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Marcas De La Infancia

Marcas De La Infancia

Status: En proceso
Genre:Maltrato Emocional / Centrado emocionalmente / Romance
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Heimy Zuñiga

No todas las cicatrices se ven en la piel. Algunas habitan en la memoria, en las emociones y en los recuerdos que tratamos de callar. La historia de Liam es un testimonio vivo de esas cicatrices invisibles y de la valentía de ponerlas en palabras.

NovelToon tiene autorización de Heimy Zuñiga para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 9: A cielo abierto

La normalidad es una mentira que uno se cuenta hasta que termina por creérsela. Durante los días que siguieron al incidente del bar, intenté convencerme de que el mundo había vuelto a su eje. Me obligaba a caminar por los pasillos con la espalda recta, ignorando cómo el murmullo de las conversaciones bajaba de volumen cuando yo pasaba cerca. Notaba a los estudiantes de primer año desviando la vista, como si mi apellido, Lennox Chester, fuera una advertencia de "no tocar". Para ellos, yo era el hijo de un imperio; para mí, era un animal acorralado en un traje caro.

Ese día, la sensación de asfixia se volvió insoportable. El aula de diseño estaba saturada del olor a pegamento y el chirrido de las sillas. Sentía las miradas de Alex y Andrés sobre mí, cargadas de una preocupación que me quemaba la piel. No quería su lástima. Necesitaba que el mundo dejara de mirarme. No era solo el recuerdo del bar; era el terror de saber que Hazel me estaba observando desde el silencio, y que yo no sabía cómo defenderme de eso.

Durante el receso, sin pensarlo demasiado, me escabullí.

No quería hablar con nadie. No quería explicaciones, ni bromas incómodas, ni silencios cargados de lástima. Solo necesitaba estar solo.

Terminé en la azotea de la universidad.

El viento golpeaba con fuerza y el concreto estaba frío bajo mis botas. Desde allí, la ciudad se extendía infinita, indiferente, recordándome lo pequeño que era todo... incluido yo.

Saqué un cigarrillo. Sabía que estaba prohibido fumar allí, pero no me importó. Encendí el mechero y observé la llama temblar antes de apagarse contra el tabaco. El humo quemó mi garganta, llenándome los pulmones de esa calma falsa que siempre llegaba primero... y se iba rápido.

—Todavía no has dejado esa mala costumbre.

La voz fue suave. Sin reproche. Demasiado familiar.

Giré apenas la cabeza.

Hazel estaba a unos pasos, con los brazos cruzados para protegerse del viento. Sus ojos estaban entrecerrados por el sol, pero su postura era firme. No me miraba como los otros estudiantes abajo, con miedo o curiosidad; me miraba como quien reconoce un paisaje familiar. No se había acercado de golpe. Había respetado la distancia sin que yo se lo pidiera. Ese detalle me tensó.

—Fumar no es bueno —añadió—. Deberías dejarlo.

Exhalé el humo con fastidio.

—Niña ingenua... no me des órdenes.

La palabra salió como un escudo. Ingenua. Como si decirla en voz alta pudiera convencerme de que no sabía nada. De que no me estaba viendo.

Ella no reaccionó como esperaba.

—No te estoy dando órdenes —respondió con calma—. Solo... me preocupo.

Eso me puso a la defensiva.

—Sigues acercándote a mí sin miedo —dije, bajando la voz—. ¿No entiendes que no soy alguien seguro?

Hazel sostuvo mi mirada. No había desafío en sus ojos. Tampoco lástima. Vi cómo el viento agitaba su chaqueta, pero ella no retrocedió ni un centímetro. Su quietud era desafiante.

—No creo que seas peligroso —dijo—. Creo que estás cansado.

Aplasté el cigarrillo contra el suelo con la punta del zapato y me aparté un paso. Necesitaba espacio. Control.

—No me mires así —murmuré—. No sabes quién soy.

—Tal vez no —admitió—. Pero sé cómo se ve alguien cuando no quiere que lo toquen... ni siquiera con palabras.

Mientras hablaba, bajó la vista hacia sus propias manos y las apretó contra sus brazos. Fue un gesto rápido, casi imperceptible, pero el velo cayó. Vi en sus nudillos blancos la misma tensión que yo sentía en mi mandíbula. Hazel no estaba siendo amable por su bondad pura; estaba siendo amable porque entendía el idioma del daño.

No me estaba observando desde afuera.

Me estaba describiendo desde adentro.

El viento agitó su cabello rizado y, por un instante, el mundo pareció quedarse suspendido.

—Liam —dijo.

Escuchar mi nombre en su voz me desarmó. Sentí el calor subir a mi rostro, una reacción traicionera que me dejó expuesto bajo la luz del sol. Maldije internamente mi propia piel por delatarme. Ese sonrojo era una grieta en la armadura que llevaba años construyendo.

Aparté la mirada de inmediato.

—¿Podemos ser amigos? —preguntó—. Solo eso.

El timbre de la universidad rompió el momento como un golpe seco.

Asentí sin mirarla.

—Haz lo que quieras.

Bajamos juntos las escaleras. Al entrar de nuevo en los pasillos, noté cómo un grupo de compañeros se detenía al vernos aparecer juntos. Susurros discretos nos siguieron mientras caminábamos manteniendo esa distancia prudente. Para la facultad, éramos una pareja extraña: la luz y la sombra caminando en el mismo sentido.

Mientras descendíamos, lo entendí con una claridad incómoda:

por primera vez en mucho tiempo, había dejado que alguien se acercara sin huir.

Y esa pequeña rendija en mis muros...

me hacía sentir peligrosamente vivo.

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señorita_cash
.
señorita_cash
que personal..
Yorjany González Rodríguez
bien sigue haci pero trata de que cuando termines un capitulo el siguiente lo continue desde donde se quedo /Slight/
Heimy Zuñiga: Jaja muchas gracias... lo tendré en cuenta de ahora en adelante 👏
total 1 replies
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