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La Invitada De La Mafia

La Invitada De La Mafia

Status: En proceso
Genre:Malentendidos / Polos opuestos enfrentados / Amor prohibido / Romance
Popularitas:9.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Dary MT

Prólogo

El olor a antiséptico y café frío solía ser el refugio de Elena. En el hospital, el mundo se dividía en constantes vitales, diagnósticos precisos y la satisfacción de devolverle el tiempo a quien creía haberlo perdido. Allí, ella tenía el control. Allí, la vida era un rompecabezas que siempre sabía cómo armar.

Pero esa noche, el control se le escapó entre los dedos con una sola llamada.

—Elena… por favor… no preguntes, solo ven.

La voz de Sofía no era la de la profesora alegre que siempre encontraba una lección de vida en cada tragedia. Era un susurro roto, ahogado por un dolor que Elena no podía identificar a través del teléfono. Y luego, el sonido de una respiración profunda, masculina y extraña, antes de que la comunicación se cortara.

El trayecto hacia la dirección en enviada por mensaje de texto no la llevó a una clínica de urgencias, sino a una de esas fortalezas de mármol y hierro que se escondían en las afueras de la ciudad. Un lugar donde el lujo gritaba tanto como el silencio.

Al bajar del auto, el aire se sintió más pesado, cargado con el olor de la lluvia reciente y algo metálico que le erizó la piel. Antes de llegar a la puerta, una figura se materializó desde las sombras de los robles.

No era el hombre que Sofía le había descrito meses atrás con ojos soñadores. Este hombre era más alto, de hombros imposibles y una mirada que no parecía humana, sino de acero pulido. No llevaba un traje italiano hecho a medida; vestía de negro, como si fuera parte de la misma oscuridad que lo rodeaba.

—¿La doctora? —preguntó él. Su voz era un trueno bajo, con un acento rudo que arrastraba las consonantes. Ruso.

Elena apretó su maletín médico, sintiendo que sus nudillos perdían el color.
—¿Dónde está mi amiga? ¿Qué le han hecho?

El hombre no respondió de inmediato. La escaneó con una lentitud que la hizo sentir vulnerable, analizando no solo su miedo, sino su determinación. Viktor Volkov no solía tratar con personas que salvaran vidas; su mundo se dedicaba a terminarlas. Pero por un segundo, algo en la postura firme de aquella mujer de bata blanca lo obligó a bajar ligeramente la guardia.

—Está viva —dijo él, dándose la vuelta para guiarla hacia el interior—. Pero si quieres que siga así, olvida todo lo que crees saber sobre el bien y el mal. Aquí dentro, doctora, las reglas las ponemos nosotros.

Elena cruzó el umbral, dejando atrás la luz de la calle y entrando en un reino de terciopelo y sangre. Sabía que, después de esa noche, el pulso de su propia vida nunca volvería a ser el mismo.

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La grieta en el acero

Viktor bajó las escaleras con una zancada pesada, casi depredadora. Al llegar al comedor, se sirvió un vaso de agua mineral con un movimiento brusco, ignorando el whisky que Lorenzo le ofrecía desde la cabecera de la mesa. Tenía la mandíbula tan apretada que los músculos de su cuello se marcaban como cuerdas tensas.

Lorenzo, que había estado sumido en su propia miseria, alzó la vista y se detuvo a mitad de un sorbo. Conocía a Viktor desde las guerras en los Balcanes y los bajos fondos de Moscú; lo había visto interrogar a traidores sin pestañear y recibir noticias de emboscadas con la calma de quien lee el clima. Nunca, en diez años, lo había visto... irritado.

—Vaya —soltó Lorenzo, dejando el vaso sobre la mesa con un golpe seco—. Esa cara no es por la cena fría. ¿Qué pasó arriba? ¿La doctora te echó de la habitación con una de sus miradas de rayos X?

Viktor no respondió de inmediato. Bebió el agua de un trago y dejó el vaso en la encimera con más fuerza de la necesaria.

—Es una mujer imposible —gruñó Viktor, su voz era un trueno sordo—. Le ofrecí que mis hombres trajeran sus cosas para que estuviera cómoda, comida, seguridad... y me lanzó un discurso sobre el "mundo civilizado" y el respeto a la privacidad. Me prohibió tocar sus pertenencias y se negó a aceptar siquiera un vaso de agua de esta casa.

Lorenzo soltó una carcajada espontánea, la primera en todo el día, aunque cargada de ironía.

—Te lo dije, Viktor. Esa mujer no nos tiene miedo. Nos mira como si fuéramos una infección que ella tiene que extirpar —Lorenzo se inclinó hacia adelante, observando a su amigo con una curiosidad renovada—. Pero lo que me parece realmente fascinante no es que ella te haya gritado... sino que a ti te importe.

Viktor se giró, fulminándolo con la mirada. —No me importa. Me molesta la ineficiencia. Es ilógico que duerma con esa ropa incómoda pudiendo tener sus cosas aquí en veinte minutos.

—No me vengas con cuentos de lógica, Viktor —lo cortó Lorenzo, entrecerrando los ojos—. Te he visto ver morir a hombres suplicando y no has movido un músculo. Nunca te he oído mencionar a una mujer, ni preocuparte por si una modelo o una heredera estaba "cómoda" o si tenía su cepillo de dientes. Y ahora estás aquí, echando humo porque una doctora de hospital público te mandó al diablo.

Lorenzo se levantó y caminó hacia él, rodeándolo como quien analiza una pieza de arte defectuosa.

—Dime la verdad, hermano —presionó Lorenzo con un tono más serio—. ¿Por qué te preocupa tanto lo que esa doctora necesite? ¿Por qué te tomaste la molestia de ofrecerle tus servicios personales?

Viktor mantuvo el silencio, su mirada gris perdida en algún punto de la pared. La pregunta de Lorenzo golpeó un lugar que él mismo no quería explorar. No sabía por qué la resistencia de Elena lo atraía tanto, ni por qué sentía la necesidad de que ella lo viera como algo más que un "animal", como lo había llamado Sofía.

—Es la mejor amiga de tu mujer —respondió finalmente Viktor, recuperando su tono monótono y frío—. Si ella está bien, Sofía está tranquila. Si Sofía está tranquila, tú dejas de ser un desastre operativo. Es pura estrategia, Lorenzo.

Lorenzo soltó un soplido de incredulidad, pero no insistió. Sabía que Viktor era un experto en enterrar emociones bajo capas de pragmatismo, pero la chispa de enojo que acababa de ver le confirmó una sospecha peligrosa: la doctora Elena había logrado algo que ninguna bala rusa pudo hacer en años. Había logrado que Viktor Volkov sintiera algo.

—Estrategia, claro —murmuró Lorenzo, volviendo a su whisky—. Solo ten cuidado, Viktor. Las mujeres como ella son más peligrosas que una emboscada. Te desarman sin que te des cuenta de que ya no tienes tu escudo puesto.

Viktor no contestó. Salió del comedor hacia el jardín, necesitando el aire frío de la noche para enfriar sus pensamientos. Pero mientras encendía un cigarrillo bajo la lluvia fina, la imagen de Elena —desafiante, pura y feroz— seguía grabada detrás de sus párpados, burlándose de su supuesta lógica.

1
Caya Fernández
no me dejes con la incertidumbre 🫠🫠
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