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Mi hijo es del tío de mi ex

Mi hijo es del tío de mi ex

Status: En proceso
Genre:Romance / Venganza / Madre soltera / Embarazo no planeado / Hijo/a genio / Mujer despreciada / Amante arrepentido
Popularitas:55
Nilai: 5
nombre de autor: Camila Robles

n plena boda, la mejor amiga de Lucía Herrera expone sus fotos íntimas. Su prometido la llama zorra, la golpea y le arranca el vestido de novia… para casarse con la traidora.
Cinco años después, Lucía regresa con sus mellizos, Mateo y Sofía, sin saber quién es su padre. Hasta que se cruza con Adrián Valdés, un poderoso CEO que parece la versión adulta de Mateo.
—Quiero a mis hijos conmigo.
—No voy a separarme de ellos.
Mateo se planta frente a él. Sofía se aferra a la mano de su madre.
—¡No se meta con mi mami, imbécil! ¡Primero tendrá que vérselas conmigo!
Pero el padre de los mellizos también es el tío de su ex. Y para no perder a sus hijos, Lucía acepta casarse con él por contrato.
Esta vez, vuelve a la familia Valdés por la puerta grande.
El hombre que la echó de su propia boda tendrá que llamarla tía.

NovelToon tiene autorización de Camila Robles para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 17

Capítulo 17. ¿Cómo te atreves a pegarle a mi mami?

Lucía se levantó temprano y preparó el desayuno. Después de comer con los mellizos y Camila, los cuatro bajaron juntos.

Como de costumbre, Camila conduciría: primero dejaría a los mellizos en el jardín de niños, después a Lucía en la empresa y, por último, iría a su propio trabajo.

Al salir del edificio, Camila se dispuso a acercar el auto.

No muy lejos había un sedán negro que destilaba lujo. De pronto se abrió una puerta y Beatriz bajó de él.

—Lucía —la llamó con frialdad.

Ella alzó la vista, sorprendida de encontrarla allí tan temprano.

Su actitud no anunciaba nada bueno.

No quería que Beatriz descubriera que tenía dos hijos. Le pidió a Camila que llevara a los mellizos al auto y la esperara. Ella iría en un momento.

Su amiga no estaba tranquila.

—No le hagas caso.

—No pasa nada. Ya encontró dónde vivo. Aunque hoy la evite, la próxima vez podría presentarse en mi trabajo.

Lucía le dio unas palmaditas en el hombro para tranquilizarla.

Camila sabía que tenía razón y suspiró.

—Ten cuidado. Si pasa algo raro, me llamas enseguida.

—Sí.

Lucía acarició la cabeza de Mateo.

—Vayan con su madrina. Espérenme en el auto.

El pequeño frunció el ceño.

—Pero no tardes, mami.

No le daba buena espina aquella mujer que había ido a buscar a su madre.

—No voy a tardar. Anden.

Lucía esperó a que Camila se los llevara y se acercó a Beatriz.

—Señora Molina, ¿qué necesita?

Apenas había terminado la pregunta cuando Beatriz le cruzó la cara de una bofetada, sin decir nada.

La mejilla le ardió de inmediato. El golpe hasta le hizo zumbar los oídos.

Las palabras furiosas de Beatriz le cayeron encima.

—¡Qué desvergonzada eres, Lucía! ¿Quién te dio valor para volver? ¡Te vas de Puerto Claro ahora mismo o te vas a arrepentir!

Lucía seguía aturdida por el golpe cuando oyó unos pasos a su espalda. Una pequeña figura se plantó delante de ella.

Mateo empujó a Beatriz con todas sus fuerzas.

—¡Mala! ¿Cómo te atreves a pegarle a mi mami?

Extendió los brazos para protegerla. Era muy pequeño, pero se había plantado como todo un hombrecito.

Camila también llegó, llevando a Sofía de la mano. Aprobó con un gesto lo que había hecho el niño y fulminó a Beatriz con la mirada.

—¡Vieja! ¡Golpeando a la gente en plena calle! ¿Quieres que llame a la policía y te haga meter en la cárcel?

Beatriz no había visto venir al pequeño. El empujón la hizo perder el equilibrio y retroceder a trompicones hasta chocar contra el auto. Tuvo que apoyarse en la carrocería para no caer al suelo.

Cuando logró estabilizarse, los miró con el rostro desencajado de rabia.

Pero al fijarse en el niño, se quedó de piedra.

¿Por qué le resultaba tan familiar?

Se parecía un poco a Nicolás cuando era pequeño.

Había llamado «mami» a Lucía. Entonces… ¿era su hijo?

La rabia dejó paso a la confusión y al asombro.

—¿Este… este es tu hijo? ¿Y la niña también? —le preguntó, incapaz de creerlo.

Sofía se acercó a Lucía sin apartar los ojos de su mejilla hinchada.

Lucía había querido evitar precisamente eso. Que Beatriz viera a los mellizos solo podía traer más problemas. Y, aun así, la situación se le había escapado de las manos.

—¡Eres mala! ¡Le pegaste a mi mami! ¡Voy a llamar a la policía para que te arresten!

Mateo no iba a permitir que nadie maltratara a su madre.

Lucía tomó a Mateo y lo dejó detrás de ella, junto a Sofía. No quería que Beatriz siguiera examinándolos.

—Señora Molina, si vino a decirme que me vaya, ahórrese el esfuerzo. Yo decido si me quedo o me voy. Usted no tiene derecho a meterse.

Beatriz había ido, en efecto, para echarla de la ciudad. Pero ver a Mateo le había desordenado los pensamientos.

¿Y si los dos eran hijos de Nicolás?

Si pertenecían a los Valdés, jamás permitiría que se quedaran con Lucía.

¡Tenía que averiguar quién era su padre!

—Muy bien. Puedes quedarte. Pero, si intentas destruir el matrimonio de Nicolás, ¡no te lo voy a perdonar!

Después recordó algo más y añadió:

—Y ni se te ocurra acercarte a Adrián. ¡Una zorra como tú no tiene derecho a estar cerca de él!

Camila ya no pudo contenerse.

—¡Lárgate, vieja! ¡Aquí no eres bienvenida!

Beatriz la miró con frialdad, pero no respondió. Observó a Mateo una última vez, subió al auto y se marchó.

Lucía frunció el ceño.

¿Por qué había cambiado tanto al ver a su hijo? De lo contrario, no se habría rendido tan fácilmente.

—Mami, tienes la cara hinchada. Te debe doler mucho.

Mateo la miraba, angustiado.

Lucía salió de sus pensamientos.

—Estoy bien. No duele tanto.

Luego lo elogió:

—No sabía que ya tenía un pequeño héroe en casa. Ahora proteges a tu mami.

—¡Si alguien vuelve a molestarte, me lo dices! ¡Yo te voy a defender!

Lucía tuvo ganas de reír al verlo tan decidido. Al mismo tiempo, sintió una calidez que le llenó el pecho.

—Está bien. A partir de ahora voy a contar contigo para que me protejas.

Sofía le apretó la mano con fuerza y Lucía la atrajo también hacia ella.

Camila puso los ojos en blanco.

—¿Podrían guardarse esas cursilerías para cuando estén acostados, debajo de las cobijas?

Los cuatro se miraron y sonrieron.

Después, Lucía compró una pomada en una farmacia, se la aplicó y se fue al trabajo.

La visita de Beatriz la había dejado inquieta. Sobre todo, no conseguía olvidarse de cómo había mirado a Mateo.

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