Isabella es una joven ambiciosa que lucha contra los estereotipos del mundo.
Ella se abre paso por su inteligencia, demostrando que no solo es una cara bonita. Dejando a sus enemigos con la boca abierta.
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La Trampa de la Vanidad
A las nueve de la mañana del día siguiente, la suite presidencial del hotel Waldorf Astoria en Beverly Hills se convirtió en el escenario de la contraofensiva. Christopher Vance-Lowell, el hermano menor y perpetrador del golpe financiero, se encontraba desayunando con sus asesores legales. Era un hombre de treinta y dos años, vestido con la opulencia ruidosa de quien acaba de heredar un poder que no construyó. Sonreía con suficiencia, convencido de que su hermano mayor, Julian, pasaría la noche en una celda federal.
La puerta de la suite se abrió sin previo aviso.
Dante De Luca entró primero, con el saco perfectamente abotonado, su presencia llenando la habitación como una tormenta inminente. Detrás de él, con un traje sastre blanco inmaculado y gafas oscuras que se quitó con un movimiento lento, entró Isabella Vance. La seguridad con la que caminaba, la elegancia de su porte y la frialdad de su expresión silenciaron de inmediato la mesa de Christopher.
—De Luca... —dijo Christopher, poniéndose de pie con una sonrisa forzada—. Qué sorpresa. Pensé que estarías en el edificio federal preparando la fianza de mi querido hermano. ¿Y quién es tu acompañante? No sabía que ahora traías asistentes para cargar tus maletines.
Dante no respondió al insulto. Caminó hacia la mesa de centro, tomó una manzana del frutero de plata, la miró con desprecio y la volvió a dejar en su lugar.
—Christopher —dijo Dante, su voz resonando con esa modulación barítona que infundía pánico en las juntas directivas—. Yo no tengo asistentes. Tengo socios estratégicos. Y sugiero que midas tus palabras con la señorita Isabella Vance, porque ella es la persona que en los últimos diez minutos ha congelado cada centavo de tus cuentas en el extranjero.
El abogado de Christopher, un hombre mayor de una firma rival, se levantó de golpe.
—Eso es ridículo. No hay ninguna orden de un juez penal local que pueda tocar los fondos de inversión de mi cliente en esta etapa de la investigación. El FBI tiene la prioridad del caso.
Isabella dio un paso adelante. No llevaba carpetas; solo colocó su tableta corporativa sobre la mesa, mostrando un documento con el sello dorado del Departamento del Tesoro de los Estados Unidos y la firma digital del Secretario del comité CFIUS.
—No estamos jugando en el tribunal local, caballero —dijo Isabella, su voz suave, clara y gélida como el hielo ártico—. A las 7:45 de esta mañana, el Comité de Inversiones Extranjeras emitió una orden de restricción de emergencia bajo la Ley de Producción de Defensa. Su fondo de cobertura en las Caimán, financiado a través de la filial del Banco de Desarrollo de Asia Oriental en Macao, ha sido clasificado como un intento de infiltración hostil por parte de una entidad extranjera en infraestructura tecnológica estadounidense.
Christopher se puso pálido. Miró a su abogado, cuyo rostro se había desprovisto de todo color.
—¿De qué demonios habla esta mujer? —gritó Christopher, perdiendo la compostura—. ¡Yo solo moví el dinero para comprar las acciones de Julian! ¡El dinero de Macao es un préstamo comercial!
—Un préstamo comercial de una entidad controlada por el gobierno chino para devaluar una empresa con contratos de satélites del Departamento de Defensa —explicó Isabella, cruzando los brazos y mirándolo desde su altura con una absoluta falta de empatía—. Su vanidad, Christopher, lo hizo tan predecible. Estaba tan obsesionado con destruir a su hermano usando el lavado de dinero como trampa, que no se molestó en revisar la procedencia geopolítica de los fondos que su intermediario en Asia le ofreció. Usted no lavó dinero; usted cometió un acto que el Tesoro clasifica como un riesgo de espionaje corporativo y traición fiduciaria nacional.
Dante De Luca observaba a Isabella de reojo, disfrutando cada segundo de la ejecución. La forma en que ella desglosaba el argumento, sin levantar la voz, utilizando la propia codicia del rival como el peso que lo hundía, era una obra de arte jurídica.
—El FBI ya no viene por Julian, Christopher —añadió Dante, dando un paso hacia adelante y recargándose en el respaldo de la silla del joven magnate—. Agentes federales del Tesoro y del contraespionaje corporativo están en este momento interviniendo la sede de Vance-Lowell Holdings. Todas tus acciones han sido confiscadas de manera preventiva por el gobierno. Estás fuera de la junta directiva. Estás arruinado. Y si no firmas esta transferencia incondicional de derechos fiduciarios de vuelta a tu hermano Julian en los próximos cinco minutos... la señorita Vance aquí presente entregará los metadatos de Macao a la división penal de Washington. Y te garantizo que en esa prisión no hay suites presidenciales.
Christopher miró el documento de transferencia que Dante deslizó sobre la mesa. Luego miró a Isabella. En los ojos de la joven abogada no encontró debilidad, ni rabia, ni deseos de venganza; solo encontró el vacío impecable de una mente que ya había calculado todas las variables y sabía que tenía el control absoluto del tablero.
Con las manos temblando de frustración y miedo, Christopher tomó la pluma estilográfica y firmó el documento.
Al salir del hotel, bajo el sol brillante de Beverly Hills, Julian Vance-Lowell los esperaba dentro de su limusina. Al ver el documento firmado por su hermano, el viejo magnate rompió a llorar de alivio, agradeciendo repetidamente a Dante.
Dante, sin embargo, no miraba al cliente. Miró a Isabella, que se colocaba de nuevo sus gafas oscuras mientras esperaba que el valet trajera su automóvil.
—Julian —interrumpió Dante, deteniendo los agradecimientos del magnate con un gesto de la mano—. No me lo agradezcas a mí. Si hubiera sido por mi estrategia, habríamos terminado en un juicio penal de tres años que habría destruido el valor de tu empresa en la bolsa. La persona que salvó tu apellido, tu libertad y tu fortuna corporativa en menos de veinticuatro horas está de pie a mi lado.
Julian miró a Isabella con un respeto profundo.
—Señorita Vance... Vanguard & Associates se queda corta para alguien con su visión. Si algún día decide abrir su propia firma, seré su primer cliente con una retención anual de siete cifras.
—Lo tendré en cuenta, señor Vance-Lowell —respondió Isabella con una cortesía perfecta—. Disfrute de su empresa. El tablero vuelve a ser suyo.
La limusina se alejó, dejando a Dante e Isabella solos en la entrada del hotel. El viento de la tarde movió unos mechones del cabello de Isabella. Dante caminó hacia ella, deteniéndose a una distancia que desafiaba los protocolos profesionales de la firma.
—Has destruido mi récord, Vance —dijo Dante, sus ojos verdes brillando con una intensidad que ya no era solo rivalidad corporativa—. Es la primera vez en diez años que resuelvo un caso multimillonario sin tener que pronunciar un solo discurso ante un juez. Me has dejado sin mi parte favorita del trabajo.
Isabella lo miró por encima del borde de sus gafas oscuras, con una sonrisa magnética que hizo que el pulso del implacable Dante De Luca se acelerara por primera vez en su vida.
—A veces, Dante, el silencio del jaque mate es mucho más ruidoso que el discurso más brillante —respondió ella, subiéndose a su automóvil—. Nos vemos en la oficina. Aún tenemos que decidir cómo nos dividiremos el crédito de la victoria de hoy... aunque ambos sabemos de quién fue la mente que realmente la diseñó.
Dante se quedó en la acera mirando cómo el coche de Isabella se incorporaba al tráfico de Wilshire Boulevard. Sonrió para sus adentros, aceptando la derrota táctica con una extraña satisfacción. Isabella Vance acababa de demostrarle que la belleza era solo su cobertura; el verdadero peligro radicaba en la arquitectura perfecta de su mente.