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Destinos Entrelazados

Destinos Entrelazados

Status: En proceso
Genre:Romance
Popularitas:389
Nilai: 5
nombre de autor: Orozco

Cuando Valentina Rojas, una joven fotógrafa que intenta reconstruir su vida después de una dolorosa traición, conoce a Alejandro Montenegro, un exitoso arquitecto marcado por secretos familiares, ninguno imagina que sus caminos terminarán unidos por el amor. Entre encuentros inesperados, malentendidos, rivales, sueños y sacrificios, deberán descubrir si el amor verdadero es capaz de superar cualquier obstáculo.

NovelToon tiene autorización de Orozco para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

café y confesiones

El campo de flores parecía extenderse hasta el horizonte.

Valentina caminaba entre los colores con su cámara en las manos, capturando cada detalle que encontraba. Las flores se movían suavemente con el viento, creando un espectáculo natural que parecía imposible de describir con palabras.

—Creo que este es uno de los lugares más hermosos que he visto —dijo mientras tomaba otra fotografía.

Alejandro la observó sonriendo.

—Sabía que te gustaría.

—¿Cómo encontraste este lugar?

—Mi abuelo me traía cuando era niño.

Valentina bajó la cámara.

—¿En serio?

—Sí.

Su sonrisa se suavizó.

—Decía que aquí podía pensar con claridad.

—¿Y funcionaba?

Alejandro miró hacia el horizonte.

—Siempre.

Hubo algo en su voz que llamó la atención de Valentina.

Una nostalgia tranquila.

Como si aquel recuerdo fuera especialmente importante.

—Debías quererlo mucho.

—Lo quería.

Por primera vez desde que lo conocía, Alejandro parecía completamente vulnerable.

Sin máscaras.

Sin la imagen del empresario exitoso.

Solo un hombre recordando a alguien importante.

Y eso hizo que Valentina sintiera aún más cercanía hacia él.

Pasaron gran parte de la tarde explorando el lugar.

Valentina tomó decenas de fotografías.

Algunas del paisaje.

Otras de pequeños detalles que llamaban su atención.

Y unas cuantas de Alejandro.

Aunque él protestó cada vez que descubría la cámara apuntándolo.

—Otra vez.

—No pude evitarlo.

—Empiezo a sospechar que disfrutas fotografiarme.

—Quizá.

—Eso es preocupante.

—Para ti.

—Definitivamente.

Ambos rieron.

Y la naturalidad entre ellos seguía creciendo.

Era sorprendente lo rápido que habían dejado de sentirse como extraños.

Al caer la tarde, encontraron una pequeña cafetería rural cerca del campo.

Era sencilla.

Acogedora.

Y prácticamente vacía.

Eligieron una mesa junto a una ventana desde donde todavía podían verse las flores.

La luz del atardecer teñía todo de tonos dorados.

Durante unos minutos conversaron sobre temas ligeros.

Libros.

Películas.

Viajes.

Hasta que Alejandro se quedó pensativo.

Valentina lo notó de inmediato.

—¿Qué ocurre?

—Nada.

Ella arqueó una ceja.

—No te creo.

Alejandro soltó una pequeña risa.

—Eres muy observadora.

—Es parte de mi trabajo.

Él giró la taza entre sus manos.

Como si estuviera organizando sus pensamientos.

Finalmente habló.

—¿Puedo preguntarte algo personal?

—Depende.

—¿Qué tan terrible fue la persona que te rompió el corazón?

La pregunta tomó a Valentina por sorpresa.

Durante unos segundos permaneció en silencio.

No porque no quisiera responder.

Sino porque hacía mucho tiempo que nadie le preguntaba eso.

Y porque, de alguna manera, sentía que podía ser sincera con él.

—Se llamaba Andrés.

Alejandro escuchó atentamente.

—Estuvimos juntos durante cuatro años.

—Eso es mucho tiempo.

—Sí.

Valentina bajó la mirada.

—Pensaba que era el amor de mi vida.

La confesión salió acompañada de una pequeña tristeza.

Una tristeza que todavía existía, aunque ya no dolía como antes.

—¿Qué pasó?

—Me engañó.

El silencio se instaló entre ellos.

No era incómodo.

Era respetuoso.

Alejandro permaneció inmóvil durante varios segundos.

—Lo siento.

—Yo también.

Valentina sonrió con cierta melancolía.

—Pero sobreviví.

—Claro que sí.

Ella levantó la vista.

—Hubo momentos en los que no estaba tan segura.

La sinceridad de sus palabras hizo que Alejandro sintiera una extraña presión en el pecho.

Porque podía imaginar el dolor que había sufrido.

Y porque le resultaba imposible aceptar que alguien hubiera sido capaz de lastimarla de aquella manera.

—No merecías eso.

Valentina sostuvo su mirada.

Y algo en los ojos de Alejandro le hizo comprender que realmente lo decía en serio.

No era compasión.

Era convicción.

Aquello la conmovió más de lo que esperaba.

Durante unos minutos permanecieron en silencio.

Luego Valentina decidió devolver la pregunta.

—Ahora te toca a ti.

Alejandro sonrió.

—Eso parece justo.

—¿Quién te rompió el corazón?

Por primera vez desde que se conocían, la sonrisa desapareció de su rostro.

Y Valentina comprendió inmediatamente que había tocado una herida profunda.

—Se llamaba Camila.

Aquél era el nombre que cambiaría muchas cosas en el futuro.

Aunque ninguno de los dos lo sabía todavía.

—Estuvimos juntos durante cinco años.

Valentina escuchó atentamente.

—Pensaba que nos casaríamos.

—¿Y qué ocurrió?

Alejandro observó la lluvia ligera que comenzaba a caer fuera de la cafetería.

—Un día descubrí que estaba conmigo por interés.

Aquellas palabras sonaron mucho más dolorosas de lo que intentó aparentar.

—¿Interés?

—Mi familia tiene dinero.

Valentina permaneció en silencio.

—Cuando entendí quién era realmente, ya era demasiado tarde.

—Debió ser horrible.

Alejandro soltó una pequeña risa amarga.

—Aprendí una lección importante.

—¿Cuál?

—Que no todas las personas se acercan por las razones correctas.

Valentina comprendió entonces muchas cosas.

Comprendió su cautela.

Su reserva.

La tristeza que había visto en aquella fotografía.

Y comprendió también por qué parecía valorar tanto la honestidad.

La lluvia comenzó a golpear suavemente los cristales de la ventana.

El sonido creó una atmósfera tranquila.

Íntima.

Especial.

—Es curioso —dijo Valentina.

—¿Qué cosa?

—Ambos juramos que nunca volveríamos a enamorarnos.

Alejandro la observó.

—¿Lo juraste?

—Varias veces.

—Yo también.

Los dos rieron.

Porque ahora aquellas promesas parecían absurdas.

La vida rara vez respetaba los planes que hacíamos.

Y el destino parecía disfrutar especialmente rompiendo ese tipo de juramentos.

Cuando salieron de la cafetería ya había oscurecido.

La lluvia continuaba cayendo suavemente.

Caminaron hasta el automóvil sin prisa.

Disfrutando de la tranquilidad del momento.

Antes de subir, Valentina se detuvo.

—Gracias.

—¿Por qué?

—Por traerme aquí.

Alejandro sonrió.

—De nada.

—Y gracias por confiar en mí.

La expresión de Alejandro cambió ligeramente.

—Lo mismo digo.

Durante unos segundos permanecieron inmóviles.

Muy cerca.

Demasiado cerca.

Valentina sintió que el corazón le latía con fuerza.

Y tuvo la sensación de que Alejandro experimentaba exactamente lo mismo.

Sus miradas se encontraron.

Y el mundo pareció desaparecer nuevamente.

Solo existían ellos.

La lluvia.

Y aquella conexión imposible de ignorar.

Por un instante, Alejandro estuvo tentado a acercarse.

A reducir la distancia.

A descubrir cómo se sentiría besarla.

Pero algo lo detuvo.

No era miedo.

Era respeto.

Porque sabía que aquello merecía tiempo.

Merecía paciencia.

Merecía construirse de la forma correcta.

Finalmente dio un paso atrás.

Y ambos respiraron al mismo tiempo.

Como si acabaran de despertar de un sueño.

—Deberíamos irnos —dijo él suavemente.

—Sí.

Pero ninguno parecía especialmente convencido.

Mientras regresaban a la ciudad, ninguno notó el automóvil que los seguía a cierta distancia.

Un vehículo oscuro.

Discreto.

Silencioso.

Dentro iba una mujer observándolos con atención.

Camila Vélez.

La expresión de su rostro era imposible de interpretar.

Pero una cosa era segura.

No le gustaba lo que veía.

Y estaba decidida a averiguar exactamente qué lugar ocupaba Valentina en la vida de Alejandro.

Porque después de años de conocerlo, sabía reconocer una mirada enamorada cuando la veía.

Y Alejandro Montenegro comenzaba a mirar a Valentina Rojas de una forma que jamás había vuelto a mirar a nadie.

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