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Notas Y Colores Del Destino

Notas Y Colores Del Destino

Status: Terminada
Genre:Reencarnación / Romance / BL / Completas
Popularitas:1.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Annyaeliza

Dos genios.
Una rivalidad que duele.
Un amor que se repite en cada vida.
Cuando él gana, yo recuerdo.
Cuando yo brillo, él tiembla.
Esta vez… ¿podremos elegirnos antes de volver a perdernos?

NovelToon tiene autorización de Annyaeliza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 20:Donde el cuerpo también aprende a quedarse

La habitación estaba envuelta en una luz tibia que parecía respirar con ellos.

La lámpara proyectaba sombras suaves sobre las paredes, líneas difusas que se alargaban y se encogían según el movimiento lento del aire. Afuera, la noche avanzaba con calma, indiferente, como si supiera que dentro de ese espacio el tiempo había decidido ir más despacio.

Ren era el primero en sentirlo.

No era miedo exactamente, pero sí una vibración constante en el pecho, una mezcla de nervios y deseo que le hacía la respiración irregular. Estaba demasiado consciente de su propio cuerpo: del calor que se acumulaba bajo la piel, del pulso acelerado en la garganta, de cómo cada pequeño movimiento de Aiden parecía amplificarse.

Aiden lo observaba en silencio.

Había aprendido a leerlo sin palabras. La forma en que Ren apretaba los dedos contra la tela, cómo sus hombros subían apenas al inhalar, cómo sus mejillas se teñían de rojo cada vez que sus miradas se sostenían un segundo más de lo habitual.

—Ren… —murmuró, con la voz baja, más cargada de lo que pretendía.

Ren levantó la vista. Sus ojos brillaban, no de lágrimas, sino de una emoción contenida que parecía pedir permiso para existir.

—Estoy aquí —respondió—. Solo… dame un segundo.

Aiden asintió de inmediato.

No se movió. No lo tocó. Le dio ese espacio sin hacerlo sentir distancia.

Ese gesto, tan simple, hizo que algo se aflojara en Ren.

Cuando fue él quien se acercó, lo hizo despacio. No para provocar, sino para comprobar. Sus dedos rozaron el antebrazo de Aiden, apenas un contacto superficial, suficiente para que ambos reaccionaran al mismo tiempo.

El aire se volvió más denso.

Ren dejó escapar un suspiro tembloroso, sorprendido por la intensidad de ese roce mínimo. Aiden inhaló profundo, conteniéndose, permitiendo que Ren marcara el ritmo.

—¿Así está bien? —preguntó Aiden.

Ren asintió.

—Sí… sigue.

La mano de Aiden se deslizó con cuidado, recorriendo la piel con una lentitud casi reverente. No había prisa en ese gesto. Era exploración, no conquista. Memoria nueva construyéndose paso a paso.

Ren cerró los ojos.

Cada centímetro recorrido despertaba una respuesta: un estremecimiento, una respiración que se rompía apenas, un gemido suave que se le escapó sin intención. Al darse cuenta, abrió los ojos de golpe, las mejillas ardiendo.

—Perdón… —murmuró.

Aiden negó con la cabeza, con una sonrisa suave que no escondía el deseo.

—No —dijo—. No te disculpes por sentir.

Esa frase le atravesó el pecho a Ren.

Se acercó un poco más, reduciendo el espacio entre ellos hasta que el calor compartido se volvió innegable. Sus cuerpos se acomodaron de forma instintiva, buscando una cercanía más cómoda… y al mismo tiempo más íntima.

El ajuste fue lento.

Un leve movimiento de caderas, casi inconsciente.

Suficiente.

Ren jadeó en voz baja cuando el contacto se volvió más claro, más presente. No fue un golpe ni una urgencia, sino un roce constante que hizo que el deseo se le acumulara bajo la piel, vibrante.

Aiden se tensó apenas, lo justo para darse cuenta de que ese límite se estaba acercando. Apoyó la mano en la espalda de Ren, firme pero cuidadoso, guiando el movimiento para que no se perdieran.

—Respira conmigo —susurró.

Ren lo intentó. El aire le entraba a trompicones, pero siguió el ritmo que Aiden marcaba con su propia respiración, profunda, contenida.

El vaivén de sus cuerpos continuó, lento, acompasado. No buscaba velocidad. Buscaba reconocimiento. Cada pequeño movimiento de caderas era una pregunta silenciosa, y cada jadeo de Ren era una respuesta honesta.

El ambiente se llenó de sonidos mínimos: respiraciones entrecortadas, el roce de la ropa, un gemido bajo que vibró en la garganta de Ren cuando Aiden acercó aún más el cuerpo, sin invadir, sin imponer.

—Aiden… —jadeó, apoyando la frente en su hombro—. Me siento… muy sensible.

Aiden apoyó la mejilla contra su cabello, respirando igual de agitado.

—Te siento —respondió—. Y estoy aquí para cuidarlo.

Las manos continuaron su recorrido, más seguras ahora, siguiendo las reacciones del otro. Aiden aprendía dónde Ren se tensaba, dónde se relajaba, cuándo detenerse y cuándo continuar. Ren, por su parte, dejaba de pensar, permitiendo que el cuerpo hablara sin miedo a desaparecer.

Otro roce íntimo.

Más consciente.

Ren se arqueó apenas hacia adelante, buscando el contacto, y dejó escapar un gemido contenido que hizo que Aiden cerrara los ojos un segundo, sosteniéndose para no perder la calma que quería ofrecerle.

—Dime si es demasiado —susurró Aiden.

Ren negó con la cabeza, respirando rápido.

—No… es intenso. Pero me gusta.

Eso fue suficiente.

El movimiento continuó, lento, constante, sin perder la delicadeza. Las caderas se balanceaban con un ritmo propio, casi hipnótico. El deseo no explotaba; se expandía, llenando el espacio entre ellos de calor y electricidad suave.

Las mejillas de Ren estaban encendidas. Sus labios entreabiertos dejaban escapar jadeos suaves que ya no intentaba controlar. No había vergüenza en esos sonidos. Eran prueba de presencia.

Aiden besó su sien, luego su mejilla, con besos breves que no interrumpían el ritmo. Cada contacto parecía decir estoy aquí, no te vas, no tienes que huir.

Ren apoyó las manos en el pecho de Aiden, sintiendo el latido acelerado bajo la piel.

—Nunca… —murmuró entre respiraciones—. Nunca me sentí así de seguro queriendo a alguien.

Aiden lo sostuvo con más firmeza, sin apretarlo, anclándolo.

—Porque no estás solo —respondió—. Y no tienes que desaparecer para amar.

El deseo alcanzó un punto alto, sostenido, sin romperse. Las respiraciones estaban desordenadas, los cuerpos calientes, sensibles, atentos el uno al otro. No había urgencia por ir más lejos. Ese estar, ese roce, ese movimiento compartido, era suficiente.

Poco a poco, Aiden disminuyó el ritmo, guiando el vaivén hasta hacerlo casi quieto. Ren tardó unos segundos en seguirlo, el cuerpo aún vibrando, la respiración agitada.

Cuando finalmente se aquietaron, quedaron muy cerca, sin separarse del todo. Ren apoyó la mejilla en el pecho de Aiden, escuchando el latido fuerte que lentamente volvía a la calma.

—Me tiemblan las manos —admitió, con una risa suave.

Aiden tomó una de ellas, entrelazando los dedos.

—Eso es buena señal.

Ren cerró los ojos, agotado y en paz. El cuerpo seguía sensible, pero ya no era una intensidad que asustara. Era una calidez que sostenía.

—Gracias —susurró—. Por ir despacio. Por quedarte conmigo incluso aquí.

Aiden pasó el pulgar por su brazo, dibujando círculos lentos, tranquilizadores.

—Gracias a ti —respondió—. Por no huir cuando el deseo apareció.

El silencio que siguió no apagó nada. Solo lo volvió seguro.

La lámpara seguía encendida.

La noche avanzaba despacio.

El deseo no se extinguió…

se transformó.

Y en ese espacio íntimo, sostenido por respiraciones que finalmente se acompasaron, Ren entendió algo con una claridad nueva:

El cuerpo también podía aprender a quedarse

1
Esmeralda Johner
Excelente
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