a salir de ese horror 😱
Jujerny Del Valle Farfan cuica
ojalá consiga aliados q la ayuden a salir de ese horror 😱
Jujerny Del Valle Farfan cuica
que terror vive Valentina!
Jujerny Del Valle Farfan cuica
no soy vip y no lo voy a ser aunque quiera soy de Venezuela 🥺
Jujerny Del Valle Farfan cuica
interesante
Jujerny Del Valle Farfan cuica
ojalá Damián pueda sacarla d allí
Jujerny Del Valle Farfan cuica
por que tanto encierro es abrumador 🥺
Luz Silvero
x lo q entendí, si no entendí mal
El si la compro, para estar esos días con ella😑
Gaby N
Tanto poder tiene Nicolás?
Xq el banana de Damián no hace nada?
Gaby N
Xq le dice "Cruza"?
Pdll Dsrth
🥰Esta novela diferente al principio casi dejo de leerla pero ya le fui tomando el hilo un buen final
Graciela Saiz
todo el mundo la manipula a esta mujer ,!
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