A los cuarenta y cinco años, Raquel Sanromán lo perdió todo en una sola noche.
Su esposo Miguel murió en un accidente de tráfico... acompañado de su amante. Pero la traición no terminó ahí. El testamento reveló la verdad más devastadora: durante años, Miguel planeó huir del país con Valeria Ochoa, llevándose millones robados de la empresa familiar y dejando a Raquel en la bancarrota absoluta.
Ahora es madre soltera de cinco hijos, dueña del veinticinco por ciento de una empresa en ruinas, y tiene quince días antes de perder su casa. Su hijo mayor la culpa por la caída de la familia. Las deudas la ahogan. Y Valeria, la amante que sobrevivió, ahora es dueña del cincuenta por ciento de lo que alguna vez fue su vida... y no descansará hasta verla mendigando en la calle.
Pero en su cumpleaños, en una noche de máscaras y champán, Raquel decide olvidarlo todo. Solo por unas horas. Solo para sentirse viva de nuevo.
Y entonces conoce a él.
Julian Harrington. Veintisiete años. Multimillonario.
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Capítulo 7: El Depredador
Pov Julian
La observé dormir en mi cama, con el cabello oscuro esparcido sobre las almohadas de seda y las sábanas apenas cubriéndole el cuerpo desnudo. Raquel Sanromán. Cuarenta y cinco años. Cinco hijos. Viuda reciente. En quiebra.
Mía.
Me levanté con cuidado de no despertarla y caminé hacia los ventanales del piso al techo. La ciudad se extendía bajo mis pies, iluminada como un tablero de juego que había aprendido a dominar desde que tenía dieciocho años.
Dieciocho años. La edad en que la mayoría de los idiotas están preocupados por fiestas universitarias y sus primeros amores. Yo estaba en la sala de juntas de Harrington Industries, sentado en la silla que todavía olía a mi padre muerto, con cincuenta pares de ojos escépticos clavados en mí, esperando que fallara.
—Es muy joven —habían dicho los miembros de la junta.
—No está listo —habían murmurado los socios.
—Las empresas Harrington se irán a la ruina —habían pronosticado los competidores.
Pero mi abuelo, Richard Harrington, el patriarca de la familia, el hombre que había construido este imperio desde cero, había puesto su mano en mi hombro y había dicho con voz firme:
—Este es mi heredero. Y si alguien tiene un problema con eso, la puerta está allá.
Nadie se había ido. Porque nadie era lo suficientemente estúpido como para desafiar a Richard Harrington.
Y yo había pasado los siguientes nueve años demostrando que mi abuelo tenía razón. Construyendo. Expandiendo. Destruyendo a cualquiera que se interpusiera en mi camino. Convirtiéndome en el CEO más joven y despiadado del país.
Hasta que la conocí a ella.
Había sido hace tres años. Una gala benéfica absurdamente cara donde la élite se reunía a beber champán y a fingir que les importaban los pobres. Yo estaba ahí por obligación, cerrando un trato con un inversor japonés que insistía en socializar antes de firmar.
Y entonces la vi.
Entró del brazo de un hombre que reconocí inmediatamente: Miguel Vivez, un empresario de mediana categoría con más ambición que talento. Pero no fue él quien capturó mi atención.
Fue ella.
Vestía de azul oscuro, un vestido que se ajustaba a su cuerpo de una manera que debería ser ilegal. El cabello recogido mostrando un cuello elegante. Una sonrisa cortés pero distante en los labios. Se movía con una gracia que venía de años de práctica en este tipo de eventos, saludando a las personas correctas, diciendo las cosas correctas, siendo la esposa perfecta.
Pero yo vi algo más. Vi el aburrimiento en sus ojos. La forma en que su sonrisa no llegaba a alcanzar su mirada. Cómo se tensaba ligeramente cada vez que Miguel ponía su mano en su espalda baja con posesividad.
Me obsesioné en ese momento.
Investigué. Descubrí que tenía cuarenta y dos años entonces. Cinco hijos, el mayor de mi edad. Casada desde hacía más de veinte años. La esposa devota. La madre abnegada. La mujer inalcanzable.
Intenté olvidarla. Salí con modelos, actrices, herederas. Mujeres hermosas que sabían exactamente lo que yo quería y que estaban dispuestas a dármelo sin complicaciones.
Pero ninguna de ellas era Raquel Sanromán.
Ninguna de ellas me hacía sentir este hambre que me consumía por dentro.
Y entonces Miguel Vivez murió en ese accidente de auto. Con su amante. Y el escándalo explotó en todos los medios.
Vi mi oportunidad.
La investigación fue fácil. Mi equipo me entregó cada detalle de su vida destrozada en menos de cuarenta y ocho horas. Las deudas. El fraude. Las acciones que Miguel le había dejado a su amante. La hipoteca a punto de ejecutarse. Los cinco hijos que dependían de ella.
La vi en su oficina a través de las fotos de vigilancia que mandé tomar. Destrozada. Llorando. Rodeada de papeles que documentaban su ruina.
Y supe que era mi momento.
Ana había sido la pieza clave. Mi asistente personal, eficiente y leal, que casualmente era la mejor amiga de Raquel. Qué conveniente.
—Señor Harrington —me había dicho cuando la llamé a mi oficina—, ¿puedo preguntar por qué está interesado en la señora Vivez?
—No puedes —había respondido—. Pero necesito que le des esto.
Le había entregado las invitaciones para la fiesta de máscaras. Mi cumpleaños. El evento perfecto para un encuentro "casual".
Ana me había mirado con suspicacia, pero había obedecido. Porque todos obedecían eventualmente.
El plan era simple. Una noche. Sexo sin compromisos. Satisfacer esta obsesión enfermiza y seguir adelante con mi vida.
Pero entonces la vi con esa máscara de fénix. Entonces probé su boca. Entonces la escuché gritar mi nombre mientras se corría en mi lengua.
Y supe que una noche no sería suficiente.
Nunca sería suficiente.
Mi teléfono vibró en la mesa de noche. Un mensaje de mi abuelo.
"Junta familiar mañana. 10 AM. No llegues tarde."
Suspiré. Las juntas familiares significaban que mi madre tenía algo que decir sobre mis decisiones empresariales. O que mi hermana Isabella quería más dinero para algún proyecto caritativo. O que mi abuelo había descubierto algo que no le gustaba.
Borré el mensaje y volví mi atención a la mujer en mi cama.
Raquel se movió en sueños, las sábanas deslizándose para revelar la curva de su espalda. Podía ver las marcas que había dejado en su piel. Rojas. Posesivas. Mías.
Me acerqué a la cama y me senté en el borde, pasando un dedo por su columna vertebral. Ella se estremeció, pero no despertó.
¿Qué era lo que tenía esta mujer que me volvía loco?
No era solo su belleza, aunque era innegablemente hermosa. No era solo el sexo, aunque follábamos como si el mundo fuera a terminar.
Era algo más. Algo en la forma en que me miraba cuando pensaba que no me daba cuenta. Como si no pudiera decidir si quería matarme o besarme.
Era la forma en que luchaba contra esto, contra mí, contra lo que sentía. La forma en que se rendía eventualmente, entregándose con una pasión que me quemaba por dentro.
Era el hecho de que ella no me necesitaba por mi dinero o mi poder, aunque ahora dependía de ambos. Me necesitaba porque le había dado algo que nadie más le había dado en años.
Le había hecho sentir viva.
Y yo... yo la necesitaba porque ella sacaba lo peor de mí.
La obsesión. La posesividad. El deseo de marcarla, de reclamarla, de hacer que el mundo entero supiera que era mía.
Sabía que esto estaba mal. Sabía que estaba aprovechándome de su situación desesperada. Sabía que la diferencia de edad era escandalosa. Sabía que sus hijos me odiarían si alguna vez se enteraban.
Pero no me importaba.
Porque Julian Harrington siempre conseguía lo que quería. Y había querido a Raquel Sanromán desde el momento en que la vi hace tres años.
Ahora era mía.
Y no pensaba dejarla ir.
Nunca.
Raquel despertó cuando el sol comenzaba a filtrarse por los ventanales. Parpadeó confundida por un momento antes de que la realidad la golpeara. Vi el pánico cruzar su rostro.
—¿Qué hora es? —preguntó, incorporándose bruscamente y buscando su ropa con la mirada.
—Las seis —respondí, entregándole una taza de café que había preparado—. Tienes tiempo.
Ella tomó la taza con manos temblorosas, consciente de que estaba desnuda bajo las sábanas.
—Necesito irme. Los niños...
—Lo sé —dije, aunque una parte oscura de mí quería mantenerla aquí, encerrada en esta suite donde solo yo podía tocarla—. Tu ropa está en la silla. Hay una ducha en el baño si la necesitas.
—Gracias —murmuró, evitando mi mirada.
La observé levantarse de la cama sin molestarse en cubrirse. Su cuerpo era una obra de arte. Curvas generosas. Estrías que contaban historias. Piel que sabía exactamente cómo saborear.
Se dirigió al baño y cerró la puerta detrás de ella.
Aproveché el momento para revisar mi teléfono. Varios correos de trabajo. Un mensaje de mi asistente confirmando la reunión de mañana con Valeria Ochoa para negociar la compra de sus acciones. Otro mensaje de mi abuelo.
"Escuché rumores interesantes sobre tu nueva inversión empresarial. Hablamos mañana."
Mierda.
Mi abuelo tenía oídos en todas partes. Si había escuchado sobre mi interés en la empresa de Raquel, era cuestión de tiempo antes de que empezara a hacer preguntas que no quería responder.
Raquel salió del baño veinte minutos después, vestida de nuevo con ese maldito vestido azul que me había vuelto loco anoche. Se había recogido el cabello en un moño simple. El maquillaje lavado revelaba ojeras que hablaban de noches sin dormir.
Y aún así era la mujer más hermosa que había visto.
—Necesito irme —dijo, tomando su bolso.
Me puse de pie y me acerqué, atrapándola contra la pared antes de que pudiera escapar.
—No sin un beso de despedida.
—Julian...
Capturé su boca antes de que pudiera protestar. El beso fue posesivo, demandante, un recordatorio de que me pertenecía aunque saliera de esta suite y volviera a su vida.
Cuando me separé, ambos estábamos sin aliento.
—Viernes —dije contra sus labios—. Mismo lugar. Misma hora.
—Viernes —repitió ella, y escuché la resignación mezclada con anticipación en su voz.
La dejé ir, observándola caminar hacia el ascensor privado. Justo antes de que las puertas se cerraran, me miró una última vez.
Y en sus ojos vi lo mismo que sentía yo.
Miedo. Deseo. La certeza de que esto nos destruiría a ambos.
Y ninguno de los dos podía detenerse.
Dos horas después estaba en mi oficina principal en el piso 50, revisando los documentos para la reunión con Valeria Ochoa. Mi plan era simple: ofrecerle una suma obscena por sus acciones. Tan obscena que no podría rechazarla.
Mi asistente, Carolina Mendoza, entró con más café y una tablet.
—Señor Harrington, la señora Ochoa confirmó la reunión para las dos de la tarde. También llegó esto.
Me entregó la tablet mostrando un artículo de una revista de negocios.
"Julian Harrington, el tiburón más joven de Wall Street, pone su mirada en empresa en quiebra. ¿Caridad o estrategia?"
Sonreí. La prensa ya estaba especulando. Bien. Que especularan. Nadie descubriría la verdadera razón detrás de esta inversión.
Nadie podía saber que estaba comprando una empresa completa solo para poseer a la mujer que la dirigía.
Porque eso me haría ver exactamente como lo que era: un obsesivo. Un depredador. Un hombre dispuesto a usar su poder y su dinero para conseguir lo que quería.
Y lo que quería era a Raquel Sanromán.
Completamente.
Irrevocablemente.
Para siempre.
Aunque eso significara mi propia destrucción.
Porque Raquel Sanromán sería mi perdición.
Y yo estaba más que dispuesto a arder.
Julián deja contarle a tu hermana de tus sentimientos de lo que estás pasando del calvario que estás viviendo y tenías una aliada🙏