Isabella Dalmavere eligió una vida de fe, convencida de que su corazón había encontrado por fin un lugar al que pertenecer. Entre los muros de un antiguo convento, las oraciones y el silencio, creyó que podría mantenerse alejada de todas aquellas emociones que alguna vez despertaron su curiosidad por el mundo.
Hasta que conoció a Dorian Virelli.
Rico, elegante y acostumbrado a conseguir cuanto desea, Dorian nunca había encontrado una mujer capaz de despertar tanto su interés como aquella novicia de mirada dulce y voluntad inquebrantable. Isabella no se impresiona con su fortuna, no se deja seducir por sus palabras y, sobre todo, no está dispuesta a renunciar a sus convicciones por un hombre al que apenas conoce.
Pero Dorian no sabe aceptar una negativa.
Sus visitas se vuelven cada vez más frecuentes. Sus conversaciones, más personales. Y lo que comienza como una atracción inesperada se transforma en una obsesión que amenaza con derribar las barreras que Isabella ha construido alrededor de su corazón.
Él le pedirá una oportunidad una y otra vez. Ella se la negará, decidida a proteger la vida que ha elegido.
Hasta que Dorian tome una decisión que cambiará sus destinos para siempre: llevársela por la fuerza, arrancándola del único mundo que conoce y enfrentándola a una realidad que jamás imaginó.
Volumen 1 de la saga Virelli.
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El precio de retenerte
Dorian no había imaginado que el silencio de Isabella pudiera resultar tan insoportable. Desde que la llevó a la propiedad, había intentado convencerse de que su presencia bastaría para cambiar las cosas, que la convivencia le permitiría demostrarle una parte de sí mismo que ella nunca había querido conocer. Sin embargo, cada mañana encontraba la misma mirada distante y escuchaba la misma petición: quería regresar al convento. No había conseguido acercarse a ella. Solo había logrado que lo mirara con desconfianza.
Aquella mañana, Isabella estaba sentada en el comedor cuando él entró. Había aceptado desayunar, aunque no le dirigió la palabra. Dorian ocupó la silla frente a ella y esperó unos segundos antes de hablar.
—He pensado en lo que me dijiste anoche.
—¿Y has decidido llevarme de regreso?
—Quiero que entiendas que no hice esto para castigarte.
Isabella dejó la taza sobre el plato.
—No necesito entender tus motivos para saber que estuvo mal.
—Solo quería una oportunidad.
—Y yo quería que respetaras mi respuesta. Ninguno consiguió lo que quería, pero hay una diferencia: yo no te quité tu libertad.
Dorian apartó la mirada. La facilidad con la que ella encontraba el centro de cada discusión le impedía refugiarse en sus propias justificaciones.
—¿De verdad no existe ninguna posibilidad de que algún día me veas de otra manera? —preguntó.
Isabella lo observó con cansancio.
—No puedo prometerte lo que siento ni lo que sentiré en el futuro. Pero sí puedo decirte que ahora mismo no quiero estar aquí contigo. Y cuanto más me obligues a permanecer aquí, menos motivos tendré para confiar en ti.
Él se quedó callado. Aquella respuesta no era una promesa ni una puerta abierta. Era la verdad de Isabella, y Dorian debía decidir si estaba dispuesto a escucharla.
Antes de que pudiera contestar, su teléfono comenzó a sonar. Era Matteo, que necesitaba su autorización para resolver un problema relacionado con uno de los contratos principales de la empresa. Dorian se levantó y se dirigió al despacho, pero dejó la puerta entreabierta. La llamada se prolongó varios minutos.
—No puedo regresar todavía —dijo Dorian—. Encárgate de la reunión y firma la documentación que ya revisamos.
—Puedo hacerme cargo de la empresa, pero no puedo resolver lo que estás haciendo con Isabella —respondió Matteo—. ¿Has pensado en cómo explicarás su desaparición?
Dorian se quedó inmóvil.
—La madre superiora sabe que está conmigo.
—Saber dónde está no significa que haya aceptado lo que hiciste. Y tú sabes perfectamente que ella no está aquí por decisión propia.
Dorian terminó la llamada sin responder. Cuando regresó al comedor, Isabella seguía en el mismo lugar.
—¿Era tu asistente? —preguntó ella.
—Sí.
—¿Sabe lo que hiciste?
Dorian tardó en contestar.
—Sabe que estás aquí.
—Entonces al menos alguien sabe la verdad.
Isabella se levantó y caminó hacia el vestíbulo. Dorian la siguió, preocupado al verla dirigirse hacia la puerta principal.
—¿Adónde vas?
—A tomar aire.
—Puedes salir al jardín.
—No necesito que me concedas permiso para caminar.
Ella abrió la puerta y salió. El aire fresco le rozó el rostro mientras recorría el sendero de piedra que rodeaba la casa. Dorian permaneció en la entrada, observándola alejarse unos metros. Por primera vez desde su llegada, no intentó seguirla inmediatamente.
Isabella se detuvo junto a una hilera de árboles y miró hacia el camino. No podía distinguir el pueblo ni sabía cuánto faltaba para llegar a una carretera transitada. Aun así, quería recordar cada detalle del terreno.
Cuando regresó, encontró a Dorian en el vestíbulo.
—No voy a quedarme aquí indefinidamente —le advirtió.
—Lo sé.
—No, no lo sabes. Sigues actuando como si bastara con darme una habitación, comida y un jardín para compensar lo que hiciste.
Dorian bajó la mirada.
—¿Qué quieres que haga?
—Lo mismo que te he pedido desde el principio. Llévame a casa.
Él sintió el impulso de negarse, de pedirle otra oportunidad y de convencerla de que todavía podían encontrar una manera de entenderse. Pero aquella vez se obligó a guardar silencio.
Isabella subió las escaleras sin esperar una respuesta. Dorian se quedó solo en el vestíbulo, escuchando sus pasos hasta que desaparecieron.
Había querido convertirse en alguien indispensable para ella. En cambio, se había convertido en el hombre del que necesitaba recuperar su libertad.
Y por primera vez empezó a comprender que, si continuaba reteniéndola, quizá nunca llegaría a conocer a la verdadera Isabella Dalmavere: aquella mujer que había despertado su interés precisamente porque jamás había permitido que nadie decidiera por ella.