NovelToon NovelToon
Tu Peor Deseo

Tu Peor Deseo

Status: Terminada
Genre:Venganza / Completas
Popularitas:509
Nilai: 5
nombre de autor: ska

Para el mundo, Elena Vance es una camaleona indescifrable; para las mujeres atrapadas en relaciones tóxicas, es su última línea de defensa. Elena dirige una organización clandestina que ayuda a víctimas de hombres peligrosos y abusivos. Su método no es la violencia, sino la seducción psicológica: estudia a los objetivos, descubre sus deseos más profundos y se transforma físicamente y en personalidad en su "mujer ideal". Una vez que el abusador muerde el anzuelo y se obsesiona con ella, Elena expone sus verdaderos rostros ante la ley o la sociedad, liberando a sus víctimas.

Sin embargo, jugar con monstruos tiene un costo. El peligro real comienza cuando el detective asignado a investigar la extraña ola de "hombres poderosos arruinados" empieza a seguirle el rastro, desatando un romance de alta tensión, mientras el criminal más peligroso de la ciudad descubre su juego y la convierte en su presa.

NovelToon tiene autorización de ska para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 11

La furgoneta diésel ascendía por la carretera estatal 42 con un traqueteo rítmico que parecía acompasarse con el latido denso y pausado de la montaña. Detrás de ellos, a más de trescientas millas de distancia, la metrópoli costera ya no era ni siquiera una línea de ceniza en el horizonte; se había convertido en un recuerdo abstracto, una masa de cemento y ambición que devoraba a sus propios hijos bajo el resplandor de los carteles de neón. Aquí arriba, a casi dos mil metros sobre el nivel del mar, el mundo se reducía a la inmensidad del bosque de coníferas, al olor a resina húmeda y a la niebla helada que bajaba de las cumbres de *Blackwood* como un sudario de gasa blanca.

Liam Cross mantenía los ojos fijos en las curvas cerradas del camino de tierra batida que se abría paso entre los desfiladeros de granito. Sus manos, antes habituadas al tacto frío de la culata de acero de su arma reglamentaria o al volante de cuero de su coche de patrulla, ahora se aferraban al plástico desgastado de la furgoneta con una familiaridad nueva y áspera. La herida de su antebrazo, limpia y suturada por las manos expertas de Marcus, ya no pulsaba con el dolor agudo de la madrugada, sino con una rigidez sorda que le recordaba, a cada giro del volante, que su antigua vida había sido amputada para siempre.

En el asiento del copiloto, Elena Vance observaba las copas de los pinos que pasaban como lanzas negras contra el cielo gris de la tarde. No llevaba el traje táctico de kevlar ni las pelucas de fibra óptica de sus misiones en los distritos financieros; vestía una camisa de franela a cuadros sobre una camiseta de algodón térmico, unos vaqueros gastados y unas botas de montaña que mostraban las marcas del barro del norte. Sus ojos grises, antes calculadores y fijos en las líneas de código de las pantallas del búnker, ahora reflejaban una quietud profunda, casi mineral, como si la densidad de la montaña hubiera comenzado a filtrarse en su propia arquitectura mental.

—El GPS civil dejará de emitir señal en los próximos dos kilómetros, Liam —dijo Elena, su voz natural regresando con esa cadencia baja y grave que carecía de cualquier rastro de afectación dramática—. A partir del desvío del aserradero abandonado, nos guiaremos únicamente por los marcadores visuales analógicos que Marcus instaló el invierno pasado. Tres muescas en la corteza de los pinos centenarios a la izquierda del camino. Si ves una patrulla de guardabosques antes de llegar a la valla perimetral, no reduzcas la velocidad. No tienen jurisdicción para detener un vehículo utilitario de mantenimiento a menos que haya una orden de incautación forestal activa.

Liam desvió la mirada por un segundo hacia el espejo retrovisor lateral, asegurándose de que el remolque de lona donde Marcus custodiaba los últimos bastiones de su tecnología no sufriera por los baches del terreno.

—Los guardabosques de esta zona están ocupados buscando cazadores furtivos o excursionistas perdidos en el sector norte, Elena —respondió Liam, su tono ronco y sereno transmitiendo una solidez que actuaba como un bálsamo para la tensión residual de la mujer—. Revisé los canales de radio analógicos del condado antes de salir de la última gasolinera. El departamento del sheriff local tiene una plantilla de seis hombres para cubrir un territorio del tamaño de un país pequeño. Para ellos, somos solo dos trabajadores del servicio de telefonía que suben a revisar las líneas muertas antes de que comiencen las tormentas de invierno. Estamos limpios.

Elena extendió la mano hacia el salpicadero, desconectando el módulo de radio digital del vehículo para evitar que cualquier rebote de señal de las torres de telefonía de largo alcance pudiera triangular su posición física.

—La limpieza en este mundo no es una condición permanente, Liam; es una ventana de tiempo que se cierra un milímetro cada hora —analizó ella, mirándolo de perfil—. Julian Vance estará bajo custodia federal en Nevada, pero los contratos del Proyecto Perséfone tienen cláusulas de activación automática en caso de inhabilitación del supervisor principal. Si una sola de las corporaciones que financiaban los laboratorios de la frontera descubre que los discos duros de la clínica del sur fueron vaciados desde una IP flotante en el oeste, enviarán rastreadores de espectro que no necesitan el permiso del sheriff local para operar en los bosques.

Liam detuvo la furgoneta frente a un desvío apenas visible, semioculto por una cortina de ramas de abeto caídas. Apagó los faros principales, dejando únicamente las luces de posición de color ámbar que cortaban la niebla con un resplandor fantasmal. Se giró por completo hacia ella, buscando la mirada gris de la Camaleona con una determinación que desafiaba la prudencia de la operativa militar.

—Que envíen a quien quieran, Elena —dijo el detective, su mano izquierda buscando la de ella en la penumbra del habitáculo y entrelazando sus dedos con una presión lenta y deliberada—. Ya no estamos corriendo por los callejones húmedos de un distrito financiero donde cada cámara de tráfico era un ojo de Julian. Este es mi terreno ahora. Crecí en los bosques del norte antes de ponerme la placa de policía. Sé cómo escucha la montaña, sé cómo se ocultan las huellas cuando la tierra se enfría y sé cómo caza un hombre cuando no tiene nada que perder. Si vienen a buscarte a *Blackwood*, descubrirán que las sombras de este bosque tienen dientes.

Elena sintió que el frío crónico que arrastraba en la base de la nuca desde su encuentro en el ático del edificio *Meridian* finalmente cedía ante el calor de la mano de Liam. No era el mimetismo lo que la unía a este hombre, no era el diseño de una respuesta conductual calculada en una celda de aislamiento; era la certeza de que, por primera vez en su existencia, alguien estaba dispuesto a compartir el invierno de su vida sin pedirle que cambiara de rostro para mitigar el miedo.

Se inclinó hacia él, apoyando su frente contra el hombro del detective, permitiendo que el olor a cuero viejo y a tabaco frío de su chaqueta la envolviera como un escudo de realidad.

—A veces olvido que eres un sabueso, detective Cross —susurró ella contra su piel, con una sutil vibración de ternura que habría escandalizado a su antiguo mentor.

—Nunca dejas de ser un sabueso, camaleona —respondió Liam, depositando un beso suave en la coronilla de su cabello castaño—. Solo cambias de presa. Y ahora mismo, nuestra única presa es el silencio. Vamos a buscar a Marcus.

 

La estación de retransmisión de ondas de radio de *Blackwood* emergió de la bruma como el esqueleto de un cetáceo prehistórico de la guerra fría. Construida a finales de la década de los sesenta por el Ministerio de Defensa para coordinar las transmisiones de baja frecuencia con los submarinos del Pacífico, la estructura consistía en un búnker semienterrado de hormigón armado, rematado por una inmensa torre de celosía de acero que se alzaba cuarenta metros hacia el cielo gris, con sus antenas parabólicas oxidadas apuntando a la nada como orejas sordas en la inmensidad del bosque.

Marcus ya había abierto el portón de hierro de la zona de carga inferior utilizando un soplete de plasma para derretir los candados de alta seguridad que la comisión forestal había instalado hacía décadas. Cuando la furgoneta gris entró en el espacio subterráneo, el olor a humedad confinada, a gasóleo viejo y a piedra fría los recibió con la solemnidad de una tumba militar.

El técnico estaba de pie junto a un generador autónomo del tamaño de un utilitario, con las manos manchadas de grasa negra y una lámpara halógena sujeta a la solapa de su sudadera. Al ver los faros de la furgoneta, levantó el brazo en un saludo mecánico antes de accionar una palanca de bronce que conectaba el circuito auxiliar de la instalación.

Con un zumbido ensordecedor que hizo vibrar las vigas de hormigón del techo, el generador geotérmico cobró vida. Una hilera de bombillas industriales de color amarillo pálido se encendió de manera intermitente a lo largo del pasillo central, revelando la inmensidad de la estación del silencio: las paredes de hormigón visto mostraban aún los carteles de señalización militar en pintura roja, y el suelo de linóleo verde estaba cubierto por una fina capa de polvo que no había sido perturbada en cuarenta años.

—El sistema de ventilación forzada está operativo al setenta por ciento, Elena —explicó Marcus, acercándose al vehículo mientras se limpiaba las manos con un trapo de algodón—. Los filtros de carbón activado que instalé el año pasado han evitado que el moho destruya los conductos de aire. La temperatura en los niveles inferiores se mantiene constante a doce grados gracias al flujo geotérmico del subsuelo. Estamos completamente aislados de las fluctuaciones térmicas de la superficie.

Elena bajó de la furgoneta, analizando la estructura con la mirada analítica del operative que evalúa las líneas de defensa de un cuartel general. Caminó hacia el centro de la sala, donde tres inmensas consolas de comunicaciones de baquelita negra permanecían mudas, despojadas de sus componentes de tubos de vacío de la era soviética.

—¿Cómo está el enlace ascendente, Marcus? —preguntó ella, dejando su mochila sobre una de las mesas metálicas.

Marcus sonrió, una mueca de triunfo tecnológico que iluminó su rostro demacrado. Señaló con el destornillador hacia un panel secundario donde una hilera de luces LED de color azul brillante desentonaba por completo con la estética analógica del búnker.

—El puente de fibra óptica que instalé aprovecha las antiguas líneas subterráneas de cable coaxial de la marina —detalló el técnico con orgullo—. Conecté un módem cuántico de espectro ensanchado que salta entre las frecuencias residuales de tres satélites meteorológicos privados que la corporación de Delaware dejó en órbita geoestacionaria. Para el mundo exterior, el tráfico de datos de esta estación es indistinguible de las anomalías estáticas que provocan las tormentas solares en la ionosfera. Tenemos un ancho de banda limpio de tres gigabits por segundo sin dejar una sola IP de origen en los servidores del continente.

Liam bajó del vehículo, arrastrando una pesada caja de madera con provisiones de larga duración. Miró las consolas de comunicaciones y las gruesas paredes de hormigón que los rodeaban, sintiendo que la presión institucional del departamento de policía se desvanecía por completo bajo el peso de los cuatro metros de granito que los separaban del cielo.

—Este lugar parece una fortaleza, Marcus —comentó Liam, dejando la caja sobre el suelo de linóleo—. Pero una fortaleza necesita una salida de emergencia si las cosas se complican en el pozo de entrada.

Marcus asintió, caminando hacia la pared trasera del búnker, donde una pesada escotilla neumática con un volante de hierro cerraba el acceso a un túnel secundario.

—El túnel de drenaje pluvial desciende dos kilómetros por el interior de la falla geológica de la montaña —explicó el analista—. Sale directamente a una antigua cantera de piedra abandonada en el sector sur de *Blackwood*, donde dejé una segunda furgoneta con placas de matrícula falsificadas del estado vecino y un suministro de combustible de reserva para quinientas millas. Si el perímetro superior de la torre de radio es comprometido, tenemos un tiempo de evacuación de cuatro minutos antes de que el enemigo pueda rodear la ladera inferior.

Elena se acercó a la mesa donde Marcus ya estaba desplegando los componentes del nuevo servidor modular. Tomó uno de los discos duros que contenían los archivos de las mujeres salvadas en la metrópoli costera y lo introdujo en la ranura de lectura con un movimiento preciso y limpio.

—La fase de ocultación ha terminado, Marcus —sentenció Elena, su mirada gris reflejando el brillo azul de los indicadores luminosos de la consola—. Ahora comenzamos la fase de vigilancia pasiva. Quiero un barrido continuo de los canales de la fiscalía federal en Nevada. Necesito saber cada vez que Julian Vance respire, cada vez que un abogado de la inteligencia militar intente revisar su expediente de aislamiento. Él cree que el Proyecto Perséfone murió en el ático del edificio *Meridian*, pero el proyecto solo ha cambiado de manos.

Liam se colocó detrás de ella, apoyando sus manos en el respaldo de la silla metálica. Su presencia física era un anclaje de solidez ruda que equilibraba la frialdad tecnológica del entorno.

—Y no nos limitaremos a Julian, Marcus —añadió el detective, su voz adquiriendo esa vibración de autoridad que solía usar en las salas de interrogatorios de homicidios—. Quiero un canal abierto con las comisarías del distrito norte y sur de la metrópoli. Si hay un patrón de desapariciones de mujeres que la policía local archive bajo la categoría de "fugas voluntarias" debido a la presión de los sindicatos corporativos, quiero las fichas de los sospechosos en esta pantalla antes de que los cuerpos lleguen a la morgue. La Camaleona ya no opera para un contratista de defensa; opera para las grietas del mapa.

Marcus los miró a ambos, dándose cuenta de que la alianza entre la vigilante de laboratorio y el policía de calle había mutado en una estructura operativa perfecta, una fusión de métodos donde la precisión geométrica de Elena era guiada por el instinto moral y protector de Liam.

—Entendido, jefa. Entendido, detective —respondió Marcus, sus dedos comenzando a bailar sobre el teclado con una velocidad frenética—. Bienvenidos a la Estación del Silencio. El fuego digital ya está encendido.

 

A las 9:00 p.m., la noche en la montaña de *Blackwood* se había vuelto un abismo de negrura y viento helado que hacía silbar las estructuras de acero de la inmensa torre de comunicaciones exterior. La niebla se estrellaba contra los ventanucos reforzados de la planta superior de la estación, transformando la realidad exterior en una sucesión de sombras difusas que se movían al ritmo de las ráfagas de la tormenta forestal.

Dentro del búnker subterráneo, la temperatura se había estabilizado gracias al calor residual del generador geotérmico. Marcus se había retirado a uno de los antiguos dormitorios de la dotación militar en el nivel tres para descansar tras catorce horas de configuración tecnológica, dejando el centro de mando en un silencio sepulcral, iluminado únicamente por el resplandor azul y verde de los servidores modulares que procesaban la información del continente.

Liam Cross permanecía sentado en un banco de madera junto a la consola de comunicaciones central, limpiando los componentes de su pistola de 9 milímetros con un trapo impregnado en aceite mineral. Sus movimientos eran lentos, casi meditativos, el hábito de un hombre que encontraba en la mecánica de las armas un punto de equilibrio contra el caos de sus propios pensamientos.

Elena apareció desde el pasillo de los depósitos, descalza y vistiendo una camiseta negra holgada que le caía hasta los muslos. Su cabello castaño estaba húmedo tras una ducha fría, y sus ojos grises reflejaban la calma de quien finalmente ha encontrado un refugio temporal en medio de la persecución.

Caminó en silencio hacia Liam, se colocó entre sus rodillas abiertas y le quitó el trapo de limpieza de las manos con un movimiento suave pero indiscutible. El detective levantó la vista, sus ojos verdes encontrándose con los de ella en la penumbra azulada de la sala de servidores.

—Estás pensando en la placa, Liam —dijo Elena, su voz siendo un susurro que se fundía con el zumbido de los ventiladores del servidor.

Liam dejó las piezas del arma sobre el banco de madera y rodeó la cintura de ella con sus brazos fuertes, atrayendo su cuerpo hacia el suyo hasta que el calor de sus torsos se mezcló a través de la tela delgada de sus ropas.

—No pienso en la placa, Elena —respondió Liam, su tono ronco lleno de una sinceridad que hizo que la mujer se estremeciera sutilmente—. Pienso en el primer día que te vi en aquella cafetería del distrito norte. Llevabas un traje de sastre gris y te hacías llamar Valeria Volkova. Tu postura era perfecta, tu lenguaje corporal no mostraba una sola fisura, y tus ojos me miraban como si fuera un insecto bajo el microscopio de un laboratorio. Me pasé tres días revisando tus archivos de aduanas porque mi instinto me decía que estabas hecha de una materia diferente a la de los criminales ordinarios de la ciudad.

Elena esbozó una sonrisa melancólica, apoyando sus manos en los hombros del detective, sintiendo la dureza de sus músculos bajo la camisa de franela.

—Valeria Volkova era un buen personaje, Liam —admitió ella, permitiendo que sus dedos acariciaran la comisura de su labio herido con una suavidad infinita—. Estaba diseñada para atraer a hombres con un alto nivel de control financiero y baja tolerancia a la frustración emocional. Si no hubieras sido un policía obstinado con un sentido de la justicia ridículamente anticuado, Valeria te habría conducido a un callejón sin salida y yo habría desaparecido de la ciudad tres semanas antes.

—Pero no desapareciste —dijo Liam, sus manos subiendo por la espalda de ella, sintiendo la flexibilidad elástica de su columna y la fragilidad real de la mujer que se ocultaba detrás de las fibras de kevlar—. Te quedaste cuando Pendelton envió a sus hombres al puerto. Te quedaste cuando me encerraron en la clínica de Novak. Y te quedaste esta madrugada cuando pudiste haber abordado un barco hacia Europa con los archivos de Julian. ¿Por qué te quedaste, Elena? Necesito escucharlo de la mujer que no tiene un guion escrito en la memoria de un ordenador.

Elena guardó silencio durante un largo segundo. Los ventiladores del servidor emitían una nota sostenida que parecía medir los latidos de su corazón. Miró el rostro herido de Liam, las arrugas de expresión que el dolor y la honestidad habían dibujado alrededor de sus ojos verdes, y se dio cuenta de que la respuesta no pertenecía al manual del Proyecto Perséfone; pertenecía a la verdad que él le había devuelto en el coche húmedo de la metrópoli.

—Me quedé porque tú me mirabas, Liam —susurró ella, y una lágrima limpia, cristalina, resbaló por su mejilla desprovista de máscaras, reflejando la luz azul del monitor—. Julian me enseñó a cambiar de rostro para que el mundo viera lo que deseaba ver. Pero tú... tú fuiste el único hombre que buscó mis ojos reales detrás de los ojos de Valeria, de Alejandra y de Clara. Contigo no tengo que recordar una secuencia de comandos; contigo solo tengo que respirar. Me quedé porque, por primera vez en mi vida, el rostro que veo en el espejo por las mañanas es el mío. Y ese rostro te pertenece.

Las palabras de Elena rompieron el último dique de contención que el detective de homicidios mantenía frente a la intensidad de sus emociones. Liam la atrajo hacia sus labios en un beso largo, profundo, cargado de una desesperación salvaje y de una devoción absoluta que sellaba su alianza en el exilio. Ya no importaba la ley del continente, ni los secretos militares de la frontera, ni el destino de las corporaciones que controlaban los hilos de la metrópoli; en medio de la estación del silencio de *Blackwood*, el cazador y la Camaleona habían encontrado la única verdad que valía la pena defender en un mundo construido con mentiras de alta fidelidad.

Se amaron allí mismo, sobre el suelo de linóleo verde y bajo el resplandor azul de los servidores que procesaban los nombres de los monstruos que debían cazar en el futuro. Fue un encuentro rudo, intenso, desprovisto de la delicadeza artificial de los romances de salón pero impregnado por la complicidad absoluta de dos sombras que sabían que su única balsa de salvación en el océano de la clandestinidad era el cuerpo del otro. La respiración de Elena se mezclaba con la de Liam mientras el viento exterior seguía golpeando la torre de acero de la montaña, un rugido salvaje que celebraba el nacimiento de una fuerza inquebrantable en las grietas del mapa estatal.

 

A las 5:30 a.m., la tormenta forestal había cesado, dejando tras de sí un silencio espeso y una capa de escarcha blanca que cubría las estructuras de la estación de retransmisión. La bruma matutina comenzaba a disiparse en los valles inferiores de *Blackwood*, revelando la inmensidad del bosque que protegía el santuario de las sombras.

Dentro del centro de mando, Marcus estaba sentado frente a la consola principal, con una taza de café humeante entre las manos y los ojos fijos en una línea de código rojo que acababa de parpadear en el monitor secundario de la fiscalía federal.

Elena y Liam aparecieron por el pasillo central, vestidos con sus ropas de montaña y tomados de la mano, mostrando una serenidad que contrastaba con la prisa operativa de la madrugada anterior.

—Tenemos el primer rebote de señal de la metrópoli, Elena —anunció Marcus, sin levantar la vista del teclado—. El departamento del sheriff del condado de *Lowell*, a cincuenta millas de nuestra posición hacia el sur, acaba de introducir un informe en el sistema de alertas estatales. Dos mujeres jóvenes, trabajadoras temporales del complejo textil de la frontera, desaparecieron ayer por la tarde tras salir del turno de las ocho. El vehículo del contratista principal de la planta fue visto en la zona de exclusión forestal hace tres horas. La policía local ha clasificado el caso como "abandono de empleo de carácter migratorio".

Liam se acercó al monitor, sus ojos verdes entornándose con el frío instinto del sabueso que reconoce el rastro del lobo en la nieve.

—El complejo textil de *Lowell* es propiedad de una de las subsidiarias de la corporación fantasma de Pendelton —analizó el detective, su voz adquiriendo una vibración gélida—. No es un abandono de empleo; es una operación de extracción interna para limpiar las pruebas antes de que los auditores federales revisen los contratos de la frontera.

Elena se colocó a su lado, observando el mapa topográfico que Marcus desplegaba en la pantalla. Su rostro real se tensó, no por el miedo de la presa, sino por la resolución implacable de la vigilante que se disponía a ejecutar su primera misión en las grietas del nuevo territorio.

Caminó hacia el armario técnico del búnker, abrió el panel de madera reforzada y extrajo su pistola táctica de aire comprimido junto al juego de micro-dardos sedantes que Marcus había modificado con los compuestos de la clínica de Novak. Se ajustó el cinturón táctico sobre los vaqueros de montaña y se giró hacia Liam, con sus ojos grises brillando con el fuego de una justicia marginal que ya no necesitaba la validación de una placa de acero.

—El invierno de *Blackwood* es muy corto para los hombres que creen que pueden cazar en nuestros bosques, detective Cross —dijo Elena, y una sonrisa hermosa y letal cruzó sus labios por primera vez en la mañana—. Prepara la furgoneta gris. Es hora de mostrarle al contratista de *Lowell* lo que ocurre cuando el peor de tus deseos se encuentra con las sombras de la montaña.

Liam amartilló su pistola de 9 milímetros con un movimiento seco y preciso, sus ojos verdes reflejando la complicidad inquebrantable que los uniría hasta el fin del mundo.

—Dirige el camino, camaleona —respondió Liam, con una sonrisa cínica y atractiva—. Yo cubro tu retaguardia en el hielo.

Los dos operativos se encaminaron hacia el muelle de carga subterráneo, dejando atrás la estación del silencio para adentrarse en la claridad gris de la mañana forestal. Elpasado de Julian Vance había sido devorado por el fuego de la fiscalía, pero el futuro de la Camaleona y el Detective se escribía ahora con las reglas de una alianza inquebrantable que transformaría las grietas del mapa en el cementerio definitivo para los lobos de la metrópoli.

1
Cliente anónimo
👏👏👏
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play