Una historia de amor, odio y venganza
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El informante
Cap 7
El regreso de la cabaña a Madrid fue un viaje de silencios cargados de significado. Dante conducía con una mano en el volante y la otra entrelazada con la de Valentina, como si temiera que ella se disolviera en el aire si la soltaba. Ella miraba por la ventanilla los paisajes verdes de la sierra, ahora bañados por un sol tímido que asomaba entre las nubes. La tormenta había pasado, pero dentro de ella algo seguía rugiendo.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Valentina, rompiendo el silencio cuando ya divisaban los primeros edificios de las afueras.
—Lo que siempre debimos hacer —respondió Dante, con una calma que sonaba ensayada—. Ir a mi padre, sentarnos los tres y planear cómo acabar con Renato antes de que él acabe con nosotros.
—¿Confías en tu padre?
Dante apretó el volante hasta que los nudillos se le blanquearon.
—No. Pero confío en su miedo. Mi padre le teme a Renato más que a nada. Y el miedo bien dirigido puede ser un arma.
Valentina asintió, aunque en su interior no estaba tan segura. Había pasado diez años odiando a Héctor Montenegro. Convertirlo en aliado en veinticuatro horas era un salto de fe que su instinto se negaba a dar. Pero Dante le había mostrado las pruebas: los informes, las transcripciones de conversaciones intervenidas, la orden de busca y captura internacional contra Renato. Todo apuntaba a que el verdadero monstruo seguía suelto.
Llegaron a Madrid al mediodía. Dante la dejó en un hotel discreto del barrio de las Letras, bajo el nombre falso de Valeria Rossi, y le prometió volver en dos horas con novedades.
—No abras la puerta a nadie que no sea yo —le ordenó, con una seriedad que la inquietó.
—No soy una niña, Dante.
—Lo sé. Por eso me da miedo.
Se fue con el coche dejando una estela de escape y dudas. Valentina subió a la habitación, se duchó para quitarse el frío de la noche en la cabaña y se sentó en la cama con el expediente de su madre abierto sobre las rodillas. Lo había leído tantas veces que ya se sabía cada página de memoria, pero necesitaba verlo, tocarlo, convencerse de que la verdad era real. La foto de la autopsia seguía allí, con el círculo negro del disparo en la nuca.
"Tu madre murió como una heroína", le había dicho Dante.
Pero los héroes no terminan con una bala en la cabeza dentro de un coche ardiendo. Los héroes tienen monumentos y calles con su nombre. Su madre solo tenía un expediente polvoriento en la bodega de un asesino.
Una hora después, llamaron a la puerta. No eran las dos horas que había dicho Dante. Valentina se levantó con el arma que siempre llevaba en la mochila —una Glock 19 comprada en el mercado negro— y se acercó a la puerta de puntillas. Miró por la mirilla.
El hombre que estaba al otro lado no era Dante. Era más joven, quizás dieciocho o diecinueve años, con el pelo rizado y despeinado y unos ojos marrones que le resultaron vagamente familiares. Llevaba una chaqueta de cuero gastada y pantalones negros, y en la mano sostenía un sobre idéntico al que ella había recibido con la fotografía de su padre.
—Ábreme, Valentina —dijo el chico, con una voz que aún no había terminado de cambiar—. Sé que estás ahí. Y sé que no te llamas Rossi.
El corazón le dio un vuelco. Nadie sabía su nombre real. Nadie excepto Dante y... y Héctor. Y ese chico.
—¿Quién eres? —preguntó desde detrás de la puerta, sin bajar el arma.
—Soy Lucas. Lucas Montenegro. El hermano pequeño de Dante. Y tengo algo que contarte que él no te va a decir.
Un Montenegro. Valentia dudó durante diez segundos eternos. Luego abrió la puerta, con la Glock oculta tras la espalda.
Lucas entró con la confianza de quien conoce el terreno. Miró a su alrededor, silbó al ver la habitación modesta y se dejó caer en el único sillón.
—Menudo escondite —dijo—. Mi hermano no es muy original, ¿eh?
—¿Qué quieres? —preguntó Valentina, sin sentarse.
Lucas la miró con una mezcla de curiosidad y algo que podría haber sido admiración.
—Quiero que sepas la verdad. La completa, no la versión edulcorada que te ha dado Dante para que colabores con mi padre.
—Dante me dijo que tu tío Renato es el asesino.
—Eso es cierto. Pero no te dijo que mi padre supo del plan de Renato tres días antes del incendio y no hizo nada para impedirlo. Tenía pruebas, informantes, todo. Dejó que tu madre muriera porque si la salvaba, Renato revelaría que Héctor estaba enamorado de ella. Prefirió tu silencio al de ella. O al de su propia conciencia.
El mundo se detuvo. Valentia sintió cómo el suelo se abría de nuevo, como en el baño de la mansión, pero esta vez no había Dante para sostenerla.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque yo era el mensajero —dijo Lucas, y su voz se quebró—. Tenía ocho años, igual que tú. Mi padre me usaba para llevar sobres entre él y Renato porque los niños no despiertan sospechas. Un día abrí uno. Decía: "Sofía Vargas sabe demasiado. Renato actuará el martes. No intervengas." Eso escribió mi padre. No intervengas.
Valentina bajó el arma. No porque quisiera, sino porque sus brazos ya no tenían fuerzas para sostenerla.
—¿Por qué me lo cuentas ahora? —preguntó, con la garganta seca.
—Porque Dante me pidió que me alejara. Que no te buscara. Que no te dijera nada. Pero él también miente. Mi padre le ha prometido el imperio si te convence de que Héctor es inocente. Dante no te quiere, Valentina. Te está usando igual que mi padre me usó a mí.
Lucas sacó del sobre unas fotografías. Las tendió sobre la cama. Eran capturas de pantalla de conversaciones de WhatsApp entre Dante y Héctor, fechadas tres días antes de la gala benéfica. En ellas, Dante le decía a su padre: "La he localizado. Se llama Valentia Vargas. Vive en Lavapiés. Tiene la llave. ¿Hago el acercamiento o espero instrucciones?" Y Héctor respondía: "Acércate. Gánate su confianza. Y tráela a casa. Si se niega, usa la fuerza."
Valentina leyó cada mensaje tres veces. Cada palabra era un puñal.
—Las conversaciones son reales —dijo Lucas, como si adivinara sus pensamientos—. Las saqué del servidor privado de mi padre. Tengo acceso porque soy el único que no le importa.
Valentina se dejó caer en la cama, junto a las fotos. Todo su plan de venganza, todas las noches de insomnio, todas las mentiras que ella misma había tejido... y resulta que Dante le había ganado la partida desde el principio. Él sabía quién era ella antes de conocerla. La gala, los bailes, la terraza, el beso bajo la lluvia, la cabaña... todo era una puesta en escena. Una cacería disfrazada de romance.
—¿Por qué me ayudas? —preguntó, mirando a Lucas a los ojos—. Eres su hermano.
—Porque estoy harto de los Montenegro —respondió él, con una amargura que no iba con su edad—. Hace diez años mi padre me convirtió en cómplice de un asesinato. Este año, mi hermano me apartó porque decía que era "demasiado joven para entender". Pero entiendo perfectamente. Entiendo que quieren usar tu dolor para cazar a Renato y quedarse con todo el pastel. Y que cuando ya no les sirvas, te desecharán como hicieron con tu madre.
Valentina se levantó. Fue al baño, se mojó la cara y se miró al espejo. La mujer que la devolvía el reflejo tenía ojeras moradas y una expresión de animal acorralado. Ya no era la vengadora implacable que planeaba envenenar a Dante. Era una presa.
—¿Qué quieres a cambio? —preguntó, volviendo a la habitación.
—Quiero que no mates a Dante —dijo Lucas, y por primera vez su voz tembló—. Quiero que te vayas. Que desaparezcas. Que le rompas el corazón como él te rompió el tuyo. Y cuando esté destrozado, entonces te buscará de verdad. No por órdenes de mi padre. Por ti.
—¿Y si no quiero desaparecer? ¿Y si quiero vengarme de los dos?
Lucas sonrió, y esa sonrisa era idéntica a la de Dante en la fotografía amarillenta.
—Entonces necesitarás un aliado dentro de la familia. Y ese soy yo.
Se oyeron pasos en el pasillo. Lucas se levantó de un salto.
—Es Dante —susurró—. Me voy por la ventana. Las escaleras de incendio. No le digas que he venido. Y piensa en mi oferta.
Dio un beso rápido en la mejilla de Valentia, un gesto tan inesperado que ella no supo cómo reaccionar, y saltó por la ventana como un gato. Un segundo después, llamaron a la puerta.
—Valentina, soy yo. Abre.
Dante. Con su chaqueta de tweed, su sonrisa de costumbre y el perfume a cedro que ya le resultaba familiar. Entró con una bolsa de comida tailandesa y dos botellas de agua.
—¿Has tardado tres horas —dijo ella, con una voz que intentaba ser neutra.
—Mi padre me retuvo. Quería saberlo todo sobre ti. Sobre nosotros. —Dejó la bolsa en la mesa y la miró—. ¿Estás bien? Te veo rara.
—Solo cansada.
Mintió. Y por primera vez, Dante no supo que mentía. Se acercó a ella, le acarició la mejilla con el dorso de la mano y apoyó la frente contra la suya.
—Voy a arreglarlo todo —susurró—. Te lo prometo.
Valentina cerró los ojos. En su cabeza, las fotos de las conversaciones ardían como brasas. Podía gritarle, encararle, enseñarle las pruebas. Podía matarle allí mismo con la Glock que seguía escondida bajo la almohada. O podía seguir el plan de Lucas: fingir, esperar, y destruir a los Montenegro desde dentro con la ayuda del hermano pequeño.
—Te creo —dijo, abriendo los ojos.
Dante sonrió. Y ella sonrió también, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
Afuera, en la escalera de incendios, Lucas Montenegro encendía un cigarrillo con manos temblorosas. Había hecho su jugada. Ahora solo quedaba ver si Valentina era tan valiente como su madre.
O si, como todos los que amaban a los Montenegro, acabaría quemándose.