Esta es una intensa novela psicológica y dramática para adultos que explora la compleja y prohibida transición emocional entre dos hermanastros que, tras años de convivencia, deben enfrentarse a sus crecientes deseos en medio de una tensión familiar ineludible
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El límite de la realidad
La penumbra de la habitación parecía palpitar al ritmo de sus corazones desbocados. Ji-hoon, poseído por una urgencia que ya no encontraba diques de contención, comenzó a despojar a Hana de las pocas prendas que aún velaban su pudor. Sus manos, decididas y febriles, liberaron primero la camisa y luego, con una precisión que rozaba la devoción, dejaron a Hana únicamente en su ropa interior de encaje. Él la observaba con una intensidad que se sentía como un peso físico sobre su piel; en sus ojos no había rastro de la frialdad de los meses pasados, solo una necesidad devoradora.
Con una facilidad que denotaba su superioridad física, Ji-hoon la tomó en brazos y la depositó sobre la cama, como si fuera el tesoro más preciado y, a la vez, el mayor de sus peligros. Mientras él comenzaba a despojarse de sus propios pantalones, Hana sintió que el aire se tornaba denso. Cuando se deshizo de la última barrera de tela, dejando su cuerpo expuesto, ella no pudo evitar que sus ojos se desviaran hacia su desnudez. La dureza de Ji-hoon, contenida apenas por su bóxer, era una visión imponente. No se asemejaba a las imágenes bidimensionales que ella había visto en sus revistas; era una realidad física, palpitante y de una magnitud que la dejó sin aliento, estimando en su mente que superaba ampliamente cualquier expectativa. Trago saliva, sintiendo cómo la garganta se le cerraba por la mezcla de nervios y una excitación eléctrica que le recorría la espina dorsal.
Él se dejó caer sobre ella, el calor de sus cuerpos desnudos encontrándose como dos fuerzas de la naturaleza. Sus besos, cargados de una nueva autoridad, comenzaron a trazar un mapa de fuego desde la comisura de sus labios hasta el cuello, mientras sus manos, grandes y exigentes, apretaban sus pechos con un hambre que no daba tregua. Hana estaba perdida, su mente se había desvanecido para darle paso a una marea de sensaciones táctiles.
En medio de aquel caos de caricias, Ji-hoon se acercó a su oído, su voz apenas un rugido ahogado por el deseo:
—Tócame... —susurró, una orden que fue también una súplica.
Aquella palabra fue el detonante. La mano de Hana, movida por un instinto que no sabía que poseía, descendió lentamente hasta el centro mismo de la tensión de Ji-hoon. Al rodearlo, se dio cuenta de que sus dedos apenas lograban abarcar la firmeza que pulsaba bajo su tacto. Sintió la textura húmeda y cálida que confirmaba cuánto la deseaba él, un detalle que hizo que el jadeo de Ji-hoon se transformara en un gruñido gutural. Sus manos, con una urgencia renovada, desabrocharon finalmente su brasier, liberando sus pechos para que él pudiera reclamarlos con sus labios. Hana arqueó la espalda, una convulsión de placer recorriéndole el cuerpo cuando el contacto de la boca de él sobre su piel sensible le provocó un gemido que no pudo contener.
Mientras él comenzaba a explorar su humedad, acariciando con una destreza que la dejaba al borde del abismo, Hana sintió que todo lo que conocía de sí misma se estaba disolviendo. El calor era tanto que parecía que la habitación misma estaba ardiendo. Estaba lista, entregada, consciente de que en cuestión de segundos el umbral de su virginidad iba a ser cruzado para siempre. El mundo, su hermano, su familia, todo carecía de importancia frente a aquel instante de entrega total.
Justo cuando la tensión alcanzaba su punto crítico, una vibración distinta rompió el hechizo. El sonido de una llave girando en la cerradura de la puerta principal, seguido por el chirrido de la madera, rebotó por toda la planta baja de la casa como un disparo.
—¿Ji-hoon? ¿Hana? ¡Ya llegamos! —la voz de su madre, clara, autoritaria y completamente ajena a la tormenta que ocurría en la planta alta, resonó en el vestíbulo.
El mundo se paralizó. Los ojos de Hana y Ji-hoon se encontraron, el deseo dando paso a un pánico frío mientras la realidad, con su rostro más severo, los llamaba desde abajo.