Valeria Bellucci jamás imaginó que terminaría casada con el hombre más poderoso y frío de la ciudad.
Acorralada por las deudas de su familia, acepta un matrimonio por contrato con Enzo Ricci, un CEO multimillonario conocido por destruir a cualquiera que se interponga en su camino.
Las reglas eran simples: — No enamorarse.
— No interferir en la vida del otro.
— Mantener la apariencia de un matrimonio perfecto.
Pero vivir bajo el mismo techo con un hombre obsesivo, dominante y lleno de secretos hará que Valeria descubra que detrás de aquella mirada fría existe un pasado capaz de destruirlos a ambos.
Lo que comenzó como un simple acuerdo terminará convirtiéndose en una guerra de celos, deseo y sentimientos prohibidos.
Porque algunos contratos pueden firmarse con tinta…
pero otros terminan grabándose en el corazón.
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CAPITULO 6 - LO QUE NUNCA PLANEÉ SENTIR
ENZO
Siempre he odiado las mentiras innecesarias.
Las personas mienten demasiado. Mienten para agradar, para obtener dinero, para ocultar quiénes son realmente. Después de años rodeado de empresarios corruptos, periodistas oportunistas y familias obsesionadas con el poder, aprendí algo importante: nadie se acerca a ti sin querer algo a cambio.
Por eso dejé de confiar en las personas hace mucho tiempo.
Ni siquiera en mi propia familia.
Mucho menos en las mujeres.
Apoyé la cabeza contra el asiento del automóvil mientras observaba las luces de la ciudad avanzar detrás de la ventana. El ambiente dentro del vehículo permanecía en silencio después de la llamada del hospital.
Valeria seguía mirando su teléfono.
Su padre tendría la cirugía mañana.
El doctor Salvatore se encargaría personalmente del caso.
Y aun así, lo único que podía pensar era en la manera en que ella había sonreído al recibir la noticia.
Una sonrisa pequeña.
Sincera.
De alivio.
Hacía años que nadie sonreía así cerca de mí.
Y eso me estaba causando un problema.
Porque yo no hacía cosas por bondad.
Nunca.
Todo en mi vida funcionaba mediante estrategia. Control. Conveniencia.
Entonces, ¿por qué demonios había movido contactos importantes solo para tranquilizarla?
Cerré los ojos intentando ignorar aquel pensamiento.
Error.
El problema con Valeria Bellucci era que había aparecido en el peor momento posible.
Y desde el instante en que la vi bajo la lluvia frente al hospital… algo dejó de funcionar como debía.
Todavía recuerdo perfectamente aquella noche.
Dos semanas atrás.
Había salido de una reunión interminable con inversionistas extranjeros cuando Marco, mi asistente personal desde hacía años, me entregó una carpeta dentro del automóvil.
—La empresa Bellucci Textiles quebró oficialmente esta mañana.
Ni siquiera levanté la vista del teléfono.
—Entonces compra el terreno antes de que otra compañía lo haga.
—Ya lo hice.
Asentí distraídamente mientras revisaba mensajes pendientes. Pero Marco no guardó silencio como normalmente hacía.
—Hay algo más.
Su tono hizo que finalmente levantara la mirada.
—¿Qué ocurre?
Marco dudó apenas unos segundos antes de entregarme otra carpeta más pequeña.
—El dueño de Bellucci Textiles está hospitalizado. Su hija está intentando conseguir dinero para una cirugía urgente.
Fruncí ligeramente el ceño.
No porque me importara particularmente.
Simplemente odiaba escuchar problemas ajenos.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?
Marco abrió la carpeta mostrando varias fotografías tomadas por investigadores privados.
Y entonces la vi por primera vez.
Valeria.
Cabello oscuro recogido apresuradamente. Rostro agotado. Ojos llenos de lágrimas mientras discutía con alguien en recepción del hospital.
Pero incluso destruida por el cansancio… seguía siendo hermosa.
Demasiado hermosa.
Recuerdo haber sostenido aquella fotografía más tiempo del necesario.
Algo raro en mí.
Muy raro.
—La deuda del hospital es enorme —continuó Marco—. Probablemente pierda todo intentando salvar a su padre.
Debí ignorarlo.
Normalmente lo habría hecho.
Los problemas ajenos nunca me interesaban.
Pero seguí mirando aquella fotografía.
Había algo diferente en ella.
No parecía una mujer buscando lástima.
Parecía alguien intentando mantenerse fuerte mientras el mundo entero se derrumbaba sobre sus hombros.
Y entendía perfectamente esa mirada.
Porque yo también la había tenido alguna vez.
Tenía quince años cuando aprendí que el dinero era lo único realmente importante.
Mi padre estaba borracho otra vez aquella noche.
Recuerdo perfectamente el sonido del vaso rompiéndose contra la pared mientras mi madre intentaba mantenerme detrás de ella.
—¡Eres un fracaso, Alessandro! —gritaba él—. ¡Todo lo arruinas!
Mi padre siempre encontraba maneras de destruir algo.
Empresas.
Familias.
Personas.
Especialmente personas.
Y mi madre soportaba demasiado.
Hasta la noche en que dejó de hacerlo.
Todavía recuerdo verla llorando frente a mí mientras guardaba ropa apresuradamente dentro de una maleta.
—Nos iremos, Enzo.
Yo tenía quince años.
Y fui suficientemente estúpido para creerle.
Pero ella nunca salió de aquella casa.
Mi padre la encontró antes.
Después vinieron los gritos.
El accidente.
La sangre.
Y el silencio.
Tragué lentamente intentando apartar aquellos recuerdos.
Aun después de tantos años seguían persiguiéndome.
Mi madre murió dos días después.
Y mi padre jamás pisó una cárcel.
Porque el dinero solucionaba todo.
Siempre.
Por eso juré jamás volver a ser débil.
Jamás volver a necesitar a nadie.
Jamás permitir que alguien tuviera poder sobre mí.
Y durante años funcionó perfectamente.
Hasta Valeria.
Abrí los ojos lentamente volviendo al presente.
Ella seguía observando la ciudad a través de la ventana completamente distraída, sin darse cuenta de que llevaba varios segundos mirándola.
Había algo extrañamente tranquilo en ella cuando dejaba de intentar defenderse del mundo.
Y eso la hacía todavía más peligrosa para mí.
—¿Por qué me miras tanto?
Su voz me sacó de mis pensamientos.
Parpadeé apenas.
No me había dado cuenta de que seguía observándola.
Ella volteó lentamente hacia mí y nuestros ojos se encontraron.
Maldita sea.
Incluso cansada seguía viéndose hermosa.
Y eso comenzaba a irritarme más de lo que debería.
—Estoy intentando entenderte —respondí finalmente.
Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
—¿Y ya lo lograste?
No.
Ni cerca.
Porque Valeria Bellucci no reaccionaba como las demás personas.
No intentaba impresionarme.
No buscaba dinero desesperadamente.
No actuaba como si mi apellido la deslumbrara.
De hecho, muchas veces parecía molesta por mi existencia.
Y extrañamente eso me gustaba más de lo que debería.
El automóvil finalmente se detuvo frente a la mansión.
Las enormes luces iluminaban la entrada principal mientras los guardias abrían las puertas inmediatamente.
Valeria observó la casa en silencio.
Todavía recordaba su expresión la primera vez que entró ahí.
Parecía asustada.
Pero también curiosa.
Como alguien entrando a una jaula demasiado elegante.
Salí primero del automóvil y ella me siguió lentamente.
Entonces ocurrió.
—¡ENZO!
La voz femenina resonó frente a la entrada principal.
Cerré los ojos apenas un segundo.
Perfecto.
Eso era exactamente lo que faltaba.
Camila Ferrer caminó rápidamente hacia nosotros usando un vestido rojo ajustado y una expresión llena de furia contenida.
Sus tacones resonaban sobre el mármol mientras los guardias dudaban si detenerla.
—¿Qué demonios está pasando? —preguntó mirándome directamente.
Valeria permaneció quieta a mi lado.
Podía sentir su tensión.
Camila finalmente la observó de arriba abajo.
Y sonrió.
Pero aquella sonrisa estaba llena de veneno.
—Así que ella es la famosa prometida.
Sabía perfectamente esa mirada.
Celos.
Orgullo herido.
Peligro.
Camila dio un paso más cerca de Valeria.
—No durará mucho, créeme.
El ambiente se volvió pesado inmediatamente.
Pero entonces ocurrió algo inesperado.
Valeria sostuvo su mirada sin retroceder.
Sin miedo.
—Eso no parece ser tu problema.
Por un segundo incluso yo me sorprendí.
Camila soltó una pequeña risa incrédula.
—¿Sabes con quién estás hablando?
—Con la ex de mi prometido, supongo.
Marco, que seguía cerca de los guardias, prácticamente dejó de respirar.
Y yo tuve que contener una sonrisa.
Porque nadie le hablaba así a Camila Ferrer.
Nadie.
Pero Valeria seguía observándola tranquilamente.
Desafiándola.
Y por primera vez en mucho tiempo…
Sentí ganas de proteger a alguien.