En las calles de Maipú, una promesa sellada con el corazón se convierte en un vínculo que ni siquiera la muerte puede vencer
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CAPÍTULO 17 Una casa llena, pero vacía
Salí de la casa de mis padres con los hombros caídos y los pasos lentos, como si llevara una piedra enorme cargada sobre la espalda.
Ya había recibido el rechazo de la familia de Nicole, y ahora la decepción de los míos me había golpeado con la misma fuerza, si no más.
No tenía a dónde más ir, ni con quién más hablar, así que solo me quedaba volver a la casa que habíamos compartido, el mismo lugar que antes era nuestro refugio y que ahora se me antojaba como una prisión llena de recuerdos que dolían.
El camino de regreso por las calles de Maipú se me hizo interminable.
Mientras caminaba, no dejaba de repetir en mi cabeza todo lo que había pasado: las palabras hirientes que le dije, la fuerza con la que la sujeté, el daño que le causé, la mirada de sus padres y luego la de los míos.
Cada imagen me quemaba por dentro, y por más que intentaba encontrar una excusa o un motivo, siempre terminaba en lo mismo: yo había actuado mal, yo había creído antes en las habladurías que en la mujer que decía amar.
Cuando por fin llegué y abrí la puerta principal, sentí que un silencio denso y frío me recibía de golpe.
Antes, en cuanto entraba, me encontraba con su risa, con el olor de lo que cocinaba o con sus pasos que venían a recibirme.
Ahora no había nada más que quietud, una quietud que pesaba tanto que casi se podía tocar.
Cerré la puerta detrás de mí y me quedé apoyado en ella, mirando hacia el interior, y me di cuenta de que todo seguía exactamente igual, pero al mismo tiempo todo había cambiado para siempre.
Recorrí cada habitación despacio, como si temiera despertar algo que ya no estaba.
En el comedor, la mesa seguía con los mismos adornos que ella había puesto, con tonos suaves y rosados que antes me parecían alegres y ahora me parecían tristes, sin su luz para darles vida.
En la cocina, sus utensilios seguían en su sitio, el delantal que usaba colgado en la percha, como si en cualquier momento fuera a volver a entrar y ponerse a preparar algo rico.
Pero yo sabía que no iba a pasar, al menos no por ahora.
Llegué a la habitación donde había ocurrido todo, y me detuve en la puerta sin atreverme a entrar de inmediato.
Las sábanas ya estaban tendidas, ordenadas, pero en mi mente seguía viendo la escena: ella pidiéndome que me detuviera, su cuerpo temblando de miedo y dolor, y mis propias palabras saliendo de mi boca como veneno.
Espero que no te haya dejado cansada, porque a mí me vas a cumplir como mujer.
Es para lo único que me sirves ahora”. Me tapé la cara con las manos y sentí que me ahogaba de vergüenza y culpa.
Me senté en el borde de la cama, en el mismo lugar donde había sucedido todo, y miré a mi alrededor.
Los muebles que yo había elegido, de líneas firmes y tonos oscuros y negros, que antes me daban sensación de seguridad, ahora me parecían fríos y duros, como un reflejo de la oscuridad que había dejado entrar en mi propio corazón.
Todo estaba en orden, no faltaba nada: teníamos dinero, comodidades, todo lo que se podía desear en lo material.
Pero en ese momento entendí que el dinero no compra lo más importante: la confianza, el cariño, la paz interior.
Fui hasta el escritorio, y allí seguían sus cuadernos abiertos, con su letra clara y ordenada, con dibujos de flores y notas de estudio, con frases que escribía en los márgenes: “Nicolás es lo mejor que me ha pasado”, “Juntos para siempre”.
Leer esas palabras me partió el alma en mil pedazos.
Ella había puesto en mí toda su fe, todo su amor, y yo se lo había devuelto con violencia y desconfianza.
Me acerqué al baño, donde tantas veces habíamos compartido momentos de calma en el jacuzzi, hablando de nuestros sueños y prometiéndonos lealtad.
Ahora el agua estaba fría, el ambiente vacío, y cada rincón me recordaba que había roto todo lo que habíamos construido con tanto cuidado durante años.
Pasé el resto del día y de la noche allí, sin comer, sin dormir, sin hacer nada más que pensar y culparme a mí mismo.
No tenía a quién llamar, ni a quién explicarle lo que sentía.
Estaba solo con mi error, con mi culpa, y con la incertidumbre de si algún día saldría la verdad, si se descubriría quién estaba detrás de todas esas mentiras que nos habían separado.
Mientras miraba por la ventana cómo se ponía el sol sobre la cordillera, me di cuenta de que mi vida había cambiado en cuestión de horas.
Ya no era el mismo chico seguro y feliz que tenía todo lo que quería; ahora era alguien que había perdido lo más valioso que tenía, y que tendría que aprender a vivir con ese vacío y con ese dolor, esperando quizás una oportunidad que yo mismo había destruido con mis propias manos.