Renace en un mundo mágico, en un matrimonio sin amor, pero decidida a cambiar su destino.
* Esta novela es parte de un mundo mágico *
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Claud Opathi
Al día siguiente, el encuentro fue inevitable.
Helen avanzaba por uno de los corredores cuando Claud apareció de frente, impecablemente vestido, con esa expresión ensayada que ahora ella reconocía con absoluta claridad. Apenas sus miradas se cruzaron, Helen reaccionó de inmediato.. llevó una mano a su abdomen y frunció levemente el ceño, dejando escapar un suspiro contenido.
—¿Te encuentras bien? —preguntó Claud, fingiendo preocupación mientras daba un paso hacia ella.
Helen se detuvo, apoyándose con delicadeza en el respaldo de una silla cercana.
—No es nada grave.. Molestias normales por encontrarme indispuesta.
Claud asintió con rapidez, aliviado… o quizá simplemente conforme de no tener que involucrarse más de lo necesario.
—Entiendo.. Descansa entonces.
—Eso haré.
Se dedicaron una sonrisa educada, vacía, y siguieron caminos opuestos. Fue un acuerdo silencioso.. ambos fingían amabilidad, ambos evitaban cualquier cercanía real. No hubo reproches, ni afecto, ni interés verdadero. Solo dos extraños unidos por un contrato a punto de romperse.
[perfecto… así es mejor]
Durante los cuatro días siguientes, Helen salió muy pocas veces de su habitación. Las criadas se limitaban a llevarle comida ligera, té caliente y las aguas especiales, y ella las recibía con cortesía distante. Nadie la molestó. Claud no preguntó. La mansión siguió su rutina como si la señora de la casa no existiera.
Y Helen aprovechó cada instante.
Sobre su escritorio se acumularon libros de contabilidad, registros comerciales, contratos antiguos y cartas con sellos de la casa Lewis. Pasó horas leyendo, comparando cifras, anotando observaciones. Aprendió sobre rutas comerciales, inversiones en tierras, préstamos otorgados a otras casas nobles y acuerdos que su padre había firmado años atrás.
Cuanto más leía, más clara se volvía la verdad.
La fortuna Lewis no solo era grande… estaba mal defendida.
[si alguien como Claud pudo poner los ojos en esto, otros también lo harán]
Helen memorizó nombres, fechas, porcentajes. Identificó aliados potenciales y acuerdos peligrosos. Comprendió qué negocios generaban ganancias reales y cuáles eran simples adornos para aparentar poder. Su mente, acostumbrada a otro mundo, se adaptó con rapidez a este nuevo lenguaje de oro y tinta.
Por las noches, al cerrar los libros, no sentía miedo ni duda.
Sentía control.
Esos cuatro días de encierro no fueron debilidad ni enfermedad. Fueron preparación. Cuando Helen finalmente se asomó a la ventana la última noche, observando la luna sobre los jardines Opathi, supo que ya no era solo la heredera legítima.
Era una mujer que entendía su poder.
[cuando todo esto termine… no volveré a ser subestimada]
Y mientras Claud seguía creyendo que el silencio jugaba a su favor, Helen Lewis se fortalecía en la sombra, acercándose, sin que nadie lo notara, al momento exacto en que rompería el último lazo que la unía a él.
Al quinto día, la información llegó de manera casual, como suelen llegar las verdades incómodas en las casas grandes.
Helen estaba sentada en uno de los salones laterales, revisando unos apuntes que había copiado de los libros de contabilidad, cuando el mayordomo se acercó con su habitual formalidad impecable.
—Mi lady.. ebo informarle que el señor Opathi ha salido del pueblo. Estará ausente por tres días, debido a un viaje de negocios.
Helen levantó la mirada con lentitud, como si la noticia la tomara por sorpresa. Sus dedos se aferraron un poco más al papel, y dejó que su expresión se tornara ligeramente sombría.
—¿Tres días…? Entiendo.
Inclinó la cabeza, agradeciendo la información con una cortesía que parecía frágil. El mayordomo la observó un segundo más, como evaluando su reacción, y luego se retiró.
Apenas quedó sola, Helen bajó la vista.
[¿viaje de negocios?]
La verdad ya la conocía. Había escuchado a dos criados murmurar en el corredor la noche anterior, hablando en susurros mal disimulados. Claud no había salido por asuntos comerciales.. se había ido de fiesta con sus amigos, a beber, apostar y alardear de su reciente matrimonio, como si fuera un trofeo más.
Helen apretó los labios, y dejó que su cuerpo interpretara el papel que todos esperaban de ella. Caminó lentamente hasta una ventana y suspiró, dejando que cualquiera que la viera pensara que estaba abatida por la ausencia de su esposo.
[quédate fuera más tiempo]
Su rostro reflejaba una tristeza dócil, casi resignada. Pero por dentro, su mente trabajaba con otra emoción muy distinta.
[ojalá te quedaras fuera una semana]
Tres días no eran suficientes, pero aun así eran un regalo. Con Claud lejos de la mansión, no habría interrupciones incómodas, ni miradas calculadoras, ni intentos de fingir cercanía. Podría moverse con mayor libertad, revisar documentos, preparar todo para el momento exacto.
[así podré redactar tranquila los papeles de la anulación]
Esa noche, Helen cenó sola, con una expresión melancólica que nadie se atrevió a cuestionar. Los criados la observaron con discreta compasión, convencidos de que su joven señora sufría por la ausencia de un marido que, en realidad, no merecía ni un pensamiento.
Cuando regresó a su habitación, cerró la puerta y apoyó la espalda contra ella, dejando caer por fin la máscara.
Una sonrisa breve, casi imperceptible, curvó sus labios.
[tres días de ventaja… no los desperdiciaré]
Mientras Claud brindaba y reía lejos del pueblo, Helen Lewis se preparaba en silencio para el golpe final.. el fin definitivo de un matrimonio que nunca debió existir.
Cuando Claud volvió a la mansión, el aire mismo pareció tensarse.
Helen supo de su regreso antes de verlo. La mansión Opathi tenía una forma peculiar de anunciar su presencia.. pasos más ruidosos, risas forzadas, órdenes dichas con un tono que exigía ser escuchado. El mayordomo informó su llegada con la formalidad de siempre, pero Helen ya estaba preparada.
Solo dos días.
[dos días… nada más]
A partir de ese momento, Helen convirtió la evasión en un arte silencioso.
Si Claud bajaba al salón principal, ella permanecía en la terraza del ala este.
Si él desayunaba temprano, ella pedía que le llevaran la comida más tarde a la habitación.
Si él preguntaba por ella, las criadas respondían con frases suaves.. “mi lady descansa”, “mi lady está indispuesta”, “mi lady está ocupada con asuntos personales”.
Claud comenzó a notarlo.
En más de una ocasión, cruzaron miradas desde extremos opuestos de un pasillo. Helen se detenía apenas un segundo, hacía una leve inclinación de cabeza y luego giraba, desapareciendo por otra puerta antes de que él pudiera acercarse. No corría. No se mostraba nerviosa. Simplemente… no estaba disponible.
[no me tocarás… no ahora]
Claud, acostumbrado a ser ignorado solo cuando él lo decidía, fruncía el ceño cada vez que eso ocurría. Intentó coincidir con ella en los jardines, pero Helen salió justo cuando él entraba. Intentó visitarla por la tarde, pero la criada le informó que mi lady se encontraba con un fuerte dolor de cabeza. Todo era perfectamente educado, perfectamente razonable… y absolutamente frustrante.
Por las noches, Helen permanecía en su habitación, revisando una y otra vez los documentos que ya tenía preparados en su mente. Repasaba fechas, cláusulas, el plazo exacto que el mago del templo le había señalado.
[mañana uno… luego el último]
Cada paso que daba por la mansión era medido, calculado. No quería escenas. No quería provocaciones. No quería que Claud sospechara que el tiempo jugaba en su contra.
Y Claud, por su parte, comenzaba a impacientarse. La buscaba más por orgullo que por afecto, molesto por esa distancia inexplicable, por esa esposa que parecía deslizarse fuera de su alcance justo cuando él regresaba.
Pero Helen ya no estaba allí para él.
Cuando finalmente se encontraron de manera inevitable, al caer la tarde del primer día de su regreso, ella apenas le dirigió una mirada cansada.
—No me siento bien —dijo con voz baja—. Necesito descansar.
Claud no insistió. Quizás porque no quería escucharla. Quizás porque no le importaba lo suficiente.
Helen se alejó con paso tranquilo, el corazón latiendo con una mezcla de tensión y calma absoluta.
[solo dos días… resiste]
En el silencio de su habitación, mientras la mansión seguía viva a su alrededor, Helen Lewis sostuvo esa cuenta regresiva como un secreto sagrado.
Dos días para ser libre.
Dos días para romper el último hilo.
Dos días para cerrar una historia que jamás le perteneció.
Y esta vez, Claud Opathi no tenía idea de lo cerca que estaba el final.