Dante Valderrama lo tenía todo bajo control: su club de carreras, su lengua afilada y un corazón blindado contra cualquiera que intentara acercarse. Hasta que una noche, su peor enemigo de la prepa apareció en su puerta empapado de lluvia, sin un centavo y con la sonrisa más descarada del mundo.
Sebastián Montero estaba en la ruina. O eso decía.
"Te voy a mantener", le dijo Dante con una tarjeta negra en la mano y veneno en la voz. "Pero si me estorbas, te echo a la calle."
Lo que Dante no sabía era que el hombre al que le daba mesada llevaba años soñando con volver a estar a su lado. Lo que tampoco sabía era que Sebastián jamás estuvo quebrado.
Entre secretos de familia que apestan a sangre, una madre cuya muerte nadie investigó, y un hombre que lo mira como si fuera lo único real en su vida... Dante va a tener que decidir: ¿confiar duele más que amar, o es exactamente lo mismo?
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Capítulo 22
Cap 22: Huellas rojas
La luz entraba sin permiso por las cortinas mal cerradas. Dante abrió los ojos despacio, como si los párpados le pesaran el doble, y lo primero que registró fue el dolor. No un dolor agudo, sino ese tipo de molestia que se instala en los músculos cuando el cuerpo ha sido usado de maneras que la dignidad prefiere no recordar.
Se quedó boca arriba, mirando el techo.
"Tres horas. Fueron tres malditas horas."
Giró la cabeza. El lado izquierdo de la cama estaba vacío, pero la almohada conservaba la marca de otra cabeza y un olor que ya se le estaba haciendo demasiado familiar: madera, algo cítrico, y debajo de todo eso, piel caliente.
Desde algún lugar de la villa llegaba un sonido metálico —una olla, una cuchara— y el murmullo grave de alguien tarareando.
"Está cocinando. El mantenido está cocinando en mi cocina."
Dante intentó sentarse. Las caderas protestaron. Los muslos protestaron. Algo entre las costillas protestó también.
—Hijo de su... —masculló, y ni siquiera terminó la frase porque le dolió la garganta.
Su voz. Su propia voz sonaba como si hubiera tragado papel de lija.
Se quedó sentado al borde de la cama un momento, descalzo, en bóxers negros, tratando de reunir la voluntad para ponerse de pie. El espejo del tocador le devolvió una imagen que lo hizo cerrar los ojos de inmediato.
"No mires. No mires y no existen."
Pero existían. Marcas rojas, algunas tirando a morado, le salpicaban el cuello, los hombros, el pecho. Había una constelación entera bajando por la clavícula izquierda y lo que parecía un arañazo largo —fino, preciso, casi decorativo— le cruzaba la cadera derecha.
El timbre sonó.
Dante lo ignoró. El timbre sonó otra vez, seguido de golpes y una voz que conocía demasiado bien.
—¡Dante Alejandro, abre esta puerta o la tiro!
Valentina.
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Cuando Dante llegó arrastrando los pies a la sala, Sebastián ya había abierto la puerta. Estaba parado en el marco de la cocina con una cuchara de madera en la mano, una camisa blanca con los primeros tres botones desabrochados que dejaba expuesta la línea de la clavícula, y esa expresión de tranquilidad absoluta que usaba como armadura.
—Pasen —dijo Sebastián, como si fuera su casa—. Estoy haciendo pasta.
Valentina entró primero, con lentes de sol empujados sobre la cabeza y una bolsa de pan dulce que claramente había comprado como pretexto. Héctor venía detrás, callado, con las manos en los bolsillos de su chamarra.
—Venimos a ver si seguías vivo —dijo Valentina, dejando la bolsa en la mesa—. No contestaste ningún mensaje desde ayer en la...
Se detuvo.
Porque Dante acababa de aparecer en el pasillo.
En bóxers. Solo en bóxers. Con el pelo revuelto, los ojos medio cerrados, y el cuerpo entero convertido en un mapa de todo lo que había pasado la noche anterior.
El silencio duró exactamente dos segundos.
—Ay, mijo —dijo Valentina, llevándose una mano al pecho con una sonrisa que le ocupaba toda la cara—. Bienvenido al otro lado.
—No empieces —la voz de Dante salió rasposa, rota, como un motor viejo arrancando en frío.
—¿Esa es tu voz? —Valentina se tapó la boca—. ¿ESA es tu voz ahorita?
—Tengo gripa.
—Gripa. Claro. En julio. —Valentina giró hacia Héctor—. ¿Tú estás viendo lo que yo estoy viendo?
Héctor estaba viendo. Su expresión era la de un hombre que quería estar en cualquier otro lugar del planeta, pero sus ojos ya habían registrado cada marca, cada arañazo, cada evidencia. Levantó las cejas una fracción y miró hacia la ventana.
—Yo solo vine por el pan dulce —murmuró.
Sebastián, desde la cocina, no dijo nada. Pero Dante alcanzó a ver la esquina de su boca curvarse antes de que volviera a revolver la salsa.
—Ponte algo encima, ¿no? —dijo Dante dirigiéndose a sí mismo más que a nadie, pero no se movió. Moverse requería energía que no tenía.
Valentina se acercó, le tomó la cara con ambas manos y lo examinó como si fuera una pieza de museo.
—Estos de aquí son de dientes —dictaminó, señalando dos marcas gemelas bajo la oreja—. Y este del hombro tiene como tres capas. ¿Cuántas horas...?
—Valentina.
—Está bien, está bien. —Levantó las manos en rendición, pero la sonrisa no se fue a ningún lado—. Solo digo que se nota que alguien sabía lo que estaba haciendo.
Desde la cocina, el sonido de la cuchara contra la olla no se detuvo ni un segundo.
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Media hora después, Sebastián salió del cuarto transformado. El hombre de la camisa desabrochada y la cuchara de madera había desaparecido, reemplazado por algo completamente distinto: traje gris oscuro, camisa negra sin corbata, el pelo peinado hacia atrás con esa precisión que parecía natural pero no lo era.
Dante, ya con una camiseta puesta y sentado en el sillón con un plato de pasta que no iba a admitir que estaba buena, lo miró pasar.
—¿A dónde vas?
—A ver a un amigo —dijo Sebastián, abrochándose el reloj.
—¿Un amigo que requiere traje?
Sebastián se detuvo frente a él. Se inclinó —Dante se tensó, pero lo único que hizo fue tomar un mechón de pelo que le caía sobre la frente y acomodarlo detrás de la oreja.
—No le abras la puerta a nadie que no conozcas —dijo, con un tono que no era petición ni sugerencia.
Y se fue.
Valentina y Héctor se habían ido diez minutos antes. La villa quedó en silencio.
"¿Quién tiene un amigo que requiere traje a las once de la mañana de un domingo?"
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El celular sonó a las doce.
Número desconocido. Dante contestó por costumbre, ya con la guardia baja después de dos tazas de café.
—¿Señor Valderrama? Buenos días. Mi nombre es Andrea Fuentes, soy la asistente que el licenciado Emilio asignó para su incorporación la próxima semana. ¿Tiene un momento?
La voz era profesional, neutra, eficiente.
—Sí, diga.
—Le envié por correo los documentos preliminares del proyecto y el análisis del mercado inmobiliario costero que manejará su área. Si pudiera revisarlos hoy, el lunes podemos afinar detalles.
—Claro. ¿Usted trabajaba antes con Emilio?
Una pausa breve. Casi imperceptible.
—No directamente. Vengo de otra firma. Salí por... incompatibilidad en el estilo de trabajo.
—Entiendo.
Colgó. Abrió el correo. Los archivos estaban impecablemente organizados: análisis de propiedades costeras, proyecciones de inversión, estudios de mercado de Quintana Roo y Oaxaca.
Dante los leyó despacio.
Y luego se detuvo.
Abrió la laptop. Buscó entre sus archivos hasta encontrar el documento que Sebastián le había dado semanas atrás —aquel análisis que supuestamente había preparado "por curiosidad" cuando Dante mencionó que buscaba expandirse en bienes raíces.
Los puso lado a lado.
La estructura era casi idéntica. Los mismos indicadores resaltados. Las mismas zonas señaladas como prioritarias. Hasta la forma de organizar las tablas comparativas —columnas de rendimiento a la izquierda, riesgo a la derecha— era un calco.
"Esto no es coincidencia."
Dante se recargó en la silla. Miró la pantalla. Miró hacia la puerta por donde Sebastián había salido una hora antes, de traje, a ver a un "amigo".
La asistente que Emilio le asignó usaba el mismo formato de análisis que un hombre que supuestamente no tenía trabajo.
Y ese hombre acababa de irse vestido como si fuera a cerrar un negocio de millones.
Dante cerró la laptop despacio.
"¿Quién eres, Sebastián Montero?"