Marcos Castro, el implacable director de Apex Dynamics, cree que el control lo es todo hasta que la humilde camarera Sara tropieza con él. Ella trabaja sin descanso para pagar deudas médicas y posee una dignidad inquebrantable que fascina a Marcos, desatando en él una peligrosa obsesión.Para acercarse, él le ofrece empleo en su empresa. Sin embargo, Sara desconfía de los ricos y rechaza sus lujos, obligando al magnate a bajarse de su pedestal para ganarse su corazón. Entre el orgullo y una pasión salvaje e incontenible, ambos inician un intenso juego de seducción.La situación se complica cuando los secretos del pasado de Sara salen a la luz y un enemigo corporativo intenta usarla para destruir la compañía. El hermético empresario tendrá que decidir si es capaz de quemar su propio imperio con tal de proteger a la mujer que se convirtió en su dulce perdición.
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CAPITULO 3. LA INTERVENCION DE LA ASISTENTE
El sol de la mañana se filtraba por las persianas del despacho acristalado de Apex Dynamics, dibujando líneas de luz sobre el escritorio de nogal. Marcos Atelier permanecía sentado en su silla de piel, con la mirada perdida en el ventanal que daba a la planta de producción. Los planos del nuevo sistema de suspensión del superdeportivo estaban desplegados ante él, pero para el directivo, todos esos esquemas técnicos no eran más que líneas borrosas. En su mente solo resonaba la risa infantil del pequeño Matías y la mirada color miel de Sara, firme y orgullosa, en mitad de la humilde cafetería.
Se pasó una mano por el rostro, frustrado por su propia falta de concentración. El rastro de la vainilla se le había metido debajo de la piel.
La puerta de cristal se abrió con un sutil chasquido, rompiendo la quietud de la oficina. Lucía entró portando dos carpetas de producción y una taza de café humeante que depositó sobre la mesa de su hermano mayor. Como su asistente personal de gestión, la joven de veintidós años no tardó ni dos segundos en notar el ambiente de absoluta distracción que gobernaba el despacho.
—Si sigues mirando ese ventanal con esa cara de pocos amigos, los ingenieros van a pensar que el prototipo tiene un fallo de diseño, Marcos —comentó Lucía, cruzándose de brazos con esa chispa inteligente y divertida que siempre usaba para desarmarlo—. Ayer saliste de la fábrica a las cuatro de la tarde sin dar explicaciones, algo que no has hecho en tus veintiséis años de vida. ¿Vas a decirme qué está pasando o tengo que empezar a investigar por mi cuenta?
Marcos endureció la expresión, barriendo la mesa con sus ojos oscuros en un intento por recuperar su habitual fachada de hierro.
—No tengo tiempo para tus interrogatorios, Lucía. Revisa el inventario de los componentes que llegaron del norte y déjame trabajar —respondió con su profunda voz barítona.
Lucía soltó un bufido seco, pero al ir a recoger una de las carpetas de la esquina del escritorio, sus ojos claros se clavaron en un dossier de plástico negro que sobresalía debajo de unos planos. Con la rapidez y la audacia que la caracterizaban, deslizó el documento antes de que su hermano pudiera detenerla. En la primera página, la fotografía carné de Sara y los datos del pequeño Matías quedaron al descubierto.
—¡Lucía! Deja eso en la mesa ahora mismo —rugió Marcos, poniéndose en pie de golpe con una vena marcándosele en la sien derecha.
Sin embargo, su hermana menor no se amedrentó. Al contrario, sus ojos se abrieron de par en par a medida que leía los detalles del informe del detective García. La sonrisa burlona de la asistente se desvaneció por completo, reemplazada por una mueca de profunda compasión y asombro humano al descubrir la desgarradora realidad de la joven de la boda.
—Sara... es la camarera que tropezó en la terraza de la fiesta de Sasha —susurró Lucía, con el tono de voz volviéndose sumamente tierno y conmovido—. Madre soltera de un niño de cinco años... y trabaja en tres empleos de sol a sol para pagar los tratamientos de su madre. Marcos... ¿por eso fuiste a buscarla ayer?
Marcos se dejó caer de nuevo en su silla de piel, soltando un largo suspiro que delató toda la tensión que le oprimía el pecho. Se pasó los dedos por el cabello oscuro, rindiéndose ante la evidencia de su hermana.
—Fui a verla a la cafetería, Lucía —confesó Marcos en un murmullo ronco, desprovisto de toda rigidez corporativa—. No sé qué me pasa con ella, pero no puedo sacarme su mirada de la cabeza. Su hijo, Matías... se sentó a mi lado a enseñarme un dibujo con una confianza que me desarmó por completo. Me duele verla romperse el alma en ese barrio, trabajando hasta enfermar, mientras nosotros levantamos imperios de millones aquí dentro.
Lucía se acercó a la mesa, dejando el dossier a un lado. La complicidad de hermanos y la madurez de la joven asistente se hicieron notar de inmediato. Se inclinó sobre el escritorio, mirando a Marcos con una seriedad llena de cariño.
—Marcos, si de verdad quieres protegerla, no puedes presentarte en su cafetería todos los días como un cliente rico que siente lástima por ella. El informe dice que es una mujer sumamente orgullosa; si piensa que le estás ofreciendo caridad, te va a cerrar la puerta en la cara —metió baza Lucía con una astucia magistral—. Tenemos que jugar con sus propias reglas, las del trabajo y el esfuerzo.
—¿A qué te refieres? —preguntó Marcos, frunciendo el ceño de forma analítica.
—El puesto de recepcionista y ordenanza de la planta ejecutiva de Apex Dynamics está vacante desde la semana pasada —anunció Lucía con una sonrisa radiante y decidida—. El sueldo es excelente, el horario es fijo y le permitiría dejar esos tres trabajos extenuantes para pasar las tardes cuidando de su hijo y de su madre. Contrátala, Marcos. Ofrécele el empleo de forma estrictamente profesional, a través del departamento de recursos humanos si es necesario para que no sospeche. Sácatela de ese barrio y tráetela aquí, a nuestro terreno. Así podrás vigilar que esté a salvo, ayudarla a cambiar su vida y ganarte su confianza día a día en los pasillos de la fábrica.
Marcos Atelier observó a su hermana menor en absoluto silencio. La propuesta de Lucía era impecable, un plan maestro que encajaba a la perfección con la lógica y el profesionalismo que requería la situación para no espantar a Sara. La leona protectora de la dinastía familiar se reflejaba en los ojos de su hermana pequeña, y Marcos supo que no había marcha atrás.
—Prepara los contratos de recursos humanos de inmediato, Lucía —sentenció Marcos, con su mirada oscura destellando una determinación implacable—. Envíale la oferta formal de empleo a su dirección esta misma tarde. Nos aseguraremos de que acepte el puesto, y a partir del lunes, yo mismo me encargaré de ser el mayor defensor de Sara y de su pequeño Matías en esta empresa.