Renace en un mundo mágico para cobrar venganza.
* Novela parte de un gran mundo mágico *
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Limpieza 2
Apenas cruzó el umbral de la mansión, Cora no miró atrás. El aire exterior le resultó más liviano, como si cada paso que la alejaba de aquella casa también la desprendiera de una capa de miedo antiguo. Caminó hasta el carruaje con la cabeza baja, sosteniendo el borde de su capa con ambas manos, encarnando a la perfección a la joven frágil que todos creían conocer.
—Llévame al pueblo —pidió al cochero, con voz suave.
El hombre la miró por encima del hombro, evaluándola con desgano. No hizo ademán alguno de tomar las riendas.
—No tengo órdenes de moverme —respondió con sequedad—. Su familia no está.
Era una negativa abierta, insolente incluso, aunque fuera su trabajo obedecerla. Cora apretó los labios un instante. No discutió. No alzó la voz. Simplemente sacó una moneda y la sostuvo a la altura de los ojos del cochero.
El brillo del metal hizo el resto.
El hombre carraspeó, alargó la mano y guardó la moneda sin decir palabra. Las riendas se tensaron y el carruaje, por fin, se puso en movimiento.
Durante el trayecto, Cora observó el camino con atención, memorizando cada giro, cada punto de referencia. No era solo una salida.. era un reconocimiento. Cuando el carruaje se detuvo en el pueblo, descendió con cuidado y se ajustó la capa, haciéndose aún más pequeña, más vulnerable.
Buscó con la mirada hasta encontrar a un guardia del ducado apostado cerca de la plaza. Se acercó despacio, dudando a cada paso, como si reunir valor le costara un esfuerzo enorme.
—Disculpe… —dijo, con voz quebrada— ¿podría… podría hablar con alguien a cargo?
Su expresión era deplorable a propósito.. ojos brillantes, respiración irregular, manos temblorosas. El soldado la miró con extrañeza primero, luego con cierta incomodidad. Dudó un segundo antes de asentir.
—Ven conmigo —dijo al final.
La condujo a través de un edificio sobrio, de piedra, hasta una sala más amplia. Allí la dejó frente a un hombre que no se presentó, pero cuya presencia llenaba el lugar sin necesidad de palabras.
Era alto, de hombros anchos, con una postura recta que delataba años de disciplina militar. Vestía ropa de corte marcial, sobria, sin adornos innecesarios. Su cabello oscuro estaba cuidadosamente recogido y sus ojos, también oscuros, la observaron con una atención fría, calculadora.
Cora sintió un escalofrío.
Se acercó un poco más, bajando la cabeza, y cuando habló lo hizo al borde del llanto.
—Mi señor… —comenzó—. Mi mansión… la mansión Morgan… está siendo robada.
Alzó la vista apenas, lo justo para que él pudiera ver las lágrimas acumulándose.
—Mis empleados… se han aprovechado de que mi hermano, Colton Morgan, y mi padre están sirviendo al reino en una misión diplomática. Han robado joyas, ropa… cosas de valor. Yo… no sé qué hacer.
El hombre la escuchó sin interrumpirla. Su rostro no cambió. No hubo gesto de compasión ni de sorpresa. Sus ojos permanecieron tan duros como el acero. Cora, por un instante, pensó que estaba hablando con una estatua.
[Es de hielo este hombre, publico dificil]
La indiferencia la desesperó… o al menos eso aparentó.
De pronto, como si el peso fuera demasiado, Cora se lanzó al suelo. Sus rodillas golpearon la piedra y apoyó las manos frente a él, inclinándose en una súplica desesperada.
—Por favor… —rogó—. No tengo a nadie más. Solo le pido que investigue. Solo eso.
El silencio se alargó unos segundos eternos.
Finalmente, el hombre habló.
—Me ocuparé de investigar —dijo con voz firme, sin dureza, pero sin suavidad alguna—. Levántate.
Cora alzó la vista, sorprendida, y obedeció. Se incorporó lentamente, limpiándose las lágrimas con torpeza. Mientras lo hacía, notó con más claridad su uniforme, el porte, la autoridad natural que emanaba de él.
[Debe ser un capitán]
Asintió con gratitud, inclinando la cabeza una vez más.
—Gracias… gracias, mi señor.
Mientras se retiraba, aún con los ojos enrojecidos, Cora sintió una calma peligrosa asentarse en su interior. Había sembrado la duda correcta en el terreno adecuado.
Los dados ya estaban en movimiento.
Y aunque aquel hombre pareciera de hielo, incluso el hielo, tarde o temprano, se quiebra.
Antes de regresar a la mansión, Cora no volvió directamente al carruaje. El pueblo estaba allí, vivo, ajeno a los dramas de la casa Morgan, y por primera vez desde que había despertado en ese mundo sintió que tenía derecho a ocupar ese espacio.
Caminó despacio por la calle principal, dejando atrás el edificio del ducado. El pulso aún le latía con fuerza, pero no por miedo.. era la adrenalina de un plan que avanzaba exactamente como debía. Nadie la seguía. Nadie la observaba con atención. Para el pueblo, no era más que una joven noble discreta, quizá algo frágil.
El olor a pan recién horneado la guió hasta una posada modesta, de madera oscura y ventanas pequeñas, de donde salía el murmullo de voces y risas suaves. Se detuvo un instante antes de entrar, ajustándose la capa. Luego cruzó el umbral.
El calor del lugar la envolvió de inmediato.
Se sentó en una mesa apartada y pidió comida sin titubear. Un plato caliente, sencillo, pero abundante. Mientras esperaba, pensó fugazmente en el botín que aún conservaba oculto entre sus ropas y en un pequeño escondite que había preparado en la mansión. No lo había repartido todo entre las habitaciones de los empleados. Había sido cuidadosa. Previsora.
Cuando el plato llegó, comió con calma, sin prisa, saboreando cada bocado. No solo alimentaba el cuerpo.. estaba reafirmando una decisión. Nunca más permitiría que el hambre fuera un castigo impuesto por otros. Nunca más volvería a acostarse con el estómago vacío por la crueldad ajena.
Antes de levantarse, pidió algunas cosas para llevar.. pan, queso, fruta seca. Lo suficiente para varios días. La posadera la miró con curiosidad, pero no hizo preguntas. Cora pagó sin regatear y guardó todo con cuidado.
Al salir, el aire fresco del exterior le pareció distinto. Más limpio. Más suyo.
Regresó al carruaje con paso firme. El cochero la miró de reojo, sorprendido quizá por la bolsa de comida, pero no dijo nada. Esta vez, no necesitó ofrecerle una moneda.. ya había aprendido.
Mientras el carruaje avanzaba de regreso a la mansión Morgan, Cora apoyó la cabeza contra el respaldo y cerró los ojos por un momento. No había culpa en ella. Solo determinación.
Ya no volvería a pasar hambre.
Ni de comida.
Ni de justicia.
Ni de poder.
Había dado el primer paso fuera de la jaula… y no pensaba volver a entrar jamás.