Valentina Serrano tiene veintitrés años, una marca de vestidos de novia que apenas sobrevive y un problema: acaba de confundir al hombre más poderoso de Ciudad de México con su primo.
Adrián Castellán no perdona. No sonríe. No explica. Pero cuando esa chica le muerde el cuello y sale corriendo, él se queda con su pasador de plata —y con algo más que no sabe nombrar.
Lo que empieza como una deuda se convierte en un contrato. Lo que empieza como un contrato se convierte en fuego.
Él le da todo: telas de Oaxaca, un imperio, la luna si la pide. Ella le da lo único que nadie más pudo darle: una Navidad.
Pero Adrián Castellán carga cicatrices que no se ven —un balazo cerca del corazón, un padre que lo destruyó, una infancia que le robaron— y su forma de amar se parece demasiado a una jaula.
Valentina tendrá que decidir: ¿puede amar a un hombre que quiere protegerla del mundo entero, incluso de sí mismo?
Él es la pesadilla de todos, pero eligió ser el Papá Noel de una sola persona.
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Capítulo 7
Capítulo 7: Este plan parece de conquista
—Va a preguntar.
Valentina sí preguntó.
Lo hizo a las nueve de la mañana siguiente, con un suéter de cuello alto para esconder la marca, una taza de té tibio que no quería y la bolsa de polvorones de rosa sobre la mesa de corte de Juramento.
—¿Por qué trajiste eso de vuelta? —preguntó Mariana por videollamada.
Paloma levantó la mano desde el otro lado del taller.
—Yo lo rescaté. Con todo respeto, jefa, esos polvorones sobrevivieron a La Hacienda Castellán. Merecen una segunda oportunidad.
Valentina sacó uno de la bolsa y lo mordió con rabia.
—Mi peineta no sobrevivió.
—Tu peineta está viva —dijo Mariana—. Secuestrada por un hombre peligroso, sí, pero viva.
—No ayudes.
Mariana hizo una mueca.
—Estoy intentando no mencionar el cuello.
Valentina subió más el cuello del suéter.
—Gracias por tu enorme madurez.
Paloma dejó una libreta frente a ella.
—Por eso hice un plan.
Valentina miró la primera página.
En letras redondas, Paloma había escrito: "Operación recuperar peineta y no morir".
Debajo había columnas, horarios, posibles regalos, tonos de carta y una lista de frases que empezaban con "Estimado Señor Castellán" y terminaban en variantes de "no fue mi intención morderlo".
Valentina parpadeó.
—Paloma.
—Sí.
—Este plan parece de conquista.
Mariana soltó una carcajada desde la pantalla.
Paloma se puso roja.
—¡No! Es diplomacia. Diplomacia con detalles.
—Aquí dice "mandarle una nota escrita a mano cada dos días".
—La constancia demuestra arrepentimiento.
—Aquí dice "averiguar su color favorito para el papel".
—La estética demuestra respeto.
—Aquí dice "comprar un pisa corbatas".
—Él usa corbata. Tú se la jalaste. Hay un símbolo reparador.
Valentina cerró la libreta.
—No voy a cortejar a Adrián Castellán para que me devuelva lo que robó.
Mariana alzó las cejas.
—¿Ya le dices Adrián?
—Lo odio.
—No pregunté eso.
Valentina estaba a punto de lanzar el polvorón a la pantalla cuando su teléfono vibró con una noticia reenviada por tres chats distintos.
"Familia de Julio pierde contratos clave tras revisión de cumplimiento".
Otro mensaje llegó enseguida.
"Su papá acaba de salir de una junta llorando".
El tercero era de una proveedora de Juramento:
"¿Tú sabes qué pasó con Julio? Dicen que anoche todos le colgaron el teléfono".
El taller se quedó en silencio.
Paloma se persignó.
—Ay, Dios.
Mariana dejó de reír.
—Vale.
Valentina leyó la noticia otra vez. No decía Adrián. No decía Castellán. No hacía falta. Las frases eran limpias, empresariales: auditorías, incumplimientos, cancelaciones preventivas, socios estratégicos tomando distancia.
Julio no tenía una pierna rota.
Tenía algo peor para su mundo: teléfonos que ya no contestaban.
—Yo solo le pisé el pie —dijo Valentina.
—Y alguien le pisó la vida social completa —murmuró Paloma.
Valentina dejó el teléfono sobre la mesa con cuidado.
No iba a sentirse culpable. Julio la había tocado, insultado y amenazado en una entrada privada. Aun así, la rapidez del castigo le apretó el estómago. Adrián no necesitaba gritar. Ni ensuciarse. Bastaba con que decidiera que alguien sobraba.
—Esto no me gusta —dijo.
Mariana la miró con seriedad.
—A mí tampoco. Pero también te digo algo: si Julio no aprende con esto, no aprende con nada.
Antes de que Valentina respondiera, la puerta del taller se abrió sin aviso.
Regina Quintana entró como si hubiera pagado renta en el lugar.
Llevaba un traje color marfil, lentes oscuros en la cabeza y una carpeta de Eternidad bajo el brazo. Detrás de ella venía una asistente que no se atrevió a cruzar del tapete.
—Qué taller tan... íntimo —dijo Regina, mirando alrededor—. Muy artesanal. Muy de "todavía no nos alcanza para aire acondicionado central".
Paloma abrió la boca.
Valentina la cerró con una mirada.
—Regina. Qué temprano para venir a odiarme.
—No te odio. Me incomoda tu existencia profesional antes del desayuno.
Mariana, desde la pantalla, susurró:
—Ay, llegó la víbora elegante.
Regina se quitó los lentes.
—¿Mariana Montiel? Saludos. Dile a tu prima que deje de dar direcciones de mansiones ajenas a mujeres impulsivas.
Valentina se levantó despacio.
—Si vienes a comprar un vestido, agenda cita.
—Si quisiera un vestido tuyo, tendría que esperar a que un Castellán me lo robara primero, ¿no?
El golpe fue limpio.
Paloma dio un paso adelante.
—Eso fue bajo.
Regina la miró como si acabara de notar un florero.
—¿Y tú eres?
—La persona que sabe dónde están las tijeras.
Valentina casi sonrió.
Regina volvió a ella, más interesada.
—Vaya. Tu equipo aprendió a morder también.
El cuello de Valentina ardió bajo el suéter.
—¿Qué quieres?
Regina dejó la carpeta sobre la mesa. Dentro había fotografías de vestidos de novia, muestras de encaje y una invitación impresa en papel grueso.
—Avisarte que Eternidad va a presentar colección en la subasta benéfica de Panamá. Habrá compradores, revistas, familias con demasiado dinero y muy poca imaginación. También se subastará una colección privada de joyería antigua. Perlas, sobre todo.
Valentina tomó la invitación.
El papel tenía el sello de una fundación panameña y una lista de patrocinadores que cualquier marca pequeña soñaría con ver desde lejos: revistas de moda, joyerías antiguas, casas de subasta, dos hoteles de lujo y una firma de inversión que había rechazado a Juramento el año anterior sin concederle siquiera una reunión.
En el centro, una fotografía mostraba un collar de perlas antiguas, luz blanca sobre terciopelo azul. No era solo una joya. Era el tipo de pieza que podía convertir un vestido en portada.
Panamá podía abrir una puerta que CDMX todavía mantenía cerrada.
—¿Y viniste a presumir?
—Vine a asegurarme de que te enteres por mí y no por un chisme de medio pelo.
—Qué generosa.
—No confundas. Quiero ganarte con público.
Regina se inclinó apenas sobre la mesa.
—Juramento tiene buena mano, Valentina. Pero buena mano no basta cuando se juega en salones grandes. Panamá no es tu taller. Allá no puedes llegar con polvorones y cara de "ay, perdón, me equivoqué de millonario".
Valentina dejó la invitación sobre la mesa.
—¿Por qué te importa tanto que vaya?
Regina tardó un segundo de más.
—Porque si no vas, todos dirán que te gané por ausencia. Y yo no me arreglo el cabello dos horas para vencer fantasmas.
—Qué romántico. Me necesitas.
—Necesito un escenario. Tú eres decoración útil.
—Cuidado, Regina. Las decoraciones también se caen encima.
Por primera vez, la boca de Regina se curvó apenas. No era amistad. Todavía no. Era reconocimiento de rival.
Mariana soltó un "¡oye!" desde la pantalla.
Valentina sostuvo la invitación sin arrugarla.
—Gracias por preocuparte.
—No me preocupo.
—Claro. Solo cruzaste media ciudad para darme una oportunidad de competir contigo porque no te importo nada.
Los ojos de Regina se afilaron.
—No seas tierna. Me aburre.
Se puso los lentes otra vez y caminó hacia la puerta.
—Ah, y una cosa más. Si vas a esconder una mordida, compra mejor maquillaje. Ese suéter grita culpabilidad.
Regina salió antes de que Valentina pudiera contestar.
Paloma miró la puerta, luego la libreta, luego la invitación.
—Entonces... ¿agrego Panamá al plan?
Valentina miró la bolsa de polvorones, la noticia sobre Julio y la invitación de Regina.
Después abrió la libreta de Paloma en la primera página.
—Agrega el pisa corbatas —dijo—. Pero no escribas "conquista".
excelente
Gracias.