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Corazón De Rubí: La Compañera Del Rey Vampiro

Corazón De Rubí: La Compañera Del Rey Vampiro

Status: Terminada
Genre:Vampiro / Grandes Curvas / Completas
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: Araceli Settecase

Alistair Vance, el temido Rey Vampiro, esperó más de trescientos años a la mujer destinada a su alma. Elena Rossi, una joven de curvas deslumbrantes y corazón cálido, ignora que el soberano de las sombras la ha protegido desde antes de nacer.
Cuando un encuentro inesperado durante una tormentosa gala nocturna los une, la atracción entre ellos es inmediata y peligrosa. Entre secretos del pasado, deseo ardiente y un destino imposible de escapar, Elena descubrirá que amar al Rey Vampiro puede ser tan adictivo como mortal.

NovelToon tiene autorización de Araceli Settecase para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 4: El Primer Roce

El aire de la terraza privada en el piso superior del museo era frío, húmedo y denso. La lluvia torrencial que había azotado la ciudad durante todo el día había dado una tregua momentánea, dejando tras de sí un velo de niebla espesa que se deslizaba entre las balaustradas de mármol y las esculturas de corte neoclásico. Abajo, el murmullo amortiguado del Gran Salón y las notas distantes de los violines sonaban como un recuerdo ajeno, una realidad lejana que no tenía cabida en ese espacio apartado.

Elena dio unos pasos hacia el borde del balcón, sujetando con suavidad la barandilla de piedra húmeda. El contraste entre el ambiente calefaccionado del interior y la brisa helada de la noche le erizó la piel al instante. Exhaló un suspiro pausado, viendo cómo el vapor de su aliento se disolvía en la oscuridad.

Detrás de ella, los pasos de Alistair Vance no producían el menor sonido. El rey vampiro avanzaba con una levedad felina, pero su presencia llenaba el espacio con una densidad sofocante.

—Debería volver abajo en unos minutos —dijo Elena sin girarse del todo, aunque la tensión en sus hombros delataba que era absolutamente consciente de cada milímetro que él avanzaba—. Si el director nota mi ausencia durante la presentación de las piezas del siglo XVIII, tendrá un ataque de nervios.

—Que lo tenga —la voz de Alistair resonó a su espalda, un barítono profundo, rasposo y tan cercano que Elena sintió la vibración del tono directamente en la nuca—. Un hombre que mide el valor de la vida en presupuestos y donaciones no merece interrumpir este momento.

Elena se giró despacio, apoyando la espalda contra la balaustrada de mármol. Al hacerlo, descubrió que Alistair había recortado la distancia entre ambos de manera drástica. Estaba a menos de un paso de ella. Su figura imponente recortaba la luz dorada que se filtraba desde las puertas de cristal del salón, dejándolo a él envuelto en una sombra elegante y peligrosa.

Desde esa proximidad, la diferencia de altura era abrumadora. Elena tuvo que inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada. Los ojos ámbar de Alistair no brillaban con la luz refleja; parecián arder desde el interior, fijos en ella con una intensidad que rayaba en lo posesivo.

La tentación de la cercanía

Alistair luchaba contra una marea de instintos ancestrales que amenazaban con destruir su férreo autocontrol de siglos. Tener a Elena a solas, bajo el cielo nocturno, con la brisa del estanque cercano trayendo el aroma puro de su piel, era un tormento placentero que le quemaba las entrañas.

Cada vez que ella respiraba, la curva de su pecho cubierto por el terciopelo azul se elevaba, enviando bocanadas de ese perfume irresistible de vainilla, orquídeas y sangre joven directo a sus sentidos. Pero lo que verdaderamente lo estaba volviendo loco era la visión de su cuello.

El vestido de escote corazón dejaba al descubierto una extensión generosa de piel suave, cálida y de un tono durazno tentador. Justo en el lateral izquierdo, bajo la curva delicada de su mandíbula, la arteria carótida de Elena latía con una cadencia perfecta y acelerada. Thump-thump. Thump-thump. Alistair podía ver el leve relieve del pulso contra la piel. Podía escuchar el flujo denso y rico de la vida corriendo bajo esa capa fina.

Sus colmillos, ocultos tras la línea de sus labios apretados, pulsaban con una sed insoportable. Quería inclinar la cabeza, sepultar el rostro en el hueco de su hombro, aspirar su esencia hasta emborracharse y presionar sus labios contra esa vena latiendo antes de reclamarla para siempre.

—Me observa como si estuviera a punto de analizarme en una vitrina, Lord Vance —murmuró Elena, intentando mantener un tono coqueto para disfrazar la marejada de sensaciones que la invadía—. Pensé que las antigüedades del museo estaban dentro del edificio.

Alistair se inclinó un centímetro más hacia ella. La sombra de su cuerpo cubrió a Elena por completo.

—Ninguna pieza dentro de ese edificio posee una milésima parte de la belleza que tengo frente a mí en este momento, Elena —susurró él. Su voz bajó una octava, volviéndose una caricia rasposa—. Y le aseguro que no la miro como a un objeto inerte. La miro como un hombre que ha encontrado exactamente lo que no sabía que estaba buscando.

El cumplido no sonó falso ni estudiado. Había en la voz de Alistair una verdad tan pesada, una devoción tan arrolladora, que Elena sintió que sus defensas racionales se desmoronaban. Un calor repentino se instaló en la base de su vientre, extendiéndose por sus muslos y haciendo que sus pezones se endurecieran contra la tela pesada del vestido.

La trampa de seda y sombras

Alistair no soportaba más la brecha de aire entre sus cuerpos. Con una lentitud calculada para no asustarla, elevó la mano izquierda. Sus dedos largos, despojados ahora de los guantes de cuero, se acercaron a la balaustrada.

Apoyó la palma sobre la piedra, justo al lado de la cadera derecha de Elena. Un segundo después, elevó la mano derecha y la apoyó al otro lado, a la izquierda de su cintura.

Sin tocarla directamente, la había encerrado.

Elena quedó acorralada entre el mármol frío a sus espaldas y el muro infranqueable del cuerpo de Alistair al frente. El calor helado que emanaba de él la envolvía como un manto. Si daba un paso al frente, la firmeza de su pecho chocaría directamente contra la plenitud de sus senos.

—Lord Vance... —la voz de Elena se volvió un hilo de aliento contenido. Sus ojos avellana se dilataron al comprender la posición en la que se encontraba—. Esto es... extremadamente poco profesional.

—Aprenda esto sobre mí, Elena —dijo él, inclinando la cabeza de modo que su aliento frío rozó la línea de la oreja de ella, haciéndola dar un leve tirón de sorpresa—. Cuando se trata de usted, el profesionalismo me importa absolutamente nada.

El rey bajó la mirada hacia los labios de Elena. Estaban levemente entreabiertos, húmedos, respirando con una prisa deliciosa. El aroma de su excitación incipiente comenzó a filtrarse en el aire, una nota aún más dulce que hizo que Alistair apretara los dientes con fuerza.

—Tiene miedo —afirmó él en un susurro grave, disfrutando del juego.

—No le tengo miedo —respondió ella de inmediato, irguiendo la barbilla con orgullo, enfrentando sus ojos ámbar con esa firmeza rebelde que a él lo fascinaba—. No soy una mujer frágil a la que se pueda intimidar con una postura dominante.

Alistair dejó escapar una risa baja, un sonido vibrante que retumbó en el pecho de ambos por la proximidad.

—Lo sé. Lo sé perfectamente. Si fuera una mujer frágil, no estaría aquí sosteniéndome la mirada. Es valiente, Elena. Es hermosa, inteligente y posee una presencia que quema. Pero su corazón... —Alistair detuvo sus palabras, dejando que la pausa se llenara con el sonido de la niebla—. Su corazón dice una historia diferente. Está desbocado.

—Es el frío de la terraza —mintió ella, aunque el rubor ardiente que cubría sus mejillas y su escote la delataba por completo.

—No es el frío —corrigió él suavemente—. Es esto.

Descargas eléctricas

Lentamente, sin romper el contacto visual, Alistair retiró la mano derecha del mármol y la movió hacia el brazo de Elena.

Sus dedos, largos y de uñas perfectamente limadas, rozaron la piel desnuda de su brazo, justo por encima del borde del guante imaginario que el vestido dejaba al descubierto.

El contacto directo de su piel con la de ella fue fulminante.

Elena dejó escapar un gemido ahogado, un sonido pequeño y rasposo que se le escapó del fondo de la garganta. La piel de Alistair estaba helada, casi como el mármol de la balaustrada, pero en el instante en que sus yemas tocaron la carne tibia de Elena, una corriente de estática pura, una descarga eléctrica de alto voltaje, atravesó el cuerpo de la joven desde el brazo hasta la espina dorsal.

No fue un roce casual. Fue un reclamo biológico, la fusión innegable de dos frecuencias que habían sido diseñadas para encajar desde el origen del mundo.

Alistair también sintió el impacto. Un gruñido sutil, casi un felino ronroneo de placer y dolor, se le escapó entre los labios. La calidez de Elena era una adicción inmediata. Sus dedos no se retiraron; al contrario, comenzaron a ascender con una lentitud tortuosa por la curva de su brazo, trazando una línea de fuego sobre la piel erizada de la mujer.

—Eres tan tibia... —murmuró el rey, perdiendo por un segundo la compostura aristocrática y tutelándola por primera vez—. Una visión de fuego en mitad de mi noche.

—Usted... usted está helado —dijo Elena, aunque no intentó apartarse. La sensación de sus dedos fríos sobre su piel ardiendo era tan intensamente placentera que se descubrió inclinándose imperceptiblemente hacia su toque.

—Mi mundo siempre ha sido frío, Elena. Hasta que tú apareciste.

Los dedos de Alistair alcanzaron su hombro. Con una delicadeza que contrastaba de forma brutal con la fuerza descomunal que poseía, acarició la curva suave de su clavícula. La tela del terciopelo azul cedió levemente ante la presión de su mano, dejando ver un milímetro más de la piel de su pecho.

El rey desplazó su mano hacia la base de su cuello. Sus yemas se posaron con una precisión casi quirúrgica justo sobre la arteria carótida.

El contacto helado de su pulgar sobre el punto donde la sangre de Elena golpeaba con fuerza desató una nueva ola de escalofríos en la joven. Elena echó la cabeza hacia atrás de instinto, apoyando la nuca contra el hombro de Alistair sin darse cuenta, expuestísima, ofreciéndole su cuello en una rendición involuntaria y sensual.

Alistair cerró los ojos por un segundo, inhalando el aroma puro que emanaba directamente de esa zona. Su pulgar acarició el pulso de Elena, sintiendo cada latido fiero y acelerado contra su piel.

Thump-thump. Thump-thump.

—Es una sinfonía hermosa —susurró Alistair, pegando su rostro al lateral del cuello de ella. Su boca quedó a un milímetro de la piel ardiendo de Elena. El aliento del rey, fresco y perfumado, chocó directamente contra la vena latiendo—. Un ritmo perfecto. Podría quedarme aquí toda la eternidad solo escuchando cómo tu sangre busca abrirse paso.

Elena sintió que las piernas le temblaban. La cercanía de sus labios en su cuello era una tortura deliciosa. Podía sentir el contorno de la boca de Alistair, la firmeza de su mandíbula y la amenaza velada de algo mucho más hambriento acechando tras su elegancia.

—Lord Vance... Alistair... —el uso de su nombre de pila salió de los labios de Elena como una súplica temblorosa, aunque ni ella misma sabía qué estaba pidiendo: si que se detuviera o que devorara esa distancia de una vez por todas.

El abismo de la tentación

Alistair abrió los ojos. El color ámbar de sus pupilas se había oscurecido hasta convertirse en un tono miel quemado, rodeado por un aro de fuego dorado.

Desplazó la mano desde su cuello hasta la curva de su cintura. Sus dedos se clavaron con firmeza posesiva en el terciopelo, amoldándose a la plenitud de su cadera. La forma en que sus dedos se hundieron en la carne suave de Elena fue un acto de devoción pura. Él no quería una mujer de ángulos rectos; quería la abundancia de sus formas, el calor de sus curvas, la realidad palpable de su cuerpo presionándose contra el suyo.

Con un tirón suave pero firme, Alistair redujo el espacio final.

El cuerpo curvilíneo de Elena chocó contra el torso duro y masculino del rey. La plenitud de sus senos se aplastó contra el paño del saco de él; sus caderas se encontraron con la firmeza inflexible de sus piernas. Un gemido bajo volvió a escaparse de los labios de Elena, esta vez teñido de un deseo puro y sin filtro.

—Mírame, Elena —ordenó Alistair en un susurro imperioso.

Elena obedeció. Elevó el rostro, con los ojos avellana empañados por la bruma de la excitación, sus labios carnosos entreabiertos y el pecho agitándose contra el de él.

Alistair inclinó la cabeza hacia abajo. Sus labios se detuvieron a una distancia milimétrica de los de ella. Elena podía sentir el calor de su propia boca rebotando contra los labios fríos y esculpidos del rey.

—Dime que me vaya —desafió él, con la voz rasposa por la necesidad—. Dime que esto te asusta, que quieres volver abajo con la gente común, y me apartaré. Te daré la espalda y te dejaré ir. Pero tienes que decírmelo ahora.

El silencio de la noche pareció congelarse. Elena miró sus ojos ámbar, bajó la vista hacia sus labios tentadores y sintió la fuerza de la mano de él sujetando su cadera con una firmeza que prometía gloria y perdición.

Su mente le gritaba que era una locura, que apenas conocía a este hombre aristocrático y misterioso, que la gala continuaba abajo sin su anfitriona. Pero su cuerpo, su sangre y el fuego insoportable que corría por sus venas tenían una respuesta completamente diferente.

Elena no dijo una sola palabra.

En lugar de responder, la joven elevó despacio su mano libre y la posó sobre el pecho de Alistair, sintiendo la dureza de sus músculos bajo la tela del traje. Sus dedos se aferraron a la solapa de su saco negro, tirando de él levemente hacia abajo.

Un brillo de triunfo y deseo salvaje cruzó los ojos de Alistair.

—Esa es mi chica... —murmuró el rey antes de acortar el último milímetro de distancia.

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karen S
Hasta yoo me perdi junto con ellos
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