Masha Dusnet era una joven trabajadora de una familia de gran estatus, donde siempre recibió un buen trato y respeto. Todo transcurría en calma hasta que una enfermedad grave afectó profundamente a su madre; se necesitaba una suma enorme de dinero para salvarla, pero nadie quiso ayudarla. Fue entonces cuando descubrió la verdadera cara de quienes una vez admiró y en quienes confiaba plenamente: sus propios jefes le dieron la espalda, abandonándola precisamente en el momento más difícil de su vida. Sentía que se quedaba completamente sola, sin apoyo ni consuelo, cuando más lo necesitaba. Desesperada y sin ninguna otra salida, se vio obligada a tomar una decisión arriesgada por el bien de su madre: tuvo que dejar atrás sus raíces, su hogar y todo lo que conocía, para adentrarse en un mundo hostil que la trataría como una esclava, quien quedara luchando por sobrevivir
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20 La duda de ronald
Melisa entró de nuevo a la mansión y cerró la puerta con calma. Al mirar hacia la sala, vio a Ronald sentado en el sofá, con la cabeza apoyada entre las manos, inmóvil y sin decir una sola palabra. Su postura lo decía todo: estaba sumido en una crisis profunda, agotado hasta el límite, con el alma pesada y una mezcla de recelo y desánimo que le había hecho apagar casi por completo cualquier rastro de emoción en su rostro.
Ella se sentó en silencio en otro sofá, lejos de él, compartiendo el mismo aire de angustia. Su mente no dejaba de dar vueltas pensando en Doris, su amiga y compañera de trabajo, que acababa de ser trasladada en ambulancia con una herida grave en la cabeza. Aunque en el momento de subir al vehículo estaba consciente y hablaba, todos sabían que eso no significaba que su estado no pudiera empeorar de un momento a otro; el peligro de muerte seguía ahí, latente e incierto.
Y luego estaba la señora Inez... ¿Quién lo habría dicho? Una mujer que siempre pareció brillar con luz propia, que aparentaba tener un corazón noble y generoso, capaz de hacerle un daño tan brutal y desmedido a su propia empleada... y solo porque quería callarla. Esa idea le helaba la sangre, y al mismo tiempo abría una duda enorme en su interior: ¿cuál era ese secreto terrible que solo Doris conocía, capaz de llevar a su jefa a tal extremo de violencia?
—¿Avisaron a la policía? —preguntó Ronald, girando lentamente la cabeza para mirarla con una expresión seria, vacía, sin el menor rastro de nerviosismo, solo con la pesadez de quien ya no tiene fuerzas para nada.
—No... no lo hicimos —respondió ella con honestidad, sosteniendo su mirada, igual de seria—. Pensamos que lo correcto era consultarlo primero con usted, estar seguros de lo que debíamos hacer.
Ronald asintió lentamente, soltando un suspiro que parecía salirle de lo más hondo, cargado de cansancio.
—Está bien... hiciste lo correcto —dijo con voz apagada—. No tengo ganas de dar declaraciones ni de hablar con nadie ahora mismo. Me siento tan abrumado... todavía no logro comprender cómo mi esposa pudo llegar tan lejos. Nunca imaginé que sufriera una enfermedad mental... aunque ahora todo tiene sentido. Ahora entiendo por qué quemó las sombrillas hace unos días, por esos ataques de ira que no tenían explicación...
Melisa intervino entonces, con la voz entrecortada por la tristeza, completando ese razonamiento:
—Y también fue la razón por la que intentó callar a Doris... callarla a fuerza de golpes y sangre —dijo, refiriéndose con otras palabras al empujón violento por las escaleras.
Al pronunciar esa frase —callarla con sangre—, la mente de Ronald se puso en alerta. Empezó a analizarlo todo fríamente, y esa duda que ya tenía creció más: ¿qué secreto era tan grande, qué información tan peligrosa poseía Doris, para que Inez tomara una decisión tan fría, tan calculadora y violenta como lanzarla al vacío? Él no se fiaba de las explicaciones simples ni de los diagnósticos médicos; sentía que había algo más oculto, algo que nadie estaba diciendo y que ella había tratado de silenciar a toda costa.
De repente, la puerta se abrió de golpe. Entró el doctor Lenny, caminando rápido y decidido, acompañado por todo su equipo de la clínica psiquiátrica. Eran cuatro hombres fornidos, vestidos con uniformes cómodos de color azul marino, llevando chalecos de sujeción reforzados, correas de seguridad y una camilla plegable; iban preparados para cualquier situación, con expresiones serias y entrenadas, acostumbrados a este tipo de crisis. Se notaba claramente que sabían quién mandaba aquí, y esperaban cada orden de Lenny con total obediencia y disciplina.
—¡Vamos, rápido, está arriba! —les indicaba el psiquiatra mientras subían con agilidad—. La he dejado muy alterada, agresiva. Tendremos que aplicarle sedación para que no grite, ni se golpee, ni intente atacarnos. Actúen con firmeza pero con cuidado.
Subieron las escaleras con paso firme y desaparecieron de su vista. El silencio volvió a la sala, pesado y opresivo.
Melisa miró a su jefe, con una mezcla de pena e intriga, y le preguntó en voz baja:
—¿La van a internar, señor Ronald? ¿Cree que esto... que todo lo que está pasando hará que se detenga el divorcio?
Ronald respondió de inmediato, con una severidad que dejaba claro que ya no quedaba nada de amor en su corazón, sino solo rabia acumulada y decisión absoluta.
—De ninguna manera. Al contrario... esto solo me hace estar más decidido que nunca a terminar con esto.
Se levantó del sofá de golpe, como si el simple hecho de hablar de ella le resultara repulsivo, y dio unos pasos alejándose. Pero se detuvo un instante, girándose solo para dar una orden tajante, fría y distante:
—Ahora, por favor... encárgate de limpiar bien el suelo y las escaleras. No quiero volver a ver ni una sola mancha de sangre. Me dan mareos, me enferma solo verlo.
Melisa asintió con la cabeza, bajando la mirada, sumisa y triste.
Él empezó a retirarse de espaldas, alejándose hacia el pasillo, cuando de pronto se escuchó ruido fuerte arriba: gritos, voces, pasos apresurados... y luego, el sonido claro de que bajaban a Inez. Se percibía en su voz, rota y desgarradora, lo alterada que seguía, lo lejos que estaba de ser la mujer que él conoció.
Ronald se detuvo un segundo, sin volver la cara, y en ese momento la duda volvió a golpearlo con fuerza: ¿Qué era lo que realmente escondía su esposa? ¿Qué verdad intentó borrar con tanta violencia? Y en el fondo, tenía la certeza absoluta de que, fuera lo que fuera, esa enfermedad mental era solo la excusa, pero el secreto era mucho más grande, más oscuro y más peligroso.