una chica y un chico
ambos tiene una vida en sus hogares, una familia
pero la pasión y el amor será más fuerte por luchar por lo que sienten o se dejarán vencer y volveran a la realidad en la que viven y renunciarán a este amor.?
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Capítulo 6: El peso del reflejo
El lunes por la tarde, el despacho de Maximiliano era un hervidero de actividad contenida. Sobre su escritorio se acumulaban contratos de transporte y proyecciones de inversión, pero su mente se encontraba a escasos metros, separada por la pared de cristal donde Elizabeth trabajaba en silencio. El sonido del teléfono rompió el hilo de sus pensamientos.
—¿Max? —La voz al otro lado de la línea era vibrante, cargada de una energía que no pertenecía al ecosistema de la oficina—. Aterricé hace dos horas. Si el tráfico de esta ciudad no me mata, estaré en el Club Continental en treinta minutos. No acepto un "no" por respuesta.
Maximiliano sonrió por primera vez en todo el día. Era Julián.
—Has vuelto, maldito irresponsable. Está bien, nos vemos en el club. Necesito un trago más que el aire que respiro.
Colgó y, casi por instinto, miró hacia el cristal esmerilado. Vio la silueta de Elizabeth inclinada sobre su escritorio. Sintió el impulso de avisarle que se retiraba, pero se obligó a detenerse.
Su conversación con ella esa mañana lo había dejado inquieto; cada palabra de la joven editora parecía una picadura en su piel de hielo. Necesitaba la perspectiva de Julián. Necesitaba recordar quién era él fuera de esas paredes.
El club privado en la terraza del hotel Continental era el único lugar donde Maximiliano sentía que podía quitarse la armadura. El aire de la noche era gélido, pero el whisky de malta en su vaso y el reencuentro con su mejor amigo desde los tiempos de la universidad servían como un bálsamo necesario.
Julián había pasado los últimos tres años en Londres, dirigiendo una consultora de riesgo. Era el único hombre que se atrevía a reírse de las corbatas de Maximiliano y el único que recordaba cuando ambos compartían un apartamento de una habitación y soñaban con comer algo más que pasta instantánea.
—Te ves cansado, Max —dijo Julián, observándolo por encima del borde de su vaso tras los saludos de rigor—. Y no es el cansancio de alguien que trabaja mucho. Es el cansancio de alguien que está cargando algo muy pesado.
Maximiliano soltó una risa seca, sin rastro de alegría.
—Tengo una empresa que factura millones y una familia que parece sacada de un catálogo de bienes raíces. No tengo derecho a estar cansado.
Julián se encogió de hombros, recostándose en el sillón de cuero.
—El éxito es una jaula muy cómoda, pero sigue siendo una jaula. Háblame de Solangel. ¿Cómo están las cosas en el "Paraíso de la Eficiencia"?
Maximiliano guardó silencio, mirando cómo el hielo se derretía en su vaso. No quería mencionar a Elizabeth; pronunciar su nombre en ese contexto se sentía como una traición o, peor aún, como una confesión de debilidad.
—Solangel es... Solangel —respondió finalmente—. Es la madre perfecta, la administradora perfecta, la esposa perfecta. Si el matrimonio fuera una empresa, estaríamos ganando premios a la productividad cada trimestre.
—Pero no es una empresa, Max —replicó Julián con suavidad—. ¿Cuándo fue la última vez que te reíste con ella hasta que te doliera el estómago? ¿O que discutieron por algo que no fuera el fondo de inversión de Valeria o la logística de la próxima cena?
Maximiliano apretó la mandíbula. La pregunta le dolió porque la respuesta era "nunca". Su relación con Solangel se había construido sobre cimientos de respeto, admiración mutua y metas compartidas, pero el fuego —si alguna vez existió— se había sofocado bajo capas de orden y planificación.
—A veces siento que vivo en un museo —confesó Maximiliano, bajando la voz—. Todo es hermoso, todo está en su lugar, pero no puedes tocar nada porque podrías arruinar la exhibición. Solangel administra nuestra vida de una manera tan impecable que me ha quitado la necesidad de sentir. No hay espacio para el error, Julián. Y si no hay espacio para el error, no hay espacio para la vida.
—La perfección es muy solitaria —comentó Julián—. Te casaste con ella porque era la decisión lógica. Todos lo dijimos en su momento: "Max y Sol son la pareja del siglo". Pero el siglo es muy largo para pasarlo con alguien que solo sabe hablar de balances.
Maximiliano suspiró, sintiendo el peso de Valeria en su mente. La pequeña era el único hilo que todavía lo conectaba con una emoción pura.
—Lo que más me aterra es que Valeria está creciendo en ese mismo ambiente. La veo y la amo tanto que me duele, pero luego veo a Solangel enseñándole tarjetas de vocabulario en tres idiomas cuando la niña apenas sabe gatear. Siento que la estamos preparando para ser otra pieza de la colección, en lugar de dejarla ser... simplemente una niña.
—¿Y qué vas a hacer? —preguntó Julián, clavando su mirada en la de su amigo.
—¿Hacer? —Maximiliano se encogió de hombros—. Nada. Seguir adelante. Tengo responsabilidades, Julián. Tengo una hija que depende de la estabilidad que yo le doy. No puedo simplemente decidir que "ya no me siento vivo" y echarlo todo a perder. El deber está por encima del deseo. Siempre lo ha estado.
Julián asintió, aunque su mirada mostraba una mezcla de lástima y preocupación.
—Solo ten cuidado, Max. Cuando uno se pasa la vida conteniendo la respiración para no romper el cristal de su propia vida, el primer soplo de aire fresco puede ser letal. Puedes terminar asfixiándote o rompiéndolo todo por un poco de oxígeno.
Maximiliano terminó su whisky de un trago. Las palabras de su amigo resonaron con una fuerza peligrosa. El "soplo de aire fresco" ya había entrado en su oficina en forma de una editora con ojos curiosos, pero él se negaba a admitirlo.
—No te preocupes —dijo Maximiliano, levantándose y poniéndose su abrigo de paño—. Tengo todo bajo control.
—Esa es la mentira más peligrosa que te has contado nunca —respondió Julián, estrechándole la mano—. Bienvenido de vuelta al mundo real, Max. Espero que sobrevivas a él.
Maximiliano salió del hotel y caminó hacia su coche. Mientras conducía por las calles iluminadas, pensó en Solangel, que probablemente estaría dormida con la luz de lectura encendida, esperándolo para cumplir con el protocolo del beso de buenas noches.
Pensó en Valeria y en la pureza de su sueño.
Se dijo a sí mismo que Julián exageraba. Que su matrimonio era sólido porque era funcional. Que la monotonía era el precio de la paz. Pero al detenerse en un semáforo en rojo, se descubrió buscando en el reflejo del retrovisor algo que no fuera el hombre de negocios impecable. Buscaba al Maximiliano que alguna vez quiso ser, antes de que el éxito lo volviera de hielo.
No encontró a ese hombre. En su lugar, vio la imagen de Elizabeth sonriendo en su despacho, y por un segundo, el aire en el coche se sintió demasiado escaso.
Llegó a casa, besó la frente de una Solangel medio dormida y se quedó mirando el techo durante horas. El deber estaba por encima del deseo, se repitió como una oración.
Pero en la oscuridad de su habitación de lujo, Maximiliano empezó a comprender que el deber es una armadura que, con el tiempo, se convierte en una prisión.