Valentina Reyes lo tenía todo calculado: irse de aquella mansión, olvidar a Sebastián Montero y nunca volver. Pero la vida tiene otros planes.
Cuando Lumina Tech, la empresa que él le regaló y ella convirtió en su orgullo, está al borde de la quiebra, Valentina no tiene más opción que regresar a Las Lomas de Chapultepec — la residencia del hombre más poderoso de Ciudad de México. El mismo hombre que la crio como su protegida. El mismo que le rompió el corazón sin decir una sola palabra de amor en siete años.
Sebastián Montero parece no haber cambiado: la silla de ruedas, la mirada fría, el control absoluto. Pero debajo de esa armadura hay un hombre que la buscó por dos años después de que ella desapareció. Un hombre que guarda un anillo de oro en el bolsillo. Un hombre que esconde un secreto tan oscuro que prefirió perderla antes que destruirla.
Entre la guerra de las grandes familias empresariales, los celos que ninguno admite, y una conspiración que pone en peligro su vida, Valentina deberá decidir: ¿puede amar a un hombre que nunca le dirá "te quiero"… o su silencio es la prueba más grande de amor que existe?
Once años. Una historia de orgullo, sacrificio y el amor más terco del mundo.
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Capítulo 6
Capítulo 6 — Obra de caridad
—Solo una obra de caridad.
Valentina dobló la toalla de papel que aún tenía entre los dedos y la dejó sobre el mármol del lavabo.
No la arrugó. No la tiró. No le dio a Camila el gusto de ver una mano temblando.
—Me quedo tranquila —dijo.
Camila parpadeó, apenas.
—¿Perdón?
Valentina se miró un segundo en el espejo, acomodó un mechón que se había soltado y luego giró hacia ella.
—Si eso soy para él, entonces no tiene de qué preocuparse. Las obras de caridad no compiten con las mujeres importantes.
La sonrisa de Camila perdió un poco de filo.
—No te hagas la lista.
—No me hago nada.
—Sebastián se aburre rápido de sus proyectos.
Valentina sintió el golpe, pero mantuvo la cara quieta.
—Entonces debería hablar con él, no conmigo.
Pasó a su lado. Camila no la tocó, aunque su perfume quedó pegado al aire como una amenaza cara.
En el corredor, Sebastián estaba hablando con Don Ernesto. Al verla, cortó la conversación con una inclinación breve. Su mirada bajó a su rostro, se detuvo menos de un segundo en sus ojos.
Demasiado.
Valentina sonrió antes de que él preguntara.
—¿Nos vamos?
—¿Estás bien?
—Perfectamente.
Sebastián no creyó ni una sílaba. Ella tampoco necesitaba que la creyera.
El camino de regreso a Las Lomas fue silencioso. Braulio conducía. Sebastián estaba a su lado, con el bastón entre las piernas y la mano sobre la pulsera de ébano. Valentina miraba por la ventana. Cada luz de la ciudad se estiraba sobre el vidrio como una línea borrosa.
—Camila habló contigo.
No fue pregunta.
Valentina no volteó.
—Mucha gente habló conmigo hoy.
—Valentina.
—No quiero hablar de eso.
El silencio volvió. Esta vez pesó más.
Al llegar, Valentina subió directo a su habitación. Cerró la puerta con cuidado. No la azotó. Luego dejó el bolso sobre la cama, se quitó los aretes de su madre y los puso en el escritorio junto al aviso de insolvencia.
Solo entonces el aire se le cortó.
Se sostuvo del borde de la mesa. Una obra de caridad. La frase no era nueva. No exactamente. Tenía otros nombres: protegida, carga, responsabilidad, niña del abuelo, muchachita de Oaxaca. Siempre había alguien dispuesto a explicar su presencia en la vida de Sebastián como un gesto noble de él y una ventaja indebida de ella.
Valentina se cubrió la boca con la mano.
No lloró fuerte. No hacía ruido cuando lloraba desde niña. Don Ignacio dormía ligero y ella aprendió a tragarse los sollozos para no preocuparlo. Esa noche, en una habitación que seguía guardando vestidos viejos como si el tiempo obedeciera órdenes, volvió a llorar igual: de pie, casi sin respirar.
Duró poco.
Tenía que durar poco.
Se lavó la cara con agua fría, se quitó el vestido azul marino y lo colgó lejos de los otros. Después abrió la computadora, revisó las proyecciones que el inversionista del Consejo pidió y trabajó hasta que los ojos le ardieron.
Si Camila quería verla como caridad, perfecto.
Iba a darle números.
A las siete y diez de la mañana, Valentina ya estaba en Lumina.
Luna llegó veinte minutos después con dos cafés y una concha envuelta en servilleta.
—No preguntes —dijo, dejando todo en la mesa—. Te la vas a comer.
—No tengo hambre.
—Ayer tampoco y mírate. Pareces anuncio de persona que demanda al universo.
Valentina abrió el archivo de proyecciones.
—Necesito el costo actualizado de servidores si Altamar acepta calendario.
Luna la observó.
—¿Qué pasó anoche?
—Nada.
—No me digas nada con esa cara.
—Luna.
—Vale.
El uso de su apodo, en boca de Luna, no dolía igual. Era una mano en el hombro, no una llave abriendo una puerta vieja.
Valentina dejó de teclear.
—Camila Herrero cree que soy una obra de caridad.
La expresión de Luna cambió.
—Esa mujer es clasista hasta para respirar.
—No le digas vieja en correos.
—En correos no.
Valentina soltó una risa breve. Luna no sonrió.
—¿Te lo dijo en la cara?
—En el baño.
—Cobarde y clasista.
—Luna.
—No, perdón, eso sí lo puedo decir aquí.
Valentina tomó el café. Estaba demasiado caliente y le quemó la lengua, pero agradeció la sensación.
—No importa lo que digan. Lumina se va a levantar.
Luna la miró largo.
—¿Eso se lo estás diciendo a Camila o a ti?
—A quien necesite escucharlo.
Trabajaron sin parar hasta el mediodía. Luna llamó a Altamar y consiguió que aceptaran una reunión. Ana, la abogada, mandó un borrador de demanda contra Diego Paredes con demasiados "presuntamente" para el gusto de Valentina.
Valentina corrigió las proyecciones del Consejo en una hoja nueva. Quitó cualquier cifra que pareciera optimista de más, agregó el costo real de recuperar servidores y marcó en rojo el riesgo legal de las patentes. Si alguien iba a invertir, no iba a entrar por un cuento bonito. Iba a entrar porque Lumina todavía podía resolver un problema que las fábricas sí tenían.
—Eso se ve brutal —dijo Luna, leyendo por encima.
—Mejor brutal que falso.
—Camila odiaría esta tabla.
—Entonces ya me gusta más.
Rodrigo llegó a las doce con otra carpeta y una expresión que nunca anunciaba cosas buenas.
—Señorita Reyes.
Valentina levantó la vista de la pantalla.
—Si encontró otro pago duplicado, necesito cinco minutos para odiar a Diego en silencio.
Rodrigo dejó la carpeta frente a ella.
—No es eso.
Luna se acercó con el celular todavía en la mano.
—¿Entonces?
—Uno de los contactos del Consejo está dispuesto a revisar una inversión puente.
Valentina sintió que el cansancio se le abría por dentro, dejando pasar una línea de aire.
—¿Quién?
—Grupo Arriaga.
El nombre le sonaba. Manufactura, capital conservador, buenos vínculos con plantas del Bajío. No era ideal, pero era dinero limpio.
—¿Monto?
—Hasta cinco millones de pesos.
Luna soltó un "gracias a Dios" tan bajo que casi no se oyó.
Valentina no celebró.
—¿Condiciones?
Rodrigo abrió la carpeta en la última página.
—Piden garantía personal.
—No tengo activos suficientes para garantizar cinco millones.
—Lo saben.
Valentina entendió antes de que él terminara.
La línea de aire se cerró.
Rodrigo sostuvo su mirada.
—Aceptan avanzar si Sebastián Montero firma como garante.