Noah Sullivan lleva años preparándose para obtener la beca internacional más prestigiosa de la universidad. Cada examen, cada trabajo y cada sacrificio han tenido un único objetivo: ganar.
Todo parece ir según lo planeado hasta que aparece Leo Moreau.
Popular, talentoso y desesperadamente encantador, Leo se convierte en el único rival capaz de disputarle la beca. Desde el primer encuentro, la tensión entre ambos es inmediata. Cada clase se transforma en una competencia y cada conversación en un desafío.
Cuando el director del programa anuncia que los dos candidatos finales deberán colaborar en un proyecto conjunto para demostrar sus capacidades de liderazgo, Noah siente que es una condena.
Sin embargo, cuanto más tiempo pasan juntos, más difícil resulta ignorar lo que hay detrás de las máscaras que ambos han construido.
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19
Los primeros meses en Cambridge fueron una inmersión vertiginosa en dos mundos distintos. Para Noah, era un sueño hecho realidad. Paseaba por los mismos pasillos que Newton y Rutherford, debatía con profesores cuyos nombres había leído en sus libros de texto, y pasaba horas en el laboratorio Cavendish, rodeado de un equipo y una financiación que superaban sus expectativas más salvajes. Se sentía como un pez en el agua, una partícula que finalmente había encontrado su órbita perfecta.
Para Leo, era un desafío constante. El sistema universitario británico era más rígico, menos centrado en el espíritu de equipo que el americano. Sus compañeros de equipo en el club de hockey de Cambridge eran talentosos, pero distantes, y la presión de mantener su beca académica, algo que en Westbrook había sido una consecuencia de su talento, aquí era una lucha diaria.
—No entiendo por qué tenemos que escribir un ensayo de cinco mil palabras sobre la "sociología del deporte británico" —se quejaba Leo una noche, tirando libros sobre la mesa de la cocina de su pequeño apartamento—. ¡Yo solo quiero jugar! ¿Qué tiene que ver Shakespeare con la forma en que se lanzan un disco?
Noah, que estaba en la sala contigua, revisando datos de su último experimento sobre colisiones de iones pesados, sonrió. —Es un sistema diferente, Leo. Aquí valoran el contexto teórico tanto como la habilidad práctica. Es como... la diferencia entre la física aplicada y la física teórica. Ambas son válidas, solo buscan el conocimiento de maneras distintas.
—Sí, bueno, tu física teórica puede ir al infierno —murmuró Leo, pero sin malicia—. Yo solo aprobar esta maldita asignatura para poder concentrarme en lo que de verdad importa: patinar sobre hielo y no congelarme hasta los huesos.
A pesar de sus frustraciones, Leo encontró su propio camino. Su carisma natural y su ética de trabajo lo hicieron ganarse el respeto de sus compañeros y entrenadores. Empezó a organizar sesiones de entrenamiento extra para los jugadores más jóvenes, aplicando las lecciones de liderazgo que había aprendido del festival. Noah a menudo lo observaba desde las gradas, admirando no solo su habilidad en el hielo, sino su paciencia, su capacidad de inspirar.
Una tarde fría de noviembre, Noah estaba en el laboratorio, frustrado. Los resultados de su último experimento no coincidían con sus predicciones. Era una desviación minúscula, casi insignificante, pero para Noah, era una falla en la estructura del universo.
—No tiene sentido —murmuró para sí mismo, revisando los cálculos por décima vez—. La descomposición debería seguir el patrón estándar. Si no es así, significa que me falta una variable fundamental.
Esa noche, llegó a casa irritado y silencioso. Leo, que se estaba recuperando de un partido especialmente duro, lo notó de inmediato.
—Déjame adivinar —dijo Leo, pasándole una taza de té—. El universo se niega a seguir tus reglas de nuevo.
—Es una anomalía —dijo Noah, su voz tensa—. Una inconsistencia. Si mis datos son correctos, y lo son, todo lo que creíamos saber sobre esta partícula podría estar... equivocado. O mis datos están equivocados. Y no puedo permitírmelo.
—¿Por qué no lo dejas estar por hoy? —sugirió Leo, su mano reposando en el hombro de Noah—. Ven. Paseemos.
Noah quería protestar, quería volver a sus datos, a su problema, pero la calidez de la mano de Leo y la sinceridad en su voz lo desarmaron. Asintió, y salieron a caminar por las orillas heladas del río Cam.
—Mira —dijo Leo, señalando los reflejos de las luces de la ciudad en el agua oscura—. Es hermoso, ¿verdad? Y caótico. No hay un patrón perfecto. Las ondas se cruzan, las luces se distorsionan. Es un desorden hermoso.
—Es física de fluidos y óptica —dijo Noah, automáticamente—. Hay patrones si sabes dónde buscar.
—¿Y si el patrón es el desorden? —preguntó Leo—. ¿Y si la belleza está en la imperfección?
La pregunta resonó en Noah. Se quedó mirando el agua, y por primera vez, no vio ecuaciones. Vio simplemente la belleza. La belleza imperfecta, caótica y real.
—Mi problema —dijo Noah finalmente, su voz más suave—. No es que los datos sean incorrectos. Es que estoy viendo el problema de la manera incorrecta. Estoy intentando encajarlo en un modelo existente, en lugar de... en lugar de permitir que el modelo se expanda.
Leo sonrió. —Exacto. A veces, tienes que romper las reglas para crear algo nuevo. Como en el hockey. A veces, la jugada ganadora no es la que está en el libro de jugadas. Es la que improvisas, la que sientes.
La idea de Leo, simple y directa, fue como un interruptor que se encendió en la mente de Noah. No estaba fallando. Estaba descubriendo.
Al día siguiente, volvió al laboratorio con una nueva perspectiva. No intentaba forzar sus datos para que encajaran. Los dejó hablar. Y empezó a ver algo. Un eco débil, un patrón que no se parecía a nada que hubiera visto antes. Era la semilla de una nueva teoría. Una teoría que podría cambiarlo todo.
—Creo que... creo que lo tengo —le dijo a Leo esa noche, con una emoción que no podía contener—. No es una falla. Es una nueva partícula. O una nueva interacción. No lo sé. Pero es... nuevo.
Leo lo abrazó, su felicidad por Noah tan genuina y pura que Noah sintió el amor de Leo como una fuerza física, un campo que lo envolvía y lo sostenía. —¡Te lo dije! ¡Sabía que lo conseguirías! ¡Mi genio!
—Nuestro genio —corrigió Noah, y por primera vez, la palabra no se sentía como una jactancia, sino como un hecho compartido—. Tú me ayudaste a verlo. A salir de mi cabeza y a mirar el mundo de una manera diferente.
El éxito de Noah en el laboratorio se acompañó de un nuevo desafío. Un prestigioso simposio de física teórica en Ginebra. Era la oportunidad de presentar su descubrimiento ante la comunidad científica mundial. La oportunidad que había estado esperando toda su vida.
—¿Debo ir? —preguntó Noah a Leo una noche, mientras empacaba su maleta—. Significaría dejarlo por una semana. Nuestra primera gran separación.
—Por supuesto que debes ir, idiota —dijo Leo, dándole un puñetazo juguetón en el brazo—. Esta es tu cosa. Tu momento. Seré tu mayor fan desde aquí. Aprenderé a usar Skype para no perdérmelo.
La separación fue más difícil de lo que ambos esperaban. Las llamadas por video eran un consuelo insuficiente. Noah se sentía perdido en el mundo académico, rodeado de gente que admiraba pero que no comprendía. Leo se sentía solo en Cambridge, el apartamento demasiado silencioso sin la presencia constante de Noah.
—Te extraño —le dijo Noah una noche, su voz cansada después de un largo día de conferencias—. Extraño tu caos. Extraño tu forma de desordenar mis cosas y de hacerme reír cuando estoy demasiado serio.
—Yo también te extraño —dijo Leo, su voz suave—. Extraño tu silencio. Extraño la forma en que me miras cuando piensas que no me doy cuenta. Extraño tener a alguien a quien contarle mi día, por aburrido que haya sido.
—Pronto volveré a casa —prometió Noah—. A nuestro hogar.
La presentación de Noah en Ginebra fue un éxito. Sus datos eran sólidos, su teoría, audaz pero bien fundamentada. Fue aclamado como uno de los jóvenes físicos más prometedores de su generación. Pero mientras estaba de pie en el escenario, recibiendo los aplausos, todo lo que podía pensar era en Leo. Deseaba que estuviera allí, no para compartir el éxito, sino para darle sentido a ese éxito.
Cuando regresó a Cambridge, Leo lo esperaba en el aeropuerto. No había flores, no hay carteles. Solo estaba allí, con una sonrisa que decía todo. Y cuando Noah corrió hacia él y lo abrazó, sintió como si estuviera volviendo a casa, no a un apartamento, sino a su verdadero hogar.
—Lo hiciste —dijo Leo, sus ojos brillantes de orgullo—. Les mostraste cómo es.
—Nosotros lo hicimos —dijo Noah, y esta vez, no había ninguna duda en su mente—. Siempre es nosotros.
Esa noche, acurrucados en su cama, Noah le contó a Leo sobre el futuro. Sobre las ofertas de trabajo, sobre las oportunidades de investigación, sobre un mundo que se abría ante él.
—¿Y qué pasa con nosotros? —preguntó Leo, su voz tranquila—. ¿Con tu carrera? ¿Con mi carrera? ¿Encajamos?
Noah lo miró, y supo que esta era la pregunta importante. La variable que lo había estado eludiendo.
—Encajamos —dijo Noah, con una convicción que nacía del corazón, no de la mente—. Porque no somos dos carreras separadas, Leo. Somos una sola vida. Y la encontraremos. Uniremos la física y el hockey. El orden y el caos. Tu mundo y el mío. Crearemos nuestra propia teoría del todo.
Leo sonrió, y en esa sonrisa, Noah vio el futuro. Un futuro impredecible, caótico, y maravillosamente real. Un futuro lleno de desafíos y alegrías, de descubrimientos y derrotas, de amaneceres compartidos y atardeceres en silencio. Un futuro que no podría predecir, pero que sabía, con una certeza que trascendía la lógica, sería el más grande de todos.
Porque había aprendido que el universo no estaba regido solo por ecuaciones y leyes. También estaba regido por el amor. Y ese era su descubrimiento más importante. Su propia y personal teoría del todo. Y era perfecto.