A los 16 años, con 100,000 personas mirándome, sé que aquella niña de 9 años que quería ser youtuber no estaba loca, solo estaba adelantada . Y la persona que menos esperaba cambio mi destino
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La llave del departamento 3B
Tomé la llave entre mis manos temblorosas.
Era fría, pesada, con un óxido que se desprendía en pequeños copos naranjas al rozarla. La etiqueta desgastada apenas dejaba leer el número: 3B. El departamento vacío. El de los golpes. El que quizá guardaba todas las respuestas o, tal vez, solo era una decepción más.
—Gracias, señor —dije, guardando la llave en el bolsillo de mi chaqueta con un movimiento rápido, como si temiera que alguien pudiera arrebatármela.
Don Ramón asintió lentamente, y sus ojos se perdieron en algún punto detrás de mí.
—Cuídate, Valeria. Y si ves algo raro... no dudes en llamar.
Salí de la oficina con Sofía pegada a mi lado. El sol de la mañana nos golpeó al cruzar la puerta del edificio, y por un momento, parpadeé para adaptarme a la luz. El aire fresco olía a pan recién horneado y a tierra mojada. Un día normal. Un día cualquiera.
—Vamos —dije, empujando a Sofía del hombro con una sonrisa que no sentía del todo—. Necesito un descanso por ahora. Quizás un café. O quizá un pedazo de tarta de chocolate.
—¿Tarta de chocolate? —Sofía me miró con una ceja levantada, pero una sonrisa se asomaba en sus labios—. ¿Después de todo lo que ha pasado, te da antojo de tarta?
—El chocolate cura todo —respondí, y esta vez la sonrisa fue un poco más genuina—. Es ciencia.
Caminamos hacia el café, el mismo donde habíamos ido aquel día. El mismo de las risas y los chismes. El mismo donde todo parecía normal. Al pasar por un poste de luz, mis ojos se encontraron con el cartel de desaparecida. La foto de Laura seguía ahí, pero esta vez algo era diferente.
No era una expresión triste. Era... venganza. Sus ojos, antes apagados, ahora parecían arder con una intensidad que no recordaba. Sus labios, antes tensos, ahora esbozaban una sonrisa que no llegaba a ser amable. Era una sonrisa de quien ha perdido todo y no tiene nada más que perder.
Me detuve un momento, mirándola. Sofía notó mi pausa y siguió mi mirada.
—Val... —dijo, su voz suave.
—Sí, lo vi —respondí, apartando la vista—. Venganza. Tal vez para el que le hizo eso.
No quise mirar más. Entramos al café y el aroma a café recién molido y a vainilla nos envolvió como un abrazo cálido. Pedimos una mesa cerca de la ventana, y mientras esperábamos nuestros pedidos —un capuchino para mí, un té de frutas para ella, y una rebanada de tarta de chocolate para compartir—, me quedé mirando la llave en mi bolsillo, sintiendo su peso a través de la tela.
—Cuando llegue a casa —dije, con la voz baja—, debo decirle a mamá lo que me pasa. Quizá ella tenga la solución.
Sofía palideció. Dejó su taza a medio camino de sus labios y me miró con los ojos muy abiertos.
—¿No habías dicho nada? —preguntó, su tono serio, casi severo—. ¿No le has contado nada de todo esto?
—No —admití, encogiendo los hombros—. No quería que se preocupara. Ya bastante tiene con su trabajo y sus cosas, no quería añadirle mis problemas.
Sofía dejó la taza sobre la mesa y se inclinó hacia mí, tomándome la mano con fuerza.
—Val, esto es demasiado serio. No es un problema menor. Estás recibiendo amenazas, hay una chica desaparecida que aparece en tu cámara, y tienes una llave para un departamento vacío del que salen golpes en la madrugada. —Apretó mi mano con más fuerza—. Debes contarle. Ella es tu madre, te va a entender.
Sabía que tenía razón. Lo sabía desde el principio, pero necesitaba escucharlo de otra persona. Asentí lentamente, sintiendo que el nudo en mi garganta se aflojaba un poco.
—Lo haré —dije—. Hoy mismo.
La tarta de chocolate llegó, enorme y cubierta de virutas brillantes. Sofía tomó el tenedor y cortó un trozo, llevándoselo a la boca con una mueca de satisfacción exagerada.
—Mira —dijo, masticando—. Esto es lo que importa. Chocolate, amistad, y resolver misterios juntas. Como en las películas.
Reí, y esta vez la risa fue verdadera. Por un momento, todo se sintió normal. Dos amigas compartiendo una tarde de café, riendo de cosas tontas, hablando de la vida. Como si el mundo no se estuviera desmoronando a mi alrededor.
Salimos del café a las 11:00 AM, con el sol ya alto y el calor comenzando a apretar. Caminamos de vuelta al edificio en silencio, pero no era un silencio incómodo. Era un silencio de complicidad, de saber que no estábamos solas.
Al llegar a mi departamento, cerré la puerta y apoyé la espalda contra ella. Sofía se sentó en el sofá y me miró con una expresión que decía: "¿Y ahora qué?".
Necesitaba guardar la llave en un lugar seguro. Un lugar donde nadie pudiera encontrarla, donde no levantara sospechas. Miré a mi alrededor, evaluando cada rincón.
La caja de galletas vacía que Mateo me había dado. El estante de libros. El cajón de la ropa interior. La maceta con la planta muerta.
—¿Qué buscas? —preguntó Sofía.
—Un escondite —respondí—. Necesito un lugar donde nadie pueda encontrar la llave.
Sofía se levantó y caminó hacia la cocina. Abrió un cajón y sacó una caja de metal pequeña, de esas que se usan para guardar documentos importantes.
—¿Qué tal aquí? —dijo, mostrándomela—. Tiene llave, pero podemos ponerle un candado extra.
Tomé la caja, la abrí y dejé caer la llave dentro. El sonido metálico al chocar contra el fondo fue definitivo, como un sello.
Cerré la caja y la guardé en el fondo del armario de mi habitación, debajo de una pila de ropa que nunca usaba. Cuando volví a la sala, Sofía estaba esperando con una taza de té en cada mano.
—¿Lista para llamar a tu mamá? —preguntó, ofreciéndome una.
Tomé la taza, sintiendo el calor en mis palmas.
—Lista —respondí, y mi voz sonó más firme de lo que esperaba.
Pero justo cuando iba a buscar mi teléfono, un ruido llegó desde el pasillo.
Tap, tap, tap.
Los golpes. Otra vez.
Sofía y yo nos miramos, y en sus ojos vi el mismo miedo que sentía en mi pecho. Pero esta vez, no era miedo a lo desconocido. Era miedo a la certeza.
Porque ahora sabía que el departamento vacío no estaba vacío.
Y tenía la llave para probarlo.