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Prometida con un Salvatierra, deseando al otro

Prometida con un Salvatierra, deseando al otro

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Reencuentro / Dejar escapar al amor / Hija rica en bancarrota / Romance oscuro / Completas
Popularitas:9.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Bella

Estoy comprometida con Sebastián Salvatierra. El problema es que el único hombre que todavía sabe cómo hacerme perder el control es Gael, su medio hermano… y mi exnovio.
Tres años atrás abandoné a Gael sin despedirme y desaparecí de su vida. Creí que un heredero como él no tardaría en olvidarme.
Me equivoqué.
Para pagar el tratamiento de mi abuela, acepté un compromiso por conveniencia con Sebastián Salvatierra. No había amor entre nosotros, solo un acuerdo que beneficiaba a nuestras familias. Todo debía ser sencillo.
Hasta que Gael regresó de Estados Unidos la noche de nuestra fiesta de compromiso.
Ahora estudia en mi universidad, controla cada lugar al que intento escapar y disfruta llamándome cuñadita mientras se acerca demasiado. Dice que solo quiere vengarse por haberlo abandonado, pero sus manos, sus celos y la forma en que todavía recuerda cada reacción de mi cuerpo cuentan una historia diferente.
Sé que debería mantenerme lejos.
Sé que pertenece a la misma familia del hombre con quien voy a casarme.
Pero cada vez que Gael me toca, recuerdo que antes de convertirme en la prometida de un Salvatierra, fui completamente suya.

NovelToon tiene autorización de Bella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 10

Capítulo 10

La voz con la que Gael intentaba seducirme era grave e hipnótica. Su aliento caliente me rozaba la oreja y producía un cosquilleo imposible de ignorar.

Recordé el cuerpo que acababa de observar en el espejo.

Hombros anchos, piernas largas y músculos perfectamente definidos. Sobre todo aquellos pectorales pálidos, teñidos de rosa, que parecían suaves y deliciosos de apretar entre las manos.

Empecé a toser por culpa de mis propios pensamientos.

—Despacio.

Gael se levantó enseguida, me rodeó con los brazos y comenzó a palmearme la espalda.

—No te desesperes. Si hoy no viste suficiente, tendrás muchas oportunidades para mirarme todos los días.

¿Dónde había quedado el heredero elegante e inaccesible? ¿Y el hombre oscuro y peligroso que todos temían?

No era más que un descarado.

—¡No digas esas cosas!

Intenté darle un golpe juguetón en el pecho.

Mi palma terminó estrellándose contra su mejilla.

El sonido fue nítido.

Me quedé petrificada.

No pretendía abofetearlo. Solo quería empujarlo como hacía cuando éramos novios, pero calculé mal la distancia.

Gael Salvatierra era un hombre al que nadie se atrevía a provocar. Recibir una bofetada de una mujer debía resultar especialmente humillante.

—Per…

Antes de que pudiera disculparme, me sujetó por la muñeca y volvió a pegar la mejilla contra mi palma.

Cerró los ojos y frotó la punta de la nariz contra mi piel.

—Todavía tienes fuerza. Entonces no estás tan mal.

La tensión de sus hombros se relajó.

Eso era lo único que le importaba.

El calor de su rostro me hizo cosquillas en la mano. No esperaba aquella reacción.

Un nudo se formó en mi garganta. Me apoyé contra su pecho y asentí.

—Estoy bien.

Poco antes temía que nuestra relación saliera a la luz. Ahora, entre sus brazos, me sentía completamente segura.

Confiaba en que Gael se ocuparía de todo.

***

La habitación quedó en silencio.

Gael acomodó con cuidado a Valeria, que se había quedado dormida entre sus brazos. Le subió las cobijas, apagó la luz y salió sin hacer ruido.

Mateo lo esperaba en la sala desde hacía demasiado tiempo.

—Señor Salvatierra, llevo más de dos horas aquí —protestó—. Por el ruido que no salía del cuarto, casi llamo a la policía pensando que habían convertido el hospital en un motel clandestino.

Gael frunció el ceño.

—¿Podrías hablar con un poco de respeto?

Mateo lo miró, incrédulo.

¿Gael Salvatierra le pedía respeto? El mismo hombre que acababa de recitar insinuaciones indecentes junto a la cama de su exnovia.

—Como quieras.

No valía la pena discutir con alguien tan poderoso y de tan mal humor. Mateo le entregó el teléfono.

—Conseguí las grabaciones de la piscina. Míralas.

Gael se sentó, encendió un cigarro y apenas observó la pantalla.

—No necesito verlas. Entrégaselas a la policía.

En México tendría que respetar al menos la apariencia de la ley. Sin embargo, si la agresión se investigaba como intento de homicidio y la condena resultaba especialmente severa, él sabría cómo asegurarse de que nadie interfiriera.

—Está bien.

Gael miró el humo frente a su rostro y pareció recordar algo. Apagó el cigarro, tomó una paleta y se la llevó a la boca.

El anillo de plata de su índice brilló bajo la luz.

—Después borra las grabaciones y cualquier video de los invitados. Controla la conversación en redes. No quiero que esto se convierta en un espectáculo.

Mateo arqueó una ceja.

—Creí que querías que todos se enteraran de lo tuyo con Valeria. ¿Ya te encariñaste demasiado con el papel de amante secreto?

Gael apretó los labios. La mirada se le volvió glacial.

Odiaba escuchar una y otra vez que no tenía un lugar oficial.

Sí, quería ocupar el sitio de Sebastián cuanto antes. Pero la reputación de Valeria era más importante que su impaciencia. Sabía qué deseos podía permitirse y cuáles terminarían perjudicándola.

—Yo me encargo —prometió Mateo—. Después de todo, acepté tu automóvil. Tengo que ganármelo.

Se levantó para marcharse, pero recordó otra cosa.

—Por cierto, Sebastián lleva horas insultándote desde el hospital. Dice que aprovechaste el rescate para tocar a su prometida.

Mateo comenzó a reír.

—También pregunta por qué tú pudiste conseguir las grabaciones de la piscina mientras no existe ni una imagen de la persona que lo arrojó por las escaleras. Se queja de que ni siquiera te preocupaste por tu hermano herido.

Gael se puso de pie con evidente fastidio.

—¿Por qué tendría que preocuparme? No soy su enfermero.

Sacó el teléfono y marcó un número.

—Si necesita atención, que su padre se la dé.

Sebastián mantenía amantes y descuidaba durante semanas los negocios de la filial que dirigía. Había llegado el momento de que su padre conociera aquellos detalles.

Mateo no quería involucrarse en otra pelea familiar.

—Me voy. Tengo una cita esta noche.

El tono presumido consiguió despertar el interés de Gael.

¿Mateo había logrado por fin dejar de ser el amante clandestino? Hasta donde sabía, el padre de su amigo seguía vivo y legalmente casado con Lucía.

Mateo se tocó la nariz, ligeramente avergonzado pero muy satisfecho.

—Me resfrié después de caer a la piscina. La señora Galván, como mi madrastra responsable, tendrá que cuidarme en persona.

Gael lo miró en silencio.

No había nada que admirar en aquella “cita”.

***

Permanecí dos días en el hospital.

Quise marcharme la misma noche en que desperté, pero Gael se negó. Insistió en que debía quedarme bajo observación.

Solo conseguí escapar cuando tuvo que ausentarse. Dejé una nota sobre la almohada.

*Gracias por cuidarme todo este tiempo. De verdad tengo que trabajar esta tarde. Perdona las molestias.*

Como no sabía de qué otra forma agradecerle, coloqué junto a la nota todo el efectivo que llevaba conmigo.

—Valeria —me llamó una compañera en la pastelería—. ¿En qué piensas? Limpia el piso y ya podemos cerrar.

—Sí. Voy.

Ese día sobraron varios pasteles y la encargada nos permitió llevar algunos. Elegí una mousse de fresa que yo misma había preparado.

Podía dársela a Gael como agradecimiento.

El otoño se sentía cada vez más frío. Cerré mejor el abrigo y busqué su número.

Antes de llamar, apareció una llamada de WhatsApp.

—¿Bueno?

La voz impaciente de Sebastián explotó en mi oído.

—Tu prometido lleva días en el hospital y no te has molestado en visitarlo. ¿Ya crees que puedes hacer lo que quieras?

La serie de insultos me dejó aturdida.

—Yo… también estuve hospitalizada. Acabo de salir. Iré ahora mismo.

—Te lo merecías —respondió con rabia—. Te abrazaste con otro hombre delante de todos y me hiciste quedar como un idiota.

Su enojo aumentó al recordar el rescate.

—Y Gael debió perder la cabeza para salvarte. Le tiene pánico al agua desde niño y aun así se lanzó por ti.

Me detuve.

¿Gael tenía miedo de ahogarse?

***

El piso privado del hospital estaba en silencio.

Seguí el número de habitación que Sebastián me había enviado y llamé suavemente.

—Pasa.

Respiré hondo antes de entrar.

Sebastián estaba en la cama, con la pierna izquierda enyesada y suspendida. Acababa de terminar una llamada y parecía especialmente furioso.

Arrojó el teléfono a un lado.

—¡Maldita sea! ¿Quién fue a contarle todo al viejo? Me quitó la dirección de la filial.

Había conseguido aquel puesto en gran medida gracias al compromiso con los Montes. No entendía quién podía influir tanto sobre su padre como para hacer que lo destituyera con unas pocas frases.

Tomó una manzana y la lanzó contra el piso.

La recogí en silencio y la puse sobre la mesa.

¿Qué culpa tenía la manzana?

—Te llamé para que me acompañaras y ni siquiera eres capaz de decir algo amable —reclamó—. ¿Eres de piedra?

Ignoré el comentario, como hacía con la mayoría de sus ataques.

Sebastián se dispuso a insultarme de nuevo, pero entonces vio la caja que llevaba en la mano.

Una sonrisa desagradablemente satisfecha apareció en su rostro.

—¿Me trajiste un pastel?

Seguí su mirada hasta la mousse de fresa.

Guardé silencio unos segundos antes de entregársela con evidente desgana.

—Trabajo en una pastelería.

No la había llevado para él. Solo había sobrado al final del turno.

—¿La preparaste tú?

—Sí.

No comprendía qué había hecho para poner de buen humor a aquel hombre.

¿Bastaba un postre de fresa?

Sebastián se recostó, maravillado por su propio encanto.

—Gael puede hacer todos los esfuerzos que quiera. Al final, mi prometida siempre piensa en mí.

Abrí la boca, pero decidí no explicar lo que no debía.

Dejé el pastel sobre la mesa y fingí ordenar algunas cosas.

—¿Por qué Gael le tiene miedo al agua?

Sebastián frunció el ceño al oír el nombre de su hermano. Como estaba de buen humor, respondió sin hacer demasiadas preguntas.

—Unos hombres lo secuestraron cuando tenía ocho años y lo arrojaron al mar desde un barco. Tuvo suerte de que no se lo comieran los tiburones.

Contó la historia como si se tratara de un chiste.

—Después desarrolló estrés postraumático. Durante un tiempo ni siquiera podía acercarse a una piscina. Patético, ¿no?

Sentí que el pecho se cerraba.

Gael había ido al yate por mí.

Y, para salvarme, se arrojó al agua que más temía.

Los dedos me temblaron alrededor de una servilleta. Los ojos comenzaron a arderme. Volví la cara y sequé rápidamente una lágrima para que Sebastián no la viera.

—Gael siempre fue un tipo extraño —continuó—. No entiendo por qué decidió ayudarte.

Me limpié la nariz.

—No… no lo sé.

Recordaba perfectamente cómo me sacó de la piscina, cómo me sostuvo y besó las lágrimas de mis ojos. No tenía idea de cuánto se habría comentado aquel gesto dentro de su círculo social.

Arrojé la servilleta y, todavía de espaldas, pregunté con aparente casualidad:

—¿Encontraron a la persona que te empujó?

Sebastián interpretó mi voz suave como preocupación y volvió a sonreír, aunque el tema no tardó en irritarlo.

—Ni me lo recuerdes. En un yate lleno de cámaras no apareció una sola grabación útil.

También quería averiguar de qué manera Gael había tocado y cargado a su prometida. Sin embargo, no quedaba ningún video del incidente.

—¿Alguien vio algo? ¿Qué cuentan los invitados?

—Nadie vio mi caída. En cambio, todos tienen una opinión sobre Gael y tú.

Me quedé callada.

—Dicen que te salvó porque eres su cuñada y quiso demostrarme respeto —añadió con orgullo—. Mateo lo confirmó personalmente.

Aquello había elevado, al menos en su imaginación, la posición de Sebastián dentro de la familia. Si incluso Gael respetaba a su prometida, los demás debían respetarlo a él.

Comprendí por qué Gael y Mateo habrían vuelto a pelearse.

Aun así, sentí alivio. El secreto seguía protegido.

Estaba buscando una excusa para marcharme cuando Sebastián señaló el pastel.

—Sírveme un pedazo.

Corté una porción pequeña, la puse en un plato y se la entregué.

Chasqueó la lengua. Parecía dispuesto a llamarme insensible, pero al levantar la vista hacia mi rostro decidió contenerse.

—Dámelo tú —ordenó lentamente—. ¿Qué esperas?

¿Alimentarlo en la boca?

La humedad en la comisura de sus labios me produjo náuseas.

—Acabo de limpiar la mesa y no me he lavado las manos.

No era una mentira.

—Entonces olvídalo.

Aceptó el plato con una expresión de disgusto y señaló el cuchillo de fruta.

—Lávalo y pélame una manzana.

—Claro.

Me apresuré a salir de la habitación.

El baño era amplio. Me lavé con desinfectante y tardé todo lo posible.

El teléfono vibró junto al lavabo.

Gael me había enviado una captura de pantalla del estado que Sebastián acababa de publicar en WhatsApp.

*Sebastián: Mi mujer me consiente con un pastel preparado por sus propias manos.*

Debajo aparecía una fotografía de la mousse de fresa.

Gael no escribió una sola palabra.

Estaba celoso.

Me sequé las manos y comencé a explicarle la situación. En ese instante entró una llamada de Gael.

En medio del nerviosismo, presioné el botón equivocado y la rechacé.

Me quedé mirando la pantalla.

Ahora el malentendido era todavía peor.

Tardé varios segundos en reaccionar. Mientras pensaba cómo empezar la explicación, apareció un nuevo mensaje.

*Gael: Estoy enojado. Te toca contentarme.*

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