Beatriz reencarna en la villana de su novela favorita. La cual tiene un destino de muerte.
Beatriz, ahora Vania Lankaster, decide escapar a otra región para no morir.
¿Podrá Vania escapar de su destino?
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Capítulo 7: El Pueblo
Esa mañana, la anciana Esther me llevó a su pequeña pero acogedora casa en el pueblo. Me enseñó dónde dormiría y dónde podría comer.
—Niña, te buscaré un trabajo cuanto antes mejor —me dijo Esther.
—De acuerdo, iré con usted al pueblo.
Esther y yo fuimos al pueblo y me quedé asombrada. Todos compartían animadamente, como si fueran una gran familia. Los niños corrían de un lado a otro, con risas y travesuras. El lugar estaba bien cuidado y se veía que no tenían necesidad de nada.
Fuimos a varios lugares preguntando si les hacía falta ayuda en algo, si necesitaban a alguien extra para que yo trabajara, pero todos los puestos ya estaban ocupados.
—Qué mala suerte, niña. No te he podido encontrar trabajo —suspiró Esther.
—Aun así, todos son muy amables.
—Sí, es verdad. Nos ayudamos entre todos siempre.
—Creo que me está empezando a gustar este lugar.
*Sería ideal para vivir una vida tranquila* —pensé.
Una niña salió llorando de su casa justo cuando pasábamos. Los otros pueblerinos se acercaron para preguntarle qué le sucedía.
—¡Mi mamá está muriendo! —dijo mientras se frotaba los ojos y sollozaba.
—La mamá de esa niña lleva días enferma. La medicina aún no llega porque estamos muy lejos de la ciudad —comentó una mujer.
—Pobre niña. Ojalá pudiéramos hacer algo para ayudar —se lamentó un hombre.
—Esther... —le hablé.
—Dime, niña.
—Creo que puedo ayudar a la madre de la niña.
—¿De verdad? —preguntó asombrada.
—Sí, sé un poco de medicina.
En el mundo moderno había estudiado medicina, pero no llegué a terminarla por culpa de aquella noche.
—¡Abran paso! —pidió Esther—. Esta señorita quiere ayudar.
La niña dejó de llorar y me preguntó con ojos lastimeros:
—¿Usted, señorita, puede ayudar a mi mami?
Me acuclillé a su altura y le respondí:
—Haré todo lo que pueda para ayudar a tu mami.
Ella se puso feliz y me abrazó.
—Gracias.
—Aún no me des las gracias, no he empezado. ¿Qué tal si me llevas con tu madre?
Ella tomó mi dedo índice y me llevó dentro de su casa, hasta la habitación de la mujer. Estaba acostada, su respiración era lenta y pausada. Toqué su frente y estaba ardiendo como el infierno.
—¿Cómo te llamas? —le pregunté a la niña.
—Nina —me respondió.
—Nina, necesito que traigas un poco de agua y unos paños limpios.
Enseguida fue a buscar lo que le pedí. Mientras tanto, le tomé el pulso a la señora y revisé sus pupilas, que estaban dilatadas.
—¿Hace cuánto empezó a sentirse mal? —le pregunté.
—Hace... unas semanas —me respondió en un susurro—. Empecé a sentirme débil... y después... no quería comer... nada. Y... una mañana... no me pude levantar más.
—Creo que lo que tienes es una gripe mutada —le dije—. En vez de ser una gripe normal, se fue poniendo muy mal hasta este punto por no ser tratada a tiempo.
—¿Podré... curarme?
—Sí. Con un medicamento que prepare bastará.
—Muchas... gracias, señorita.
Nina llegó con el agua y los paños limpios y me los entregó. Mojé uno con el agua fría y lo puse en la frente de la señora.
—Nina, ¿viste lo que hice con el paño?
—Sí.
—Bueno, ahora, mientras yo salgo a hacer una medicina, tú le quitas el paño cuando esté caliente y le pones otro con el agua que trajiste. ¿Entendiste?
—Sí.
—Ahora vuelvo.
Salí de la casa y todos me esperaban afuera.
—Esther, ¿dónde puedo encontrar hojas de jengibre, clavos de olor y zumo de limón?
—Ven, yo te enseño dónde hay.
—Además, necesito que alguien prepare un caldo de pollo con ajo y cebolla.
—Yo lo puedo hacer —dijo una mujer.
—Bien. Yo prepararé la medicina.
Fui con Esther para buscar los ingredientes que me hacían falta en su casa. Allí los herví y después los aplasté con un mortero para unir todos los sabores. Luego le eché un poco de azúcar para endulzar el procedimiento y hacerlo más digerible. Por último, lo vertí todo en una vasija para beber. Y antes de llevárselo, fui al pequeño huerto de Esther y corté un tallo de calabaza para que hiciera de pajita y fuera más cómodo beber.
Esther y yo le llevamos la medicina a la madre de Nina, quien le había estado cambiando los paños como le pedí. Entre las dos sentamos a la madre de la niña en la cama y le dimos la medicina. Luego llegó la mujer que se ofreció a hacer la sopa y también se la dimos.
—Bien, ahora solo queda esperar a que la fiebre baje.
Mientras tanto, fui cambiando los paños.
Ya en la tarde, la madre de Nina comenzó a abrir los ojos y a hablar.
—¿Cómo te sientes? —le pregunté.
—Mucho mejor, gracias.
—Me alegro. Le hice un poco más de medicina para que la tome por tres días y se pueda recuperar por completo.
—Oh, vaya. Muchas gracias. ¿Cuál es su nombre, señorita?
—Me llamo Vania.
—Encantada. Mi nombre es Rosa. Te debo la vida.
—No, no. Solo fue una gripe. No tiene que exagerar.
—Aun así, te lo agradezco mucho. Me ponía triste tener que dejar sola a Nina. Ella solo tiene siete años.
—Pues ya no tiene de qué preocuparse —le sonreí.
Después de ese suceso, siempre que alguien estaba enfermo me buscaban para que yo les ayudara.
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