El juzgado de guardia huele a café frío y a desinfectante, son las diez y cuarenta de la noche. Hay un juez con la corbata torcida, dos custodios, una abogada de oficio con tres claveles muertos en sus manos, y un novio culpable.
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Un beso con sabor a vino y deseo.
Una semana después. Ático de Dragan, Barrio Salamanca.
Siete días. Siete noches. Dragan no durmió. Cambiaba vendas, le daba la morfina, le contaba historias de Belgrado para que no pensara en el dolor. Sin tocarla. Sin pedir nada. Solo su voz grave y esa mecha gris velando su fiebre.
Dragan recibe una llamada y es importante su presencia, con gran dolor deja a Elena, pero no la deja sola, la deja con sus hombres de confianza.
Tengo que irme, lepa, le susurra.
“Belgrado arde. Mi banco, mi gente. Vuelvo en cuanto mate lo que tenga que matar”.
Elena, aún débil, lo agarra de la muñeca. Primer contacto buscado. “Regresa sano serbio”.
Dragan se inclina. Le roza la frente con los labios. No es un beso. Es un juramento. “Entonces viviré. Porque prefiero tu bala a cualquier otra”.
Se va. Deja 10 hombres. Todos ex-Vojska. Todos con orden: “Muere antes de que la toquen”.
Elena se cura. Odia las paredes. Odia deberle la vida. Odia que cada noche sueñe con rakija y acento serbio.
Así que hace lo que hace La abogada cuando la encierran: escapa hacia adelante. Dos semanas de soledad y cemento. Elena avisa que se va, pero los hombres de Dragan la cuidan en silencio.
*San Lorenzo de El Escorial. 45km de Madrid. Sierra, piedra y silencio.*
Compra una casa de 1800. Muros de granito, vigas de madera, biblioteca con chimenea. Lejos de políticos. Lejos de Marco. Lejos de Maldivas.
Por primera vez en años, Elena Duarte compra algo para ella. No para sobrevivir. Para vivir.
Pone su placa en la puerta: _E. Duarte. Abogada._ Ni Ledesma. Ni Vuković. Solo suya.
Los hombres de Dragan la siguen. En la sombra. Ella lo sabe. Ya no le molesta.
Tormenta en la sierra.
Elena está descalza, copa de vino, leyendo _Crimen y Castigo_ frente a la chimenea. La bala ya es cicatriz. El corazón... eso es otra guerra.
Golpe en la puerta. Tres toques. Secos. Militares.
Abre. No mira por la mirilla. Ya sabe.
Dragan. Empapado. Traje negro de Belgrado, sangre seca en el cuello de la camisa. Una semana ausente.
No trae rosas. Trae ojos de animal cansado.
“Me dijeron que te mudaste”, dice. Su voz ronca. “Mis hombres no entran sin tu permiso. Yo tampoco”.
Elena lo mira. Un mes de flores. Una bala. Siete noches cuidándola. Una semana para volver.
Ya no ve al banquero. No ve al enemigo de Marco. Ve al único hombre que sangró por ella sin mentirle.
Se hace a un lado. “Pasa, serbio. Antes de que te me mueras en el porche y tenga que enterrarte yo”.
Dragan entra. Deja caer un maletín. Dentro: pasaportes falsos, dinero, su Glock limpia. Herramientas de guerra.
Elena cierra la puerta. Apoya la espalda. Lo mira de arriba abajo.
-¿Te curaron?-, pregunta él, señalando su costado.
-Sí- Se levanta el jersey. Le enseña la cicatriz. Rosa. Nueva. Suya. -Tu médico es bueno-.
Dragan traga saliva. Da un paso.
-¿Y aquí?-, pone la mano en su pecho, sobre el corazón. Sin tocar piel. Solo tela. ¿Esto también curó, lepa?”
Silencio. Solo la lluvia y la leña.
Elena Duarte no miente. Ya no. No después de Marco.
Pone su mano sobre la de él. La deja ahí. Sobre su corazón. Que late como si acabara de correr 10km.
“No”, susurra. “Esto está peor. Desde que te fuiste”.
Dragan cierra los ojos un segundo. Como si le hubieran disparado y doliera bien.
-Elena…-, empieza.
“No”, lo corta.
“Sin discursos, Vuković. Siete años de mentiras me vacunaron. Si vas a quedarte, quédate. Si vas a mentir, vete ahora. Porque no tengo más balas para gastar en idiotas”.
Él sonríe. Por fin. Cansado. Real. Le quita la copa de vino. La deja en la mesa.
“No miento. Te lo dije en la terraza. Mato hombres. Enterré un hermano. Y ahora… ahora no sé vivir sin la abogada que me odiaba hace un mes”.
La besa. Sin permiso. Sin tregua. Con una semana de muerte en los labios y un mes de obsesión en las manos.
Elena no lo aparta. Le devuelve el beso con la rabia de siete años y el hambre de treinta días. Le clava las uñas en la nuca. Donde nace la mecha gris.
La Glock se queda en la mesa. Por primera vez, ninguno de los dos necesita armas.
Afuera, Madrid duerme.
En Maldivas, Marco rompe otra botella al ver la foto de la casa nueva en El Escorial que le pasó un detective.
Y en la sierra, La abogada y el Serbio por fin dejan de cazar y empiezan a arder juntos.
Elena ya no lo mira con gratitud. Lo mira con ganas. Con miedo. Con todo lo que juró no volver a sentir.
Tiene miedo a ser lastimada nuevamente, pero siente cosas distintas por Dragan. Ella ya no quiere ser engañada, Dragan no la quiere dejar, no la puede dejar, ella es parte de él.
-Creo que vamos muy rápido- Elena se separa.
-Aunque sea unos segundos, para mí fue mucho tiempo, los minutos fueron lentos por ese beso.
Lepa, me has dado vida, desde que te vi, te clavaste aquí-
Elena sirve una copa de vino y le da un sorbo. Se acerca nuevamente a Dragan y ahora es ella quien lo besa, esa mezcla de vino y deseo hace que aquella mecha se vaya encendiendo, en una noche de lluvia en San Lorenzo de El Escorial.