En su nueva universidad en Suecia, Axel propone un experimento cruel: demostrar que cualquiera puede protagonizar un cuento de hadas, incluso la chica más invisible del campus. Así llega a Liv, una joven pelirroja, dulce, soñadora y completamente ajena al mundo superficial que la rodea.
Ella cree en la magia.
Él, en las reglas.
Lo que comienza como un juego cuidadosamente planeado, lleno de sonrisas calculadas y emociones manipuladas, pronto se convierte en algo que Axel no puede controlar. Porque Liv no sigue ningún guion… y porque, sin darse cuenta, es ella quien empieza a enseñarle lo que significa realmente vivir.
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Fiesta.
A las seis de la tarde, Liv se encontró parada frente a la entrada de un exclusivo rooftop en el distrito de Le Marais. Desde la calle se escuchaba el estruendo de la música electrónica, el murmullo de voces pretenciosas y el destello de luces de neón que teñían el cielo parisino. Definitivamente, ese lugar no era para ella. Al mirar a las chicas de la fila, vestidas con vestidos de seda de diseñador y tacones altos, se miró a sí misma: sus botas desgastadas, sus jeans oscuros y su abrigo común. El peso de sus inseguridades físicas la golpeó como un balde de agua fría.
—No —dijo de inmediato, dando un paso atrás—. No voy a entrar ahí. Me voy a mi casa.
Axel, que ya saludaba al guardia VIP con un gesto de cabeza, la miró divertido, tomándola suavemente del antebrazo.
—¿Por qué? El lugar tiene la mejor vista de la Torre Eiffel de la ciudad.
—Porque… míralos, Axel —señaló con la cabeza hacia la entrada—. Esto es una jungla de juniors superficiales. Yo no encajo aquí. Soy el blanco perfecto para que se burlen de mi peso o de mi ropa.
—Esto es solo una fiesta, Liv. Nadie se va a burlar de ti mientras estés conmigo.
—Y yo nunca he ido a una. No quiero empezar hoy siendo el experimento social de nadie.
La palabra experimento hizo que a Axel se le helara la sangre por un segundo. ¿Acaso ella sospechaba algo? Se acercó un poco más, reduciendo el espacio entre ambos, obligándola a mirarlo a los ojos. Dejó caer toda la calidez de la que era capaz.
—Liv. Mírame. Confía en mí. No te va a pasar nada.
Dos segundos de silencio. Tres. El aroma al perfume costoso de Axel la envolvió.
—Esa es una pésima idea —murmuró ella, sintiendo el estómago revuelto de los nervios.
—Lo sé. Las mejores ideas siempre lo son.
—¿Y aun así quieres que lo haga?
—Sí. Quiero que entres conmigo.
Liv respiró hondo, tratando de controlar el temblor de sus manos.
—Cinco minutos, Von Lindberg. Si en cinco minutos me siento mal, me voy.
Axel sonrió, triunfante.
—Diez.
—Cinco.
—Ocho.
—Cinco o me doy la vuelta ahora mismo.
—Está bien, cinco. Trato hecho.
Terminaron quedándose más de una hora.
Al principio, Liv caminaba pegada a las barandillas de cristal de la terraza, mirando hacia el vacío de la ciudad como si la policía fuera a arrestarla por no pertenecer a ese estatus social. Axel se encargó de bloquearle la vista hacia el resto de los invitados, manteniéndose como una barrera entre ella y las miradas curiosas.
—Relájate —le dijo Axel, regresando de la barra y acercándole un vaso corto con un líquido translúcido y hielos.
—¿Qué es eso? —preguntó ella con desconfianza.
—Refresco de manzana. Sin alcohol. Promesa de scout.
Liv tomó el vaso y lo olió con los ojos entrecerrados.
—Huele sospechoso. Seguro tiene algo raro.
Axel soltó una carcajada genuina, negando con la cabeza.
—Eres increíble, de verdad. Nadie me cuestiona tanto como tú.
—Eso me lo han dicho exactamente cero veces en la vida. Aquí la gente prefiere pretender que no existo.
Axel la miró fijamente. Por un instante, el brillo de las luces de neón rosa sobre las pecas de Liv y la honestidad brutal de sus palabras lo hicieron olvidar el guion de su apuesta.
—Pues te lo digo yo ahora. Eres interesante, Liv.
Ella lo miró a los ojos, buscando la mentira, el truco, la burla oculta detras de ese rostro perfecto. No encontró nada evidente, pero su intuición seguía encendida. Sin embargo, el halago se sintió cálido en su pecho. Le gustó.
me gustó mucho