El imperio más codiciado de Italia que no le pertenece a nadie… excepto a él.
Ella heredó algo que no le pertenecía y él está dispuesto a quitárselo.
Entre pasiones calculadas y verdades que amenazan con destruirlos a ambos, la pregunta no es quién ganará… sino quién caerá primero en su propia trampa.
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Prólogo
El olor a cuero fresco, gasolina de alto octanaje y metal pulido era, para Fabiola Galván, el aroma del poder.
Caminaba a pasos firmes por la pista de pruebas privada de la planta en Turín. Sus tacones marcaban un eco seco contra el concreto, un ritmo que hacía que los ingenieros y ejecutivos a su alrededor enderezaran la espalda. A sus veintiséis años, vestía un traje sastre impecable que acentuaba su postura erguida. No había luto en su mirada, solo determinación. Su padre había muerto hacía apenas tres meses, pero ella no había dejado que la empresa decayera ni un solo segundo.
Se detuvo frente al prototipo "Galván-V12" , una bestia de ingeniería negra con acabados en fibra de carbono.
—El sistema de suspensión activa aún presenta un retraso de tres milisegundos en curvas cerradas, señorita Galván —explicó el jefe de diseño, ajustándose las gafas con nerviosismo—. Pensamos que para el lanzamiento oficial el mes que viene…
—No —lo interrumpió Fabiola. Su voz era firme, madura, con un tono sobrio que no admitía réplicas—. El apellido Galván no lanza "casi perfecto". El lanzamiento es en tres semanas y el coche saldrá impecable. Si sus ingenieros necesitan trabajar turnos dobles, asegúrese de que tengan suficiente café.
—Por supuesto, señorita. Pero los costos de producción…
Fabiola giró sobre sus talones y lo miró fijamente a los ojos. Una sonrisa helada y calculadora se dibujó en sus labios.
—Los costos me preocupan a mí, Giancarlo. A usted le corresponde asegurarse de que cuando la prensa pruebe este vehículo, sientan que están conduciendo el futuro. Mi padre construyó este imperio sobre la excelencia, y yo no voy a ser la Galván que lo deje caer.
Se acercó al auto, pasó la mano por la carrocería impecable y sintió ese orgullo inherente de quien se sabe dueña del mundo. Para Fabiola, el imperio Galván era el resultado del genio y la ambición de su sangre. Un legado sagrado.
A trescientos kilómetros de allí, en un almacén subterráneo a las afueras de Milán, el único sonido que se escuchaba era el goteo constante de agua... y los jadeos ahogados de un hombre atado a una silla de metal.
Alejandro Santamaría se limpió con lentitud nudillo por nudillo con un pañuelo de seda blanco. A pesar de la humedad y la mugre del lugar, su traje de tres piezas no tenía una sola arruga. Sus ojos, oscuros y fríos como el hielo, estaban fijos en el sujeto ensangrentado frente a él.
A pocos metros, en la penumbra, dos hombres armados guardaban silencio. Uno de ellos vestía el uniforme completo de la policía fiscal italiana.
—Te lo voy a preguntar una sola vez más, Matteo —dijo Alejandro. Su voz era suave, casi un susurro arrullador, pero cargada de una amenaza mortal—. ¿Dónde está el cargamento de diamantes que entró por el puerto de Livorno?
—¡No lo sé, Santamaría! ¡Te lo juro por mi madre! —suplicó el hombre, escupiendo sangre al suelo—. ¡Los fiscales dijeron que el cargamento estaba limpio! ¡Yo solo firmé los papeles de aduana!
Alejandro dio dos pasos al frente. Se inclinó ligeramente hacia el hombre, rompiendo su espacio personal.
—Los fiscales trabajan para mí, Matteo. La policía responde a mí. Tú respondes a mí —dijo Alejandro, rozándole la mejilla con la mano enguantada de manera casi afectuosa, antes de sujetarle la mandíbula con fuerza—. Si ese cargamento no aparece en mi almacén en dos horas, la policía no te va a arrestar. Te va a desaparecer. Y tu familia no va a recibir ni un solo euro del seguro.
El hombre comenzó a temblar descontroladamente, ahogado en llanto.
—¡En el almacén cuatro! ¡En los falsos fondos de los contenedores de repuestos de motor! ¡Ahí están!
Alejandro soltó su rostro con desdén y se limpió la mano con el pañuelo antes de arrojarlo al suelo. Se giró hacia el oficial de policía que esperaba en la sombra.
—Asegúrate de recuperar los diamantes. Y que Matteo pase unos meses en prisión para que aprenda el valor de la lealtad.
—Hecho, señor Santamaría —asintió el oficial con una reverencia respetuosa—. La prensa publicará mañana que fue un operativo antidrogas exitoso. Su nombre no saldrá en ningún lado.
—Como siempre —respondió Alejandro fríamente.
Caminó hacia la salida del almacén, donde un limusina blindada lo esperaba. Mientras subía al asiento trasero, su asistente le extendió una carpeta de cuero con el logo dorado de la automotriz Galván.
Alejandro abrió la carpeta. La primera página era una fotografía de Fabiola Galván, hermosa, erguida y sonriente frente a las cámaras en un evento de gala.
Alejandro acarició el borde de la fotografía con la yema del dedo. Sus ojos feroces contrastaron con la sonrisa calculadora que apareció en su rostro.
—Fabiola Galván... —murmuró para sí mismo en la penumbra del vehículo—. Disfruta tu trono mientras puedas. No tienes idea de quién es el verdadero dueño de todo lo que pisas.