EL MEJOR AMIGO DE MI HERMANO Si el cliché Ella lo amó toda su vida. Él tardó tres años en notar su ausencia. Desde niña, estuvo enamorada del mejor amigo de su hermano. Él siempre formó parte de su vida: conocía a su familia, tenía un lugar en su casa y sabía perfectamente que ella suspiraba por él. Y cuando le prometió que recibiría el mejor regalo de su vida al cumplir dieciocho años, ella creyó que, por fin, sus sentimientos serían correspondidos. Pero aquella noche, durante su propia fiesta de cumpleaños, descubrió que había esperado por el hombre equivocado. Él estaba con otra chica. Una chica que la había humillado durante años y que se aseguró de que ella los encontrara juntos. Esa noche, la niña que soñaba con ser elegida por él se marchó con el corazón destrozado. Tres años después, regresó. Ya no era la adolescente que se sonrojaba cada vez que él la miraba. Ahora era una joven atrevida, segura de sí misma y dispuesta a disfrutar de todo aquello a lo que había renunciado por amor. Seguía siendo dulce, pero había aprendido a no esperar nada de quien nunca supo valorarla. Para ella, él era parte del pasado. Para él, ella seguía siendo la hermanita de su mejor amigo… hasta que comenzó a notar las miradas que otros hombres le dedicaban, las sonrisas que ya no eran para él y la facilidad con la que ella podía marcharse sin siquiera despedirse. Y entonces apareció el problema. El mejor amigo de su hermano estaba empezando a desear a la única mujer que jamás había pensado que podría perder. Pero ¿qué sucede cuando el hombre que te rompió el corazón finalmente quiere conquistarte… y tú ya no estás segura de querer entregárselo otra vez?
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Esta noche no eres el protagonista
Isabella
—¡Isa, baja de una vez! ¡Los invitados están llegando!
La voz de mi madre atravesó toda la casa.
Me miré por última vez frente al espejo y acomodé uno de los mechones de mi cabello detrás de la oreja.
Había elegido unos pantalones negros, una blusa color crema y unos zapatos que Camila habría aprobado inmediatamente. Nada demasiado elaborado, pero sí lo suficiente para sentirme bonita.
Tres años atrás, habría pasado horas preguntándome qué vestido le gustaría más a Nicolás.
Aquella noche ni siquiera había pensado en él al elegir mi ropa.
Y eso me pareció una pequeña victoria.
Bajé las escaleras y encontré a mi madre colocando unas flores en el centro de la mesa.
—¡Pero mira qué guapa está mi niña!
—Mamá, no empieces.
—¿Qué? ¿Ahora tampoco puedo decirle cosas bonitas a mi hija?
La abracé por detrás y apoyé la barbilla sobre su hombro.
—Puedes decirme lo que quieras, siempre que después me ayudes a lavar los platos.
—¡Descarada!
Las dos nos echamos a reír.
El timbre sonó antes de que pudiera responder.
En menos de cinco minutos, la casa se llenó de voces, abrazos y conversaciones cruzadas. Mi tía Elena llegó con su famoso postre, que resultó ser bastante más rico de lo que Mateo había anunciado. Mis primos me rodearon para preguntarme por la universidad y mi abuela me abrazó durante tanto tiempo que tuve que recordarle que todavía necesitaba respirar.
Era exactamente como lo recordaba.
Mi familia podía convertir cualquier acontecimiento en una celebración.
Y yo estaba feliz de ser la excusa de aquella noche.
—¡Isabella! —gritó mi prima Lucía desde el salón—. ¡Ven a contarnos si tienes novio!
Me detuve en seco.
—¡¿Por qué todo el mundo quiere saber eso?!
—¡Porque eres una adulta y tenemos curiosidad!
Mateo apareció detrás de ella con una copa de refresco.
—No la molesten. Mi hermana está demasiado ocupada rompiendo corazones en la universidad.
Le lancé una servilleta.
—¡Voy a romperte la cabeza a ti!
Las carcajadas llenaron el salón.
Y entonces sonó el timbre otra vez.
No necesité preguntar quién era.
Mi padre fue a abrir la puerta y, unos segundos después, escuché varias voces masculinas saludándose.
Entre ellas, una que conocía demasiado bien.
—Buenas noches, señor Varela.
Nicolás.
Respiré tranquilamente antes de girarme hacia la entrada.
No iba a esconderme en la cocina. Tampoco iba a salir corriendo.
Era mi casa, mi familia y mi noche.
No permitiría que su presencia cambiara ninguna de esas cosas.
Nicolás
La última vez que había entrado en aquella casa, Isabella todavía estaba allí.
La había visto crecer entre esas paredes. Había desayunado en aquella cocina, jugado al fútbol en aquel jardín y pasado incontables tardes discutiendo con Mateo por tonterías.
Sin embargo, aquella noche me sentía como un invitado en un lugar que antes había considerado mi segundo hogar.
El padre de Isabella me saludó con educación, aunque su expresión no consiguió disimular del todo el desagrado.
—Pasa. Los demás están en el salón.
—Gracias, señor.
Mateo apareció para recibirme y me dio una palmada en el hombro.
—Llegas tarde.
—Son apenas diez minutos.
—Diez minutos que mi madre ha utilizado para hablar de ti.
Lo miré alarmado.
—¿Qué dijo?
—Que espera que no te comas toda la comida.
Solté una carcajada.
Por un instante, fue como si nada hubiera cambiado.
Hasta que la vi.
Isabella estaba junto a su prima, sosteniendo una copa de refresco mientras escuchaba una historia. Tenía el cabello suelto y sonreía de una manera que no recordaba.
O quizá sí la recordaba.
Pero antes aquella sonrisa solía aparecer cuando yo entraba en una habitación.
Ahora estaba allí, iluminándole el rostro mientras hablaba con otras personas.