En su nueva universidad en Suecia, Axel propone un experimento cruel: demostrar que cualquiera puede protagonizar un cuento de hadas, incluso la chica más invisible del campus. Así llega a Liv, una joven pelirroja, dulce, soñadora y completamente ajena al mundo superficial que la rodea.
Ella cree en la magia.
Él, en las reglas.
Lo que comienza como un juego cuidadosamente planeado, lleno de sonrisas calculadas y emociones manipuladas, pronto se convierte en algo que Axel no puede controlar. Porque Liv no sigue ningún guion… y porque, sin darse cuenta, es ella quien empieza a enseñarle lo que significa realmente vivir.
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Príncipe azul.
Axel sintió un ligero vuelco en el estómago. La perspicacia de la chica era un terreno minado para su apuesta. Para desviar la atención, pidió dos chocolates calientes espesos. Cuando las tazas humeantes llegaron, Liv envolvió la suya con ambas manos, cerrando los ojos por un momento para absorber el calor, como si aquello fuera un tesoro invaluable.
—¿Sabes? —dijo ella en voz baja, mirando la espuma del chocolate—. Siempre quise venir a un lugar como este con alguien.
Axel arqueó una ceja, apoyando los codos en la mesa.
—¿Con "alguien"? Sé más específica, Liv. ¿Estamos hablando de un príncipe azul de tus cuentos de hadas?
Liv sonrió, sin una pizca de la vergüenza que Chloé habría tenido al admitir algo sentimental.
—Sí. Un príncipe. Alguien que no tenga miedo de mirar el mundo con un poco de magia.
Axel soltó una risa corta, teñida del cinismo frío que su padre le había inculcado desde la infancia.
—Lamento romper tu burbuja, pero eso no existe. Los hombres no son príncipes, Liv. El mundo real se mueve por intereses, apellidos y contratos. La magia es solo un invento para quienes no pueden soportar la realidad.
—Claro que existe —insistió ella, sosteniendo la mirada gris de Axel con una firmeza asombrosa—. Existe en los detalles. En el tiempo que alguien te dedica.
—No.
—Sí.
—No, Liv. Confías demasiado en la ficción.
—Tal vez en tu mundo frío de negocios y herencias no exista, Axel —dijo ella, y por un momento, su timidez desapareció, dejando ver una madurez desarmante—. Pero en el mío sí. Y es mucho más real que tus apariencias.
Silencio. Por primera vez en su vida, Axel Von Lindberg se quedó sin palabras frente a una mujer. No supo qué responder porque la convicción en los ojos de Liv lo hizo sentir extrañamente vacío.
Regla número dos: cambiar el tono. Hacerla reír. Esa era la estrategia segura para recuperar el control.
—Te reto —soltó Axel, apartando la taza.
—Tus retos nunca terminan bien, ya lo estoy viendo.
—Te reto a que de aquí al puente puedas caminar diez metros seguidos sin mirar una sola vez al suelo.
Liv bajó la vista de inmediato hacia la mesa, encogiéndose de hombros.
—No puedo hacer eso. Es imposible para mí.
—Exacto. Ese es el problema.
—¡Oye! No es un problema.
—Siempre miras hacia abajo, Liv. Como si le pidieras perdón al suelo por pisarlo.
—Porque… —susurró, con el peso de sus inseguridades físicas aflorando en su voz— es más fácil. Si no miro a la gente, no veo cómo me juzgan. Es una defensa.
—No es una defensa, es una prisión —dijo Axel, levantándose y extendiéndole la mano—. Inténtalo. Solo diez metros. Regla número uno: no puedes decir que no.
Liv miró su mano limpia, de dedos largos. Suspiró, aceptando el desafío. Salieron de la cafetería al aire frío de la tarde. Liv respiró hondo, enderezó la espalda y levantó la barbilla, fijando la vista en los tejados de París.
Un paso. Dos pasos. Tres pasos…
¡Clank!
Su bota tropezó torpemente con la pata de una silla de hierro de una terraza cerrada. Liv soltó un quejido y estuvo a punto de tambalearse, pero Axel la sostuvo del hombro mientras soltaba una carcajada limpia y sonora que resonó en la callejuela.
—¡No te rías, idiota! —le gritó ella, cubriéndose el rostro encendido de la vergüenza, aunque una risa ahogada también se le escapaba.
—Lo siento, de verdad lo siento —dijo Axel, intentando recuperar la compostura sin éxito—. Pero fue… una ejecución terriblemente torpe. Muy estilo Liv.
—Esto cuenta legalmente como abuso psicológico, Von Lindberg.
—Cuenta como progreso, cenicienta. Al menos viste el cielo por tres segundos.
A unos cincuenta metros de distancia, ocultos tras el pilar de un edificio antiguo, Louis y Freja observaban la escena. Louis mantenía una sonrisa burlona mientras fumaba un cigarrillo.
—Hay que admitir que el alemán tiene talento. La tiene riendo como una tonta en pleno Barrio Latino. Está funcionando más rápido de lo que calculamos.
me gustó mucho