*PRÓLOGO*
*Sonya Smith*
El “lo siento” de Noa sonó a disparo antes que el disparo.
Sonya no bajó el arma. No por él. Por Lucía, que estaba detrás, llorando como si no fuera ella quien había puesto el veneno en su café esa mañana. Amigas. Amantes. Traidores.
“Eran los mejores diez años de mi vida,” dijo Noa. Tenía el dedo en el gatillo. No le temblaba. A Sonya siempre le gustó eso de él.
“Fueron,” corrigió ella.
El estruendo reventó la habitación. Dolió menos de lo que pensó. El suelo estaba frío. El techo, blanco. Lucía se arrodilló y le sostuvo la mano mientras se iba. Qué detalle.
Sonya Smith, 30 años, la mujer que desarmó carteles y tumbó gobiernos, murió en el piso de su cocina por confiar en dos personas.
Lo último que pensó no fue en venganza. Fue en silencio.
Por fin, silencio.
Y luego, luz.
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*CAPÍTULO 7* *Té con el Emperador*
El Palacio de Invierno no olía a flores. Olía a hierro, a papel viejo y a decisiones que mataban gente.
Sonya Smith se sintió en casa.
Elira Valemot, con su vestido gris y sus manos vendadas, se sintió como un cuchillo envuelto en seda. Inofensivo hasta que lo abrías.
Cassian no la llevó al salón del trono. Ni al comedor imperial donde cien nobles se mataban con sonrisas. La llevó a una torre.
Una habitación redonda, con ventanales de suelo a techo que daban a toda la capital. Libros. Mapas. Armas en las paredes. Una mesa pequeña con dos sillas. Y una tetera humeando.
No había guardias dentro. Estaban fuera. Dos puertas cerradas. Privacidad total. O la trampa más elegante que Elira había visto.
“Toma asiento,” dijo Cassian. Se quitó la capa y la dejó caer. No pidió permiso. Los emperadores no piden. “Odio el protocolo cuando no hay público.”
Elira se sentó. Despacio. Calculando. La silla no tenía respaldo alto. Podía levantarse rápido. La tetera estaba a su derecha. Agua hirviendo. Arma potencial. La ventana a su espalda. Caída de tres pisos. Mala opción.
Cassian sirvió el té él mismo. Dos tazas. Sin sirvientes. Sin venenos posibles, a menos que él ya estuviera muerto.
“_Sangreazul_,” dijo él, empujando una taza hacia ella. “No. Este es _fuegoescarlata_. Del sur. Quema la garganta si no estás acostumbrado. Pero no mata. Solo avisa.”
Levantó su taza. Esperó.
Sonya entendió la prueba. _Bebe primero. Demuestra que no tienes miedo. O que eres estúpida._
Elira tomó la taza. Olió. Cítrico. Picante. Peligroso. Bebió un sorbo.
Le quemó la lengua, la garganta, el pecho. Como tragar brasas. No se inmutó. Sonya había bebido vodka con pólvora en Siberia para entrar en calor. Esto era té de niños.
Dejó la taza. “Está bueno.”
Cassian la miró por encima de la suya. Por primera vez, algo parecido a la sorpresa le cruzó la cara. Duró medio segundo. Luego bebió él. Sin parpadear.
“Montclair va a intentar matarte antes de que acabe la semana,” dijo, sin rodeos. Dejó la taza. “Ahora que te subiste a mi carruaje, eres una amenaza activa. No puede casarse contigo. No puede controlarte. Eres un cabo suelto.”
“No es noticia,” respondió Elira. Su voz era la de Sonya ahora. Sin temblor. Sin la niña rota. “Lleva intentándolo desde que cumplí dieciséis. Solo que antes usaba a mis hermanos. Ahora tendrá que ensuciarse las manos.”
“¿Y Sofía Lauren?” Cassian ladeó la cabeza. La cicatriz de su ceja se tensó. “¿También va a tener un accidente?”
“No,” dijo Elira. “Sofía no va a tener un accidente. Va a tener un ejemplo. Cuando Darian caiga, ella verá lo que le pasa a las ratas que muerden a los dragones. Y elegirá: huir o arrodillarse.”
Silencio.
El cuervo en el alféizar de la ventana graznó. Uno. Largo. Como si aprobara.
Cassian se reclinó en la silla. La estudió. No como hombre. No como emperador. Como general mirando un arma nueva en el campo de batalla.
“Te ofrezco un trato, Elira Valemot,” dijo al fin. “No. Te ofrezco un trato, Sonya Smith. Porque sé que estás ahí. Vi tus ojos en el cenador. Vi tus muescas. Vi cómo no te tembló la mano con el té.”
Elira no lo negó. No tenía sentido. Él ya lo sabía.
“Habla,” dijo.
“Te doy a Darian Montclair,” dijo Cassian. Cada palabra era una losa de mármol. “Su cabeza. Su título. Sus tierras. Su red de contrabando en el este que usa para comprar a tu padre. Te doy las pruebas para desmontarlo delante de toda la corte. Te doy el juicio. Te doy la ejecución.”
Se inclinó hacia delante. Sus ojos grises, iguales a los de ella, no parpadearon.
“A cambio, tú me das tres cosas.”
Elira esperó. No preguntó. Los débiles preguntan. Los fuertes esperan el precio.
“Uno,” levantó un dedo. “Juras lealtad al trono. No a mí. Al trono. Cuando yo no esté, tu cuchillo defiende a mi heredero, no lo apunta.”
“Dos,” otro dedo. “Te casas. No conmigo. Todavía. Con quien yo diga. Una alianza que estabilice el norte. Tu ducado es clave. Necesito que no se desangre en una guerra civil cuando cuelgue a Montclair.”
“Y tres.” Bajó la mano. Su voz se volvió más baja. Más personal. Más peligrosa. “Me dices quién te mató. En tu otra vida. Noa y Lucía. Quiénes eran. Dónde están. Porque si existen en este mundo, o en algún mundo, quiero sus nombres. Los monstruos como tú no mueren por nada. Y yo colecciono monstruos.”
Elira se quedó quieta.
El té se enfriaba. El cuervo seguía mirando.
Sonya Smith hacía listas en su cabeza. _Ventajas: poder, protección, venganza rápida. Desventajas: correa, matrimonio político, revelar mi punto débil._
Treinta y ocho muescas gritaban que no confiara. Que los tratos con reyes siempre tenían letra pequeña escrita con sangre.
Pero Elira Valemot recordó la mano de Darian en su brazo. El “eres mía”. El moretón que ya se formaba.
Y recordó a Mira, en la cocina, con las quemaduras. A su hermana tirada por una ventana.
_Sola tardo meses. Con él, tardo días._
Bebió otro sorbo de _fuegoescarlata_. Dejó que quemara.
“Uno,” dijo Elira. “Juro al trono. Mientras el trono no me ponga una correa al cuello. Si lo intentas, la cuarenta será para ti. Lo prometí.”
Cassian asintió. Aceptando. Respetando.
“Dos,” continuó ella. “Me caso. Pero elijo cuándo. Y me das derecho a veto. Si me pones a un cerdo como marido, lo mato en la noche de bodas y te devuelvo el problema.”
Una esquina de la boca de Cassian se levantó. No era sonrisa. Era reconocimiento.
“Trato,” dijo.
“Tres,” Elira dejó la taza. Sus manos vendadas se apoyaron en la mesa. “Noa y Lucía. Eran mis socios. Mis amantes. Mi familia. Me metieron una bala en la cocina de mi apartamento en Moscú, 2024. Noa dijo ‘lo siento’. Lucía me sostuvo la mano. No sé si existen aquí. Si existen, te doy sus nombres cuando los tenga. Si no... te doy sus tumbas. Porque pienso cavarlas yo.”
El silencio duró tres latidos.
Luego Cassian se levantó. Rodeó la mesa. No la tocó. Solo se paró a su lado, mirando por la ventana a la ciudad que gobernaba.
“Moscú,” repitió. Como si probara la palabra. “2024. No existe. No aquí. Pero la traición... esa sí existe en todos los mundos.”
Se giró hacia ella. Y por segunda vez, hizo algo que nadie esperaba de un emperador.
Le ofreció la mano. No para besar. Para sellar.
“Entonces tenemos un trato, Sonya Smith.”
Elira miró la mano. Sin guante. Cicatrices viejas. Manos de soldado, no de rey.
Recordó la mano de Darian. Posesiva. Violenta.
Recordó la mano de Noa. Con una pistola.
Se puso de pie.
Y estrechó la mano de Cassian Ashford Thorne.
Firme. Sin temblar. De igual a igual.
“Tenemos un trato, Majestad,” dijo.
El cuervo graznó otra vez. Tres veces.
Cuando el carruaje la dejó en Valemot al anochecer, Darian estaba esperando en la escalinata.
Esta vez no la tocó.
Solo la miró, con odio puro, mientras ella subía los escalones sin cojear, sin bajar la cabeza, con olor a _fuegoescarlata_ en la ropa.
Esa noche, Elira hizo la muesca treinta y nueve.
No en la ventana.
En el marco de la puerta de su cuarto.
Porque ya no estaba marcando víctimas.
Estaba marcando los días que le quedaban a Darian Montclair.
Quién se atraviese primero y por qué... Montclair o el trono.🤨😈😏😈🙎♀️