Dicen que ten cuidado con lo que desees... ¡Pero yo pedí un trono!, bah, que más da. Y si no fuera poco, resulta que ahora soy un omega puro. La nueva cáscara, que, aunque tenga mi nombre, en realidad era un... ¡Idiota, migajero, sin nada de dignidad! Y para el colmo; un personaje que sería utilizado por el protagonista y luego desechado.
No gracias, arreglaré eso, y mientras tanto me voy a divertir, porque este mundo donde los alfas dominan; no va conmigo, es más, haré que se inclinen a mis pies.
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Epi 8; El juego por fin comenzó
"Cinco ratas en total", pensé mientras guardaba la lista digital en mi teléfono con un toque de triunfo en los dedos. Cinco idiotas que creían que estaban jugando al espionaje corporativo y que ahora solo eran peones en mi tablero.
Me ajusté el cuello de la camisa, sintiendo que el aire del almacén ya me había ensuciado lo suficiente. Tenía una gala a la cual asistir, y si algo aprendí de mi vida pasada es que no hay mejor escenario para un narcisista que una fiesta llena de enemigos que creen que eres inofensivo.
—Ya tengo lo que quería —le dije a Damián, dándole la espalda al Beta que seguía sollozando en la silla—. Mantén a este desperdicio bajo control. No dejes que se comunique con nadie, ni siquiera con su propia sombra. Cuando te dé luz verde, iremos por los otros cuatro. Por ahora, que sigan trabajando para mí sin saberlo.
Damián asintió, pero cuando pasé a su lado para dirigirme a la salida, su mano se cerró sobre mi antebrazo con una firmeza que me hizo detenerme. Sus ojos azules, gélidos y analíticos, me recorrieron el rostro como si estuviera tratando de descifrar un código que no terminaba de entender.
—Inel... —empezó a decir, y su voz sonó más baja de lo habitual, cargada de una extraña vacilación—. Ten cuidado en esa gala. Leonard no es un Alfa que juegue limpio cuando siente que pierde el hilo de la situación.
Me quedé mirándolo un segundo de más. Había algo en su mirada, una chispa de... ¿preocupación? ¿O quizás solo era el miedo de perder a su patrocinador? Se retractó antes de que yo pudiera responder, soltándome como si mi piel quemara.
—No importa. Ve. Yo me encargo de esto —concluyó, volviendo a su máscara de frialdad.
No le di mayor importancia. Lo que fuera que Damián estuviera cocinando en su cabeza eran distracciones. Salí de allí directo a la mansión Vargas, donde el caos de la "preparación" ya había estallado.
—¡Inel, por fin! —exclamó Mia en cuanto crucé el umbral. Mi madre se veía impecable, pero su mirada estaba fija en los percheros—. Tienes que arreglarte ya. He seleccionado unas opciones maravillosas para ti.
Cuando vi lo que me esperaba en mi habitación, casi suelto un comentario mordaz que me habría delatado. Eran vestidos. Sedas ligeras, encajes rosas y cortes que gritaban "mírenme, soy un Omega dócil esperando ser reclamado". Era ropa diseñada para exhibir, no para imponer.
"Ni en esta vida ni en la anterior me pondría este insulto a la moda", pensé con desprecio.
Ignoré las sugerencias de Mia y me dirigí a la sección del fondo del armario, donde el antiguo Inel guardaba cosas que probablemente nunca tuvo el valor de usar. Elegí un esmoquin negro azabache, de corte slim, con una solapa de seda que brillaba bajo la luz. Era elegante, sofisticado y, sobre todo, proyectaba poder. Me puse una camisa blanca impecable, sin corbata, dejando los primeros botones abiertos para que mi nuevo aroma fluyera con libertad.
Cuando bajé las escaleras, Marco ya estaba en el vestíbulo. Mi hermano era, visualmente, el polo opuesto a mí. Mientras que yo era sombras y ángulos agudos, él era fuego. Tenía el cabello de un rojo vibrante, casi como llamas peinadas hacia atrás con precisión, y unos ojos verdes tan intensos que parecían esmeraldas pulidas. Era alto, de una complexión robusta pero definida por años de entrenamiento, el tipo de Alfa que no necesita hablar para que sepas que es el dueño de la habitación.
Se quedó estático al verme. Su sorpresa fue tan evidente que sus cejas casi desaparecieron bajo su flequillo.
—¿Un esmoquin? —preguntó, recorriéndome con una mirada que pasó del desconcierto a una irritación mal disimulada—. ¿Dónde está el traje de seda que mamá te compró? Pareces... diferente. Menos idiota debo decir.
—Agradezco tus elogios —respondí, pasando a su lado con una sonrisa ladeada—. Pero hoy prefiero ser el que decide quién se queda con el hambre.
Su impresión desapareció tan rápido como llegó, reemplazada por su habitual máscara de control. Se ajustó los gemelos de oro y me hizo un gesto hacia la puerta.
—Como quieras. Mientras no hagas una escena, me da igual cómo vayas vestido. Iremos juntos, como siempre. Intenta no alejarte demasiado; no tengo tiempo para rescatarte de alfas hambrientos esta noche.
"Oh, hermanito", pensé mientras subíamos a la limusina, "si supieras que el único que necesita rescate esta noche es el mundo que crees conocer".
El motor rugió y nos pusimos en marcha hacia la guarida de la bestia.
...—🖇️—...
La gala era un despliegue de hipocresía envuelto en pan de oro. En cuanto entramos al salón principal, el olor a feromonas costosas y perfumes franceses me golpeó como una bofetada. Marco, con esa presencia de Alfa incendiario que casi hacía que el aire vibrara a su alrededor, me lanzó una última mirada de advertencia.
—No te metas en problemas, Inel. Mantente cerca del buffet o de las plantas, pero no hagas nada que me obligue a dar explicaciones —dijo, ajustándose la chaqueta antes de perderse entre un grupo de peces gordos de la industria petrolera.
—Prometo ser un ángel, hermanito —murmuré para mí mismo, mientras lo veía alejarse—. Un ángel exterminador, tal vez.
Me quedé solo, apoyado contra una columna de mármol, sosteniendo una copa de champán que probablemente costaba más que el alquiler del bar donde encontré a Damián. El tiempo pasaba con una lentitud exasperante. Observé a la élite moverse como piezas de un reloj oxidado, repitiendo los mismos saludos falsos y las mismas risas ensayadas. "Qué aburrimiento", pensé. "¿Dónde está el caos cuando uno lo necesita?".
Como si el universo leyera mis deseos de destrucción, un pequeño grupo de Omegas empezó a acercarse a mí. Reconocí los rostros de inmediato: eran las "moscas" del antiguo círculo social de Inel. Liderando el grupo estaba Tiffany, una Omega que llevaba un vestido tan apretado que me sorprendía que pudiera procesar oxígeno.
—Vaya, miren quién decidió aparecer —soltó Tiffany, cruzándose de brazos y barriéndome con una mirada cargada de veneno—. Inel Vargas, el desaparecido. ¿Qué te pasa? Bloqueaste nuestros números, cancelaste la reservación del club del viernes... ¿Se te acabó la mesada o finalmente te diste cuenta de que sin nosotros no eres más que un mueble bonito?
Me despegué de la columna lentamente, dejando que mi sonrisa más ácida se dibujara en mi rostro. El grupo se tensó; supongo que esperaban una disculpa tartamuda o una invitación a cenar para compensar el "desaire".
—Oh, Tiffany. Qué alegría ver que tu coeficiente intelectual sigue compitiendo con la temperatura de un congelador —dije, dando un sorbo perezoso a mi copa—. No los bloqueé porque se me acabara el dinero, lo hice porque me cansé de pagar la suscripción de un circo donde yo era el único espectador con cerebro.
—¿Cómo te atreves...? —empezó otro de ellos, un chico que solía pedirme prestado hasta el brillo labial.
—Me atrevo porque puedo, cariño —lo interrumpí, dando un paso hacia adelante. Mi aura, antes dócil, ahora se sentía como un muro de hielo—. Me di cuenta de que su amistad tiene el mismo valor que un billete de monopolio. Son parásitos con ropa de marca. Se ríen de mis "tonterías" por la espalda pero se atragantan con la comida que yo pago. Si quieren seguir viviendo como reyes, busquen a otro idiota que necesite validación. Yo ya me gradué de esa escuela de mediocridad.
Tiffany se puso verde, literalmente. Sus feromonas de "Omega indignado" empezaron a oler a fruta podrida, un signo claro de que la verdad le había dado justo donde le dolía: en el orgullo y en la billetera.
—Eres un engreído, Inel. Sin nosotros, no eres nada en esta sociedad —siseó ella.
—Sin ustedes, soy el dueño de mi tiempo y de mi fortuna. Ustedes, en cambio, sin mí... bueno, espero que aprendan a disfrutar del agua del grifo, porque mi cuenta está cerrada para las ratas.
Me di la vuelta, dejándolos con la palabra en la boca y la dignidad en el suelo. Disfruté el silencio estupefacto que dejaron a mi espalda. "Eso fue terapéutico", pensé, sintiendo cómo mi narcisismo se alimentaba del caos que acababa de sembrar.
Pero mi momento de autosatisfacción duró poco. El aire en el salón cambió de repente. No fue un ruido, sino una presión, un cambio en la densidad del oxígeno que hizo que el vello de mis brazos se erizara. Un aroma a cedro, tormenta y poder absoluto empezó a filtrarse en mis sentidos.
Me giré lentamente, ya sabiendo a quién encontraría.
Frente a mí, bloqueándome el paso con la elegancia de un depredador que sabe que su presa no tiene a dónde ir, estaba él. Leonard Ruiz. El esmoquin le quedaba de una forma que debería ser ilegal, su cabello negro estaba perfectamente peinado, y sus ojos oscuros me recorrían con una intensidad que no era la de un Alfa mirando a un Omega, sino la de un estratega que acaba de notar que una de sus piezas ha cobrado vida propia.
—Inel Vargas —dijo Leonard, y su voz barítona vibró directamente en mi pecho—. Te ves... inusualmente afilado esta noche. Me pregunto qué ha pasado para que el pequeño cordero decida ponerse garras.
Le sostuve la mirada sin parpadear, dejando que el brillo hazel de mis ojos desafiara su dominio.
—A veces, Leonard, el cordero solo estaba esperando a que el lobo se acercara lo suficiente para morderle la yugular —respondí, bajando mi copa con una calma insultante.
El juego por fin había comenzado de verdad.
inel es simplemente inel