En una mansión aislada entre bosques nevados, el antiguo clan Vane oculta secretos que podrían destruir el mundo vampírico. Julian Vane, un vampiro de doscientos veinte años, ha perdido toda conexión con su humanidad, hasta que conoce a Leo Ardent, un joven restaurador de arte cuya sangre guarda un misterio ancestral.
Atraídos por una conexión inexplicable, ambos se adentran en una historia de obsesión, secretos familiares, celos y deseos prohibidos. Pero mientras el pasado amenaza con repetirse, Julian deberá enfrentar una verdad aterradora: la sangre puede unir sus destinos, pero jamás garantizar que Leo llegue a amarlo.
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Capítulo 13.
La cena se celebró a las nueve en punto.
Balthazar había ordenado que prepararan la mesa larga del comedor principal, aunque ninguno de los Vane necesitaba comer. Era una costumbre heredada de los tiempos en que todavía fingían ser una familia aristocrática convencional.
Dorian ocupó el asiento que normalmente pertenecía a Julian.
Lo hizo sin pedir permiso.
Julian lo observó desde el otro extremo de la mesa, con una copa de vino intacta entre los dedos.
Leo, sentado junto a Adrian, intentaba comprender por qué todos parecían dispuestos a iniciar una guerra sin levantarse de sus sillas.
Había conocido a Dorian apenas unos minutos antes, pero ya le desagradaba.
No porque fuera grosero. Al contrario: sus modales eran impecables.
Era su forma de mirar.
Dorian observaba a Leo con una familiaridad inexplicable, como si ya supiera algo sobre él que Leo todavía ignoraba.
—Así que tú eres Leo Ardent —dijo finalmente.
Leo dejó los cubiertos.
—Eso parece.
—He oído hablar de ti.
—Qué rápido viajan las noticias.
Dorian rio suavemente.
—En ciertos círculos, tu apellido nunca ha dejado de mencionarse.
Julian apoyó la copa sobre la mesa.
El sonido del cristal contra la madera fue discreto.
Sin embargo, todos lo escucharon.
—Leo no forma parte de tus asuntos —dijo.
Dorian volvió la mirada hacia él.
—¿No? Qué curioso. Pensaba que precisamente por él había regresado.
—Entonces te has equivocado de casa.
—No lo creo.
Evangeline intervino antes de que Julian respondiera.
—Señor Ashcroft, sería conveniente que explicara el motivo de su visita.
Dorian sacó un sobre del bolsillo interior de su abrigo.
Era viejo, de papel amarillento, con un sello de cera negra.
—He venido a devolver algo que pertenece a los Ardent.
Leo sintió un escalofrío.
—¿Qué es?
Dorian colocó el sobre sobre la mesa, frente a él.
—Una carta escrita por Lucien poco antes de desaparecer.
Julian se puso de pie.
—No la toques.
Leo lo miró con incredulidad.
—¿Otra vez vas a decirme qué puedo hacer?
—No sabes lo que contiene.
—Precisamente por eso quiero leerla.
Dorian deslizó el sobre hacia Leo.
—Tu antepasado tenía la costumbre de escribir la verdad cuando todos los demás preferían mentir.
Leo rompió cuidadosamente el sello.
La carta estaba escrita en una caligrafía elegante, con algunas palabras tachadas y manchas de tinta en los bordes.
Leyó en silencio las primeras líneas.
Después se detuvo.
—¿Qué dice? —preguntó Adrian.
Leo tragó saliva.
—Dice que Lucien descubrió que alguien de su familia había hecho un pacto con los Vane.
Balthazar permaneció inmóvil.
Evangeline cerró los ojos durante un instante.
Julian no apartó la mirada de la carta.
Leo continuó leyendo.
—El pacto tenía que ver con la sangre. Con una forma de preservar recuerdos a través de generaciones. Lucien afirma que el acuerdo se había convertido en algo peligroso y que quería terminarlo.
Dorian asintió.
—Exactamente.
—¿Qué clase de pacto? —preguntó Leo.
—Uno que los Vane llevan mucho tiempo intentando olvidar.
Balthazar se levantó.
—Basta.
La palabra resonó por todo el comedor.
Incluso Julian guardó silencio.
—Esta conversación ha terminado —declaró el patriarca—. Señor Ashcroft, será conducido a una habitación. Mañana discutiremos su partida.
Dorian no pareció preocupado.
—Naturalmente. Pero antes, quisiera hacer una pregunta.
Miró directamente a Leo.
—¿Has empezado a recordar cosas que nunca has vivido?
Leo sintió que el estómago se le encogía.
La noche anterior había soñado con un jardín que no conocía. Había visto una fuente de mármol, rosas negras y una puerta abierta hacia un bosque cubierto de nieve.
En el sueño, alguien lo llamaba por un nombre que no era el suyo.
Lucien.
No se lo había contado a nadie.
—¿Por qué preguntas eso? —dijo.
Dorian sonrió sin alegría.
—Porque si ya has comenzado a recordar, significa que el pacto está despertando.
Julian cruzó la habitación en un instante.
Agarró a Dorian por el cuello del abrigo y lo levantó parcialmente de la silla.
—Una palabra más sobre él y te arrancaré de esta casa.
Dorian no intentó defenderse.
Miró a Julian con una calma desconcertante.
—Ahí está —susurró—. La misma reacción de siempre. Sigues creyendo que puedes proteger a alguien convirtiéndote en su carcelero.
Julian lo soltó.
Dorian se alisó el abrigo.
—Buenas noches, familia Vane.
Y salió del comedor acompañado por uno de los empleados.
Leo permaneció sentado, con la carta entre las manos.
No necesitaba mirar a Julian para saber que lo estaba observando.
Por primera vez, sin embargo, no sintió curiosidad por él.
Sintió desconfianza.
Una desconfianza profunda y dolorosa.
Porque Dorian podía ser un mentiroso.
Pero eso no significaba que Julian estuviera diciendo la verdad.