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Pacto Por Venganza

Pacto Por Venganza

Status: En proceso
Genre:Mitos y leyendas / Demonios / Maldición
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Tintared

Despues de ser humillada Lucciana decide hacer un viejo ritual para cobrarse las penas.
Vende su alma a Lucifer a cambio de castigar a quien se atrevió a dañarla pero en el instante en que firma el pacto de sangre, algo que jamás contempló ocurre...

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El Vals de los Desafinados

El invierno centroeuropeo no tenía la humedad del Sena ni la elegancia trágica de Florencia; Viena era un bloque de hielo monumental, un laberinto de fachadas barrocas y palacios imperiales donde los carruajes de caballos y los tranvías eléctricos se desplazaban bajo un cielo del color del plomo fundido. La nieve caía con una constancia silenciosa, sepultando los jardines del palacio de Hofburg y convirtiendo los pasos de los transeúntes en un eco sordo.

Lucciana Bianchi observaba la caída de los copos desde el gran ventanal de la cafetería del Hotel Sacher. Ante ella, una taza de café vienés se enfriaba, intacta. Ya no sentía la necesidad de consumir la calidez de los mortales; el metrónomo helado que gobernaba su caja torácica dictaba una temperatura propia, una constante invernal que no dependía del clima.

En su regazo, oculta por la mesa, su mano izquierda descansaba sobre el frasco de plata de los Vance. Tras el cobro de la deuda de Beaumont en París, la pulsación dorada en el interior del metal se sentía un poco más densa, más nítida. Matteo respiraba en ese año de gracia que ella le había comprado con la cordura del marchante francés. Pero un año era un parpadeo en la escala del Infierno.

—Viena siempre ha tenido un problema con la armonía —dijo Luca Ferro, deslizándose en la silla frente a ella sin que el camarero que pasaba al lado notara su irrupción—. Creen que si ordenan sus notas en un vals perfecto, el caos del universo se alineará con sus partituras. No entienden que la música es, en su origen, el primer grito del abismo.

El Diablo vestía un abrigo de pieles oscuras digno de un archiduque austríaco, y sobre la mesa depositó un programa de mano impreso en letras góticas y pan de oro: *Teatro de la Ópera de la Corte de Viena. Estreno mundial de "La Sinfonía del Ocaso", de Franz von Becker.*

—Von Becker —leyó Lucciana, apartando la vista del ventanal. Su voz había adquirido un tono más bajo, un arrastre sutil que recordaba al rasgar de la vitela antigua—. El pergamino que me diste en París decía que su deuda se firmó en los años ochenta.

—1886, para ser exactos —precisó Luca, pidiendo con un sutil gesto de dedos que el camarero se alejara de la zona—. Franz era un violinista mediocre en la orquesta del teatro, un hombre con los dedos rígidos y una mente cuadriculada. Me vendió el oído derecho de su nieta nonata a cambio de la capacidad de componer una melodía que hiciera llorar a los emperadores. Cumplí mi parte. Ha sido el genio de la corte durante tres décadas. Pero el plazo venció el invierno pasado.

—Y como todos, se niega a pagar —concluyó Lucciana, ajustándose el guante de encaje negro que cubría su runa.

—Ah, pero Von Becker es un deudor sofisticado. No ha usado veneno ni pinturas para esconderse. Ha utilizado matemáticas y acústica. Ha construido un teatro dentro de su propio palacio barroco, un auditorio diseñado con proporciones áureas inversas. Si logra interpretar la sinfonía completa esta noche ante la corte, la frecuencia del sonido anulará la vibración de mi marca de propiedad. Se volverá inaudible para el Infierno. Un fantasma acústico.

Lucciana arqueó una ceja, interesada. Como restauradora de manuscritos, sabía que la geometría y la música medievales estaban conectadas con la invocación mística. Alterar el espacio mediante el sonido era una técnica antigua, peligrosa y extremadamente delicada.

—¿Y dónde entro yo, Luca? Si la música anula la marca, mi fuego azul también se apagará allí dentro.

El Diablo se inclinó hacia adelante, y sus ojos pálidos reflejaron la luz de las lámparas de araña del Sacher con una fijeza de reptil.

—La música se apaga si las notas son perfectas, Lucciana. Pero tú no vas a escuchar. Vas a buscar la disonancia. Una partitura original es como un lienzo; siempre hay un error del transcriptor, una mancha de tinta, una nota que el compositor tuvo que forzar para que el pacto funcionara. Encuentra el cabo suelto en su música, restáuralo a su imperfección original, y el teatro entero se convertirá en su propia caja de resonancia mortuoria.

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El palacio privado de Franz von Becker, en el distrito de Landstraße, era un derroche de mármol blanco y oro que intentaba emular la grandeza de Versalles. Los invitados —la crema y nata de la aristocracia austrohúngara, oficiales imperiales con uniformes de gala y damas cubiertas de diamantes— abarrotaban el vestíbulo circular.

Lucciana entró del brazo de Luca Ferro, quien para la ocasión se presentaba como el *Barón de Ferro*, un misterioso inversor de las minas de Estiria. Ella, manteniendo su papel de la condesa italiana, vestía un traje de noche de terciopelo de un color rojo tan oscuro que en la penumbra parecía negro, evocando la seda heráldica del *Leviatán Escarlata* que alguna vez había imaginado en sus días de escritora y soñadora en Florencia.

El auditorio privado era una maravilla de la arquitectura de la decadencia. El techo cóncavo estaba decorado con un fresco de musas flotantes, pero al activar su visión alterada, Lucciana vio que las líneas de perspectiva convergen no en el centro del techo, sino en un punto focal justo encima del podio del director. Los paneles de madera de las paredes no eran de roble común; estaban hechos de madera de cedro del Líbano, tallada con ranuras microscópicas que formaban ondas concéntricas. El espacio entero era un instrumento místico.

En el escenario, la orquesta afinaba sus instrumentos. El sonido de los violines y los oboes flotaba en el aire, pero Lucciana sintió una opresión física en los oídos. La afinación no estaba en el *la* estándar; estaba sutilmente desviada hacia una frecuencia más baja, un tono que hacía que la runa de su mano izquierda vibrara con un entumecimiento molesto. El blindaje acústico ya estaba operando.

—Ahí está —susurró Luca, señalando con la empuñadura de su bastón hacia el escenario.

Franz von Becker subió al podio. Era un anciano enjuto, con una melena blanca y salvaje que le caía sobre los hombros y unos ojos negros, hundidos y febriles, que devoraban la sala. Llevaba la batuta de madera de ébano sujeta con dedos que parecían garras. A su izquierda, sentada en la primera fila del coro, una joven de no más de dieciocho años permanecía inmóvil, con la mirada perdida y un vendaje de gasa fina que le cubría por completo la oreja derecha. La nieta. El colateral del pacto.

Von Becker levantó los brazos. El silencio en el auditorio fue absoluto, un vacío de aire que se sintió artificial, como si la habitación hubiera sido sellada al vacío.

La batuta descendió.

Los primeros acordes de *La Sinfonía del Ocaso* rompieron el silencio. No era una melodía hermosa; era una marcha fúnebre de una complejidad matemática abrumadora. Las notas de los violonchelos subían por las ranuras de las paredes de cedro, rebotando en el techo cóncavo y creando una onda de presión que comenzó a adormecer los sentidos de los asistentes. Lucciana sintió que el metrónomo de su pecho empezaba a perder el ritmo, ralentizándose bajo el influjo de la música del deudor. Su marca azul, oculta tras el guante, se apagó casi por completo.

—Está funcionando —murmuró Lucciana, apretando los dientes mientras una oleada de debilidad la obligaba a apoyarse en la barandilla del palco.

—Encuentra la nota rota, restauradora —respondió la voz de Luca, que por primera vez se escuchaba lejana, como si hablara desde el fondo de un pozo de agua—. Si llega al cuarto movimiento, el contrato se disolverá en el viento de Viena.

Lucciana cerró los ojos. Forzó a su mente a ignorar el peso de la música, a dejar de escuchar el conjunto y a concentrarse en los hilos individuales, tal como hacía cuando aislaba las capas de óleo en un lienzo dañado. Su entrenamiento en el taller de la Santa Croce, las noches pasadas catalogando las variaciones armónicas de los antiguos cantos eclesiásticos, regresaron a ella.

El violín principal... el oboe... el clarinete... Todos seguían la pauta del plano arquitectónico. Pero en la sección de las violas, en el tercer compás del segundo movimiento, había una irregularidad. El músico de la tercera fila ejecutaba un intervalo que no encajaba con la matemática del cedro; su arco temblaba sutilmente cada vez que tocaba un *si* bemol.

No era un error del músico. Era una alteración en la partitura física. Von Becker había tenido que forzar esa disonancia para que el plano acústico cerrara el círculo de su protección, una costura visible en el tejido de su trampa.

Lucciana abrió los ojos. La debilidad seguía allí, pero la dirección estaba clara.

Se levantó del palco sin llamar la atención de los aristócratas, que permanecían en un estado de trance hipnótico debido a la sinfonía. Descendió por las escaleras laterales hacia los pasillos traseros del escenario, donde los utileros y los sustitutos esperaban. Su mano izquierda, aunque entumecida, recuperó un ápice de calor cuando su mente se enfocó en el frasco de plata que la esperaba en el hotel.

Al llegar a la parte trasera del podio, ocultas por las cortinas de terciopelo dorado, las mesas de los archivistas de música mostraban las copias de la partitura del director. Lucciana se acercó a la mesa central, donde el manuscrito original de Von Becker descansaba bajo una lámpara de aceite.

El papel estaba cargado de la misma energía púrpura rancia que había visto en París. En la página correspondiente al tercer movimiento, la nota del *si* bemol de las violas había sido cubierta con un raspado de cuchilla y reescrita con una tinta hecha a base de sangre deshidratada de la propia nieta, el sello que anudaba el blindaje.

—Un trabajo limpio, maestro —dijo Lucciana para sí misma, desenvainando el bisturí de su bastón de ébano—. Pero la sangre es un pigmento muy inestable cuando se expone al disolvente adecuado.

Lucciana se quitó el guante izquierdo con los dientes. Forzó a la runa moribunda a dar un último destello, concentrando toda la energía helada de su pecho en la punta de sus dedos. Presionó su dedo índice ensangrentado directamente sobre la nota modificada de la partitura.

El fuego azul, aunque tenue por la acústica del teatro, reaccionó al contacto con la sangre del colateral. No quemó el papel; penetró en el pigmento, revirtiendo la alteración de Von Becker y restaurando la nota original del vals que el músico debía haber tocado tres décadas atrás.

En el escenario, el tercer movimiento comenzó.

El violista de la tercera fila tocó el compás modificado. Pero esta vez, el sonido que emergió de su instrumento no fue el *si* bemol sordo del blindaje; fue una nota pura, vibrante y disonante con el resto de la geometría de la sala.

El efecto fue inmediato y catastrófico para el deudor.

La onda de sonido rebotó en los paneles de cedro, pero al no encontrar la ranura correspondiente, la frecuencia se multiplicó por sí misma, creando un acople místico que resonó en el auditorio como el estallido de un cañón. Las musas del fresco del techo comenzaron a agrietarse, desprendiendo trozos de yeso sobre los invitados, que salieron de su trance con gritos de terror.

Von Becker se congeló en el podio. Su batuta de ébano se partió en dos en su mano. Al romperse la armonía, la marca del Infierno regresó sobre él con la fuerza de una marea alta.

La runa de propiedad de Luca Ferro, que había permanecido oculta en el oído derecho del anciano, estalló en un fulgor azul zafiro. El compositor soltó un alarido de agonía, soltando los restos de la batuta y sujetándose la cabeza mientras la música que había robado al abismo comenzaba a sonar al revés dentro de su propio cráneo, a una velocidad ensordecedora.

Lucciana salió de detrás de las cortinas, avanzando por el escenario entre los músicos que huían soltando sus instrumentos. Su mano izquierda brillaba ahora con toda su intensidad, alimentada por el colapso de la trampa acústica. Se plantó frente al podio, mirando hacia arriba al anciano que caía de rodillas.

—El concierto ha terminado, Monsieur Von Becker —dijo Lucciana, y su voz, imbuida del fuego azul, se escuchó por encima del caos del teatro—. El cobrador reclama el oído... y el resto del saldo.

Extendió su mano izquierda abierta y tocó el violín de Stradivarius que descansaba en el suelo junto al podio. Las llamas azules de Lucifer envolvieron el instrumento y se extendieron hacia el anciano, absorbiendo los treinta años de genialidad robada en un solo suspiro de fuego frío.

Von Becker se desplomó sobre las partituras rotas. No murió; su corazón seguía latiendo, pero sus ojos fijos en el techo del teatro delataban que ya no escuchaba nada. Estaba sordo, no solo al mundo, sino a la música que había sido su vida. El silencio del abismo lo había reclamado.

Luca Ferro apareció en el centro del pasillo del auditorio vaciado, aplaudiendo con un ritmo pausado que imitaba el compás de un vals perfecto. Las grietas del techo parecían esquivarlo, y su abrigo de pieles no tenía una sola mota de yeso.

—Un acorde final impecable, Condesa —dijo el Diablo, subiendo los escalones del escenario—. Has encontrado la nota rota antes de que el tiempo nos borrara. El saldo de Viena está en nuestros libros.

Lucciana se colocó el guante negro, sintiendo la oleada de calor dorado viajar hacia su hotel. Dos años de gracia para Matteo. La balanza seguía moviéndose.

—¿A dónde vamos ahora, Luca? —preguntó, mirando la nieve que comenzaba a entrar por las vidrieras rotas del palacio.

El Diablo sonrió, extendiéndole el brazo para guiarla hacia la salida.

—A las tierras altas de Escocia, Lucciana. Un lord norteño cree que los muros de su castillo de piedra pueden detener un contrato de sangre mediante el aislamiento. Vamos a enseñarle que el frío del Infierno entra por cualquier rendija.

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Megara García
me emocioné tanto con el final pero pensé por un momento que el diablo se quedaría con ella que el amor pudiera romper la maldad
gracias autora por esta joya 👏👏👏
Megara García
que emoción cada capítulo es más interesante 👏👏
Rolando Morales
ya le gustó estar con el diablo/CoolGuy//Chuckle/
Megara García
alguna vez alguien dijo que el demonio había Sido el ángel mas hermoso
Megara García
wooooo que capitulo tan intenso esta novela me atrapó
Alisson Nuñez
excelente
Gus Molina
/Drool//Drool//Drool/
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