Seis meses. Sin sexo. Sin preguntas. Sin sentimientos.
Camila firmó el contrato sin dudarlo. Necesitaba el dinero para salvar a su madre. No le importaba casarse con un hombre frío, poderoso y peligroso.
Pero hay dos cosas que él sabe y ella no.
Primera: él ya sabe que ella es la hermana gemela de su ex prometida, la mujer que él cree haber matado.
Segunda: él también sabe que ella tiene un hijo de tres años. Un hijo que él nunca ha visto.
Él busca la verdad. Ella busca venganza. Ambos ocultan secretos mortales.
Pero cuando el contrato se rompa y la verdad explote, descubrirán que el amor puede ser el arma más peligrosa de todas.
💣 ¿Podrá el odio convertirse en amor? ¿O la venganza lo destruirá todo?
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Capítulo 7: El Encuentro con Alejandro
CAPÍTULO 7: El Encuentro con Alejandro
El parque estaba vacío a esa hora. O tal vez solo me parecía vacío, porque mi mente estaba llena de fantasmas.
Nicolás jugaba en los columpios, a unos metros de donde yo estaba sentada en una banca de madera. Lucía lo vigilaba de cerca, aunque yo le había pedido que se mantuviera alejada. Esto era algo que debía enfrentar sola.
— ¿Estás segura de querer hacer esto? —preguntó Lucía por teléfono, sin apartar los ojos de Nico.
—No estoy segura de nada, pero no tengo otra opción.
—Siempre tienes opciones Camila. Puedes llamar a Sebastián; solicitar ayuda de la policía. Puedes...
—Rebeca tiene pruebas del ADN. Si no voy las hará públicas. Y si Nico no es hijo de Sebastián perderemos todo. La casa. El dinero. La protección.
— ¿Y si fuera verdad? ¿Qué va a pasar si el tal Alejandro, es realmente el padre de tu hijo?
—Entonces querrá quedarse con Nico, pero solo de pensarlo me provoca náuseas.
Dos minutos después un auto negro, se estacionó en la entrada del parque. Al verlo mis manos sudaban.
—Llegó —dije, y colgué.
Tres hombres vistiendo trajes negros bajaron del vehículo. Traían gafas de sol y el paso firme. El que iba al frente era alto y moreno. De mandíbula cuadrada y no se parecía a Sebastián en nada. Ese era Alejandro.
— ¿Camila? —Preguntó, deteniéndose frente a mí.
— ¿Alejandro?
—En persona.
Sonrió. No era una sonrisa cálida. Era la sonrisa de un depredador que acaba de encontrar a su presa.
—Siéntate —dije, señalando el otro extremo de la banca.
—Prefiero estar de pie.
—Como quieras.
Nicolás seguía jugando en los columpios, ajeno al peligro que se acercaba. Lucía lo vigilaba con el corazón en un puño.
—Rebeca me contó todo —dijo Alejandro, metiendo las manos en los bolsillos—. Lo del ADN. Lo del contrato, y también lo de Sebastián.
— ¿Y…?
—Y vine a reclamar lo que es mío.
—Nicolás no es una cosa. Es mi hijo.
—También es mi hijo.
—Eso no está probado.
—Rebeca tiene las pruebas.
—Rebeca es una mentirosa.
Alejandro se inclinó hacia mí. Su aliento olía a tabaco y a peligro.
—Todos somos mentirosos, Camila. Tú. Yo. Sebastián. La diferencia es que yo no finjo ser quien no soy.
— ¿Y quién eres tú? —Pregunté desafiante.
—El hombre que va a recuperar a su hijo. Cueste lo que cueste.
Mi corazón latía con fuerza, pero no bajé la mirada.
—Si quieres a Nico, vas a tener que pelear por él. En un juzgado. Con abogados. Con pruebas reales.
— ¿Crees que no puedo?
—Creo que tienes más que perder que ganar.
Alejandro soltó una risa corta.
—Eres valiente y eso me gusta.
—No me importa que te guste. Lo que me interesa es que sepas lo que pienso, y que te convenzas de que Nico no entra en ninguna de las variantes, que pueden estar pasando por tu cabeza.
Se enderezó. Miró a Nicolás, y sus ojos se suavizaron por un instante. O tal vez lo que vi fue un espejismo. Solo un fruto de mi imaginación.
— ¿Sabes quién soy? —preguntó.
—No. Y no voy a saberlo hasta que tengamos la orden de un juez.
—Vas a hacer que esto sea difícil, ¿Verdad?
—Voy a hacer lo que sea necesario para proteger a mi hijo.
—Entonces, haremos las cosas a mi manera.
Se dio la vuelta y caminó hacia el auto. Antes de subir se detuvo, y alzó el tono de su voz para decirme.
—Rebeca sembró la duda a propósito. Ni ella misma sabe quién es el padre. Por eso nos miente a todos para tenernos controlados. A ti, a mí, a Sebastián. Ella mueve los hilos.
— ¿Por qué me dices esto?
—Porque no me gusta que me mientan. Y Rebeca me mintió.
— ¿Entonces?
—Hazle una prueba de ADN nueva al niño, sin que ella lo sepa. Sin que Sebastián lo sepa. Eso solo lo vas a saber tú. Y cuando tengas los resultados, hablamos.
— ¿Por qué debería confiar en ti?
—Porque soy el único que puede ganarle a Rebeca en su propio juego.
Subió al auto. El motor rugió y se fueron.
Me quedé en la banca temblando, con la cabeza hecha un lío. ¿Quién decía la verdad? ¿Elena? ¿Rebeca? ¿Alejandro? ¿O acaso todos mentían?
Nicolás seguía en los columpios. Ajeno. Feliz. Sin saber que su mundo estaba a punto de explotar. Llegué a la mansión al anochecer. Sebastián me esperaba en la entrada. Y al verme sus ojos recorrieron mi cuerpo
buscando heridas.
— ¿Estás bien?
—Sí.
— ¿Qué pasó?
—Alejandro sabe que Nico podría ser tuyo. Rebeca le mintió a él también.
— ¿Y ahora qué?
—Ahora voy a hacer otra prueba de ADN por mi cuenta. Sin que nadie lo sepa.
—Te ayudo.
—No. Esto debo hacerlo sola.
—Camila...
—Por favor, Sebastián. Déjame hacer esto a mi manera.
Él asintió. A regañadientes. Pero asintió.
Subí a mi habitación y llamé a Lucía.
—Necesito que lleves a Nico al hospital mañana. Sin decirle a nadie porque voy a repetir la prueba de ADN.
— ¿Para qué?
—Para saber la verdad.
— ¿Y si la verdad duele?
—Entonces dolerá. Pero prefiero el dolor a la duda.
Colgué. Y en la oscuridad de mi habitación, tomé una decisión. Sea quien sea el padre de mi hijo, yo iba a protegerlo. Aunque tuviera que enfrentarme a Rebeca. Aunque tuviera que enfrentarme a Sebastián. Aunque tuviera que enfrentarme al mundo entero.
Al día siguiente mientras desayunaba sola, apareció Gonzalo. No venía con libros esta vez. Solo con su sonrisa despreocupada.
—Buenos días —dijo, entrando sin ser anunciado—. Sebastián me dijo que estarías aquí. ¿Te importa si me siento?
—Adelante —respondí, señalando la silla frente a mí.
—Pareces preocupada.
—Es solo... cosas de la vida.
— ¿Cosas de la vida o cosas de la mansión?
Sonreí. Había algo en él que desarmaba las defensas.
—Un poco de ambas.
Gonzalo asintió, como si entendiera sin necesidad de explicaciones.
—Si necesitas hablar, aquí estoy. A veces, una palabra amiga pesa más que cualquier silencio.
—Gracias.
—No me lo agradezcas. Es lo que hacen los amigos.
— ¿Somos amigos?
—Eso espero. Y si no, podemos serlo.
Su comentario me sacó una sonrisa genuina. Pero duró poco. Sebastián apareció en la puerta del comedor. Su mirada se clavó en nosotros como una daga.
—Gonzalo. No sabía que vendrías.
—Solo quería ver cómo estaba Camila, porque ella parecía preocupada anoche.
—Camila está bien —respondió Sebastián, con cierta tirantez en el tono de su voz—. Puedes irte.
—No hace falta que te vayas —dije, mirando a Gonzalo—. Estábamos conversando.
Sebastián apretó la mandíbula. Por un momento pensé que iba a estallar. Pero se contuvo.
—Muy bien. Entonces conversemos los tres.
Se sentó entre nosotros. La tensión en la habitación tan densa, que podía percibirse sin mucho esfuerzo. Gonzalo lo miró con una sonrisa tranquila.
—No tienes que preocuparte, Sebastián. Solo soy un amigo.
—Lo sé. Por eso confío en ti.
Las palabras de Sebastián expresaron una cosa, pero sus ojos decían otra. Esa noche, cuando Gonzalo se fue Sebastián no me habló. Se sentó en el borde de la cama, con la espalda vuelta hacia mí.
—No me gusta que pases tanto tiempo con él.
—Es mi amigo, Sebastián. Nada más.
— ¿Y cómo sé que es solo eso?
—Porque te lo digo.
Se dio la vuelta. Sus ojos negros brillaban en la penumbra.
— ¿Y si no te creo?
—Entonces no confías en mí.
El silencio se hizo eterno.
—Quiero confiar en ti —dijo al fin—. Pero no sé cómo.
—Entonces aprende.
Me di la vuelta en la cama, porque no quería seguir discutiendo. Él se levantó y salió de la habitación. Cuando me quedé dormida todavía no había regresado.
-Qué opinas de Alejandro?
-Dale Like si confías en él.
-Comenta: Crees que dice la verdad?